sábado, 12 de junio de 2010

Banksy: Arte como reivindicación del espacio público.

Por Richard Leön
Imágenes Cortesía de Banksy



“Si queremos sobrevivir, todos tenemos que actuar. Cada uno de nosotros debe diseñar su propio ambiente. No puedes quedarte esperando a que las autoridades te concedan el permiso. Los muros exteriores te pertenecen tanto como tu ropa y el interior de tu casa. Cualquier clase de diseño personal es mejor que la estéril muerte. […] Hay que ignorar los reglamentos que prohíben o restringen este derecho”.


Fritz Hundertwasser.
Tu derecho a la ventana, tu deber hacia el árbol.



“Es más fácil obtener perdón que permiso”.
Banksy.




De forma general, el ARTE se nos ha presentado como algo observable en museos o galerías especializadas, donde por un precio determinado puede se puede acceder a una colección artística o adquirir alguna obra determinada; en última instancia, como una mercancía más en un mundo abiertamente mercantilizado. Tal es la idea que se nos ha metido en la cabeza con el pasar de los años: que el arte tiene su lugar y lo que se salga de esos parámetros no es o es otra cosa completamente diferente. Sin embargo, esta concepción ha venido resquebrajándose permitiendo que una pequeña luz se filtre por sus grietas y nos permita ver más allá de la concepción misma de arte. Desde esta perspectiva, quisiera empezar por proponer un par de imágenes que nos ayudarán a entender de forma más explícita la situación a la que deseo acercarnos:

1) Nos encontramos en el Museo Británico de Londres en una muestra de arte romano. De entre la multiplicidad de obras (entre las que se pueden observar bustos de emperadores, estatuillas y pinturas rupestres, entre otros) encontramos un trozo de piedra en la que se representa a un hombre de características exóticas empujando lo que parece ser un, no menos exótico, carrito de compras.

“Este ejemplo de arte primitivo, muy bien conservado, data de la era post-catatónica y al parecer representa a un hombre primitivo aventurándose en los terrenos de la cacería fuera del pueblo”.
Inscripción en la cédula que figuraba al lado de la obra, en su exposición en el Museo Británico.



2) Museo Metropolitano de Nueva York: De entre varias pinturas, que podrían catalogarse, a simple vista, pertenecientes al siglo XVIII o XIX, hay una en especial que representa a una mujer de época con una máscara antigas.

Tienes unos ojos hermosos.

¿Qué podríamos pensar de tales representaciones artísticas? ¿Cómo las catalogaríamos? Es más ¿las notaríamos?


El artista desconocido.

En los últimos años un artista (paradójicamente de identidad desconocida pero célebre entre los especialistas en arte y comunicación) ha venido instigando al arte, removiéndolo de sus cánones establecidos y presentándonos una visión diferenciada y renovadora de la realidad. Sin embargo, puesto que sus métodos de difusión no son precisamente los usados “formalmente” por los artistas, ha sido perseguido bajo diferentes acusaciones: falsificación, fraude y daño al espacio público; he ahí a nuestro artista desconocido, autor de las imágenes citadas con anterioridad.

Banksy (seudónimo con el cual es reconocido nuestro creador en cuestión) no es un artista convencional. Su lienzo no solamente se encuentra hecho de un entretejido de tela, sino que la calle, las paredes y, en general, cualquier lugar u objeto dentro del espacio público (como un entretejido social y cultural) se han convertido en vehículo de su expresión. Esto, obviamente, comporta la grave consecuencia de ser considerado como un vándalo manchaparedes. Sin embargo, allí no acaba el pliego de situaciones suscitadas por Banksy. De una forma mucho más crítica, su obra se ha visto menospreciada por un grueso de artistas antisistema, quienes desvirtúan la actividad militante de Banksy contrastándola con su trabajo para Puma, MTV y Greenpeace. Debido a esto, es tildado como un “vendido” al sistema que tanto critica y presuponen que su obra, por tanto, carece de todo valor crítico (además de las sumas exacerbadas con que algunas de sus obras son vendidas). A pesar de los múltiples ataques, tal cuestionamiento no podría llegar a considerarse como una paradoja. Por más que un artista se sienta comprometido con una causa o una problemática, su obra es apreciada precisamente en el lugar que menor capacidad posee para convocar a las personas, donde le es imposible llegar al grueso del público que es, en últimas, a quien se encuentra dirigida (museos, galerías, colecciones privadas). Todo artista busca, en el fondo de su quehacer, ser vendido para hacer observable su labor, su percepción de la realidad y una problemática que le preocupe de ésta. Bajo ninguna circunstancia se puede situar este hecho en confrontación directa con su posición crítica frente al sistema y al arte mismo. De hecho, a este aparente problema subyace oculto uno de mayor envergadura: ¿Cuál es el lugar del arte en una sociedad mediatizada y mercantilizada como la actual?


Arte: ¿Dimensión pública o privada?

Banksy trata de darnos una respuesta, bastante positiva hasta cierto punto. Además de vender sus obras[1] (aunque allí sí encontramos una contradicción con lo que afirma en Freakquently Asked Questions, en su website: “No estoy de acuerdo con que las casas de subastas vendan arte callejero, es antidemocrático, glorifica la codicia y nunca vi nada de dinero”), lleva a cabo una crítica incisiva a la sociedad de consumo en la que él y sus admiradores participan inconscientemente o no, tanto en los graffitis como en las obras expuestas en museos y en las que son vendidas o revendidas en galerías especializadas. De esta forma, podríamos decir, se encarga de mostrar y hacer evidente ese rostro oculto —y muchas veces siniestro[2]— que tratamos de simular bajo nuestra capa glacial de maquillaje cultural y mediático.

Por otro lado, tenemos el problema del carácter público o privado de la obra artística. Si bien se entiende que la mayor característica de la creación artística es llegar al público y causar impacto en quien la observa, no resulta menos claro el hecho de que el arte se ha mercantilizado hasta el punto en que la obra es de carácter privado, solamente unos pocos elegidos —con suficientes ingresos económicos— tienen derecho de acceso a éste. Por lo mismo, se nos ha hecho creer que un criterio estético viene dado por la posibilidad de acceso al arte y, quienes no lo poseen, consideran que no atañe a sus asuntos.

Si nos atenemos a la definición que nos da Lucy Lipard de arte público[3], nos quedan realmente pocas esperanzas. Primero, porque la generalidad del arte no se preocupa demasiado por tomar en cuenta —si bien debiera ser así— a la opinión pública, a no ser por las críticas especializadas —que obviamente no la conforman aunque sí la deforman—; y, segundo, porque este tipo de arte abierto[4], de libre acceso, es considerado la mayor de las veces como simple vandalismo. De hecho, podríamos considerar que es esta una de sus características principales, que lo hace aun más llamativo: el hecho de la prohibición. Y habría que preguntarse si está prohibido por el daño que se le hace al espacio público —¿no se piensa en la contaminación visual por parte de los anuncios publicitarios?— o por la sencilla razón de que pone en cuestión y desafía la verdad defendida por los medios de comunicación oficiales[5].



Espacio público: Un campo de batalla comunicativo.

Podríamos entender desde esta perspectiva, al arte como un medio de comunicación alternativo. Y podríamos entender a Banksy como un artista que se comunica a través de este medio rompiendo el discurso oficial predominante en los medios usuales de una forma mucho más asequible.

En un mundo en el que imperan las leyes del comercio y la economía, donde “es más fácil pedir perdón que permiso”, donde día tras día nuestra razón se separa más y más de nuestra emoción, no existen muchos caminos hacia la comunicación con el otro. Los comerciales, la exacerbada apropiación del espacio público por la publicidad —hoy en día la encontramos hasta en los autobuses[6]—, la inconmensurable capa de contaminación audiovisual que nos acosa y que ha terminado por convertir la realidad en que vivimos en “una ocupación militar. Hemos sido ocupados tal como lo fueron los franceses y los noruegos por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, pero esta vez por un ejército de publicitarios[7].

Lo que está en juego no es solamente la pulcritud de una ciudad, la permanencia de la estéril estética citadina, sino la recuperación del espacio público como posibilidad de comunicación y como una extensión singular de nosotros mismos, amenazada por el flujo constante y cacofónico de la publicidad. Es por esto que muchos de estos trabajos pictóricos funcionan como contrarrespuesta —y hacen burla— al modelo de vida enmascarador propuesto desde los medios oficiales. Por tanto, estas propuestas artísticas se enmarcan dentro del ámbito de la recuperación del espacio público, dentro de una serie de acciones que podríamos considerar militantes que tratan de ganarle terreno al influjo mediático interviniendo de forma directa en la ciudad, con el fin último de que nuestra existencia no desaparezca bajo las miles de toneladas de la basura publicitaria que nos ahoga.
Ya Hundertwasser había escrito en 1972: “Nuestra existencia está perdiendo dignidad. Pasamos por delante de fachadas grises y estériles, sin darnos cuenta que estamos condenados a vivir en celdas de cárcel[8]. O, ya en los noventa: “Los edificios uniformes, al estilo de los campos de concentración y los barracones, destruyen y uniformizan lo más valioso que una persona joven puede aportar a la sociedad: la creatividad individual y espontánea. Si los arquitectos hubieran sabido curar estos edificios enfermos y causantes de enfermedad, no los habrían llegado a construir[9]. Y la comparación, aparentemente fortuita, con los campos de concentración no hace más que confirmar el estado de la actualidad. Estamos siendo minados poco a poco desde el exterior, nuestro mundo interno ha perdido todo color y vida, aherrojado tras las puertas de las construcciones en masa que han uniformado el exterior hasta tal punto que cada día nuestro interior se parece más al de los otros y no queda espacio para una individualidad clara.

Sin duda, las palabras de Hundertwasser han hallado eco en el arte callejero moderno, en la forma como éste trata de rescatar el espacio donde habita el ser humano. Y Banksy, como artista de la modernidad que en suerte nos tocó vivir, lleva al arte por direcciones alternas —herederas directas de los planteamientos de Fritz Hundertwasser— que había dejado olvidadas en su lucrativo camino: un arte de carácter “democrático”, de carácter público, y, a la par, un arte como reivindicación del minado espacio público —extensión de nosotros mismos—, ayudándonos a combatir por un espacio vital y humano, contra una enfermedad que ha estado a consumiéndonos sin percatarnos.




Notas:



[1] Aunque no todas las obras que se encuentran en las galerías son vendidas precisamente por Banksy, sino que hacen parte de una cadena de obras revendidas, cada vez a mayor valor. Banksy ha escrito en su website al respecto: “Ninguna de las exposiciones de impresos y pinturas en galerías de arte son hechas conmigo, todas son cosas que han comprado con anterioridad. Yo sólo hago exposiciones en almacenes o zonas de guerra o lugares llenos de animales vivos (Soy consciente que las pinturas no se levantan por sí mismas)”.
[2] Véanse como ejemplo el stencil en que Banksy representa a una niña víctima de un desastre natural fotografiada hasta el límite de lo obsceno; el montaje titulado Feed the World, en el que un niño (quizá representación de lo que han dado en llamar “tercer mundo”) trata de movilizar a una pareja de turistas obesos (más que obvia representación del “primer mundo”); y, por no ir más lejos, el stencil que representa a una niña víctima del napalm llevada de la mano de dos personajes altamente reconocibles: Mickey Mouse y Ronald McDonald.
[3]Cualquier tipo de obra de libre acceso que se preocupa, desafía, implica y tiene en cuenta la opinión del público para quien o con quien ha sido realizado, respetando la comunidad y al medio”. Lucy Lipard, citada en La dimensión pública del arte contemporáneo, Gisele Freyberger, Universidad de Barcelona.
[4] Me refiero, por supuesto, al graffiti como tal, otras manifestaciones de arte público escapan a esta señalización.
[5] Como Banksy mismo nos dice: “A los que gobiernan las ciudades no les gustan los graffitis porque piensan que nada debe existir a menos que dé un beneficio”.
[6] Y quizá algún día no podamos escapar de ella ni en nuestros sueños, como sucede en Futurama, donde el comprador es acosado en el más íntimo espacio, allí donde su subconsciente se refugia, lugar que bien podría considerarse exento de todo bombardeo de anuncios publicitarios.
[7] Ursula Franklin, citada en La dimensión pública del arte contemporáneo, Gisele Freyberger, Universidad de Barcelona.
[8] Tu derecho a la ventana. Tu deber hacia el árbol, Fritz Hundertwasser, 1972.
[9] Médico de la arquitectura. Fritz Hundertwasser, 1990.



Bibliografía.
Freyberger, Gisele. La dimensión pública del arte contemporáneo. el arte necesario: intervenciones artísticas efímeras en espacios públicos. X Coloquio Internacional de Geocrítica, Universitat de Barcelona. 2008.
Quevedo Orozco, María de Lourdes de. Graffiti en museos. En Revista Reencuentro, Nº 046, Agosto, Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, Distrito Federal, México, 2006.
Quintero, Noelia. La pantalla en la calle: Convergencia y coincidencias agónicas entre el graffiti y los objetos de los nuevos medios audiovisuales. En Artnodes, Revista de Arte, Ciencia y Tecnología, Nº 7, Diciembre, Universitat Oberta de Catalunya, 2007.
Rand, Harry. Hundertwasser, Benedikt Taschen, 1994.




4 comentarios:

  1. Excelente artículo. Banksy y su misterio despiertan todo tipo de curiosidades::: El stencil es una hermosa manifestación cultural, donde sabe ponerse a jugar la sensibilidad, circulan creativas ideas y se interviene de manera asertiva el espacio.

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  2. Gracias por el comentario, ya es bueno contar con algunos lectores, aunque nuestro trabajo suela atrasarse un "poco". En cuanto al stencil, nos parece que es necesario tomarlo en su importancia y sus posibilidades, siempre que sea visto como una forma tan respetable como cualquier otra de transmitir un mensaje que trata de ir como a contracorriente de los mensajes oficiales y mercantiles.

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  3. Hace poco estuve revisando algunas intervenciones de Bansky que se pueden encontrar por la red y en verdad me gusta porque es de los pocos (aun cuando hay muchos) que, a través de las técnicas que usa, logra generar verdadero impacto.

    Personalmente deseo que el stencil nunca tenga respeto, pues el día que lo adquiera se anquilosará en sí mismo y será el leit-motiv del enseñoreo de grandes gurús de otra verdad que se querrá imponer como toda verdad que anhela ser reconocida, a las buenas o a las malas.

    Prefiero seguir los pasos silenciosamente y generar opinión cuando considere pertinente.

    Gracias.

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  4. Viendo Exit through the gift shop, uno nota que el momento del arte callejero pasó y seguramente seguirá pasando por sus temporadas de sombra, hábilmente prodigadas por la economía y el establecimiento. Es claro, Akeronte tiene razón, y deberíamos añadir que a todo arte le llega siempre el momento de la consiguiente "normalización", en que le extraen todo su sentido y lo dejan tan hueco como los anuncios publicitarios.

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