viernes, 19 de agosto de 2016

Renaciendo (o intentándolo, supuestamente).


Por Richard Leön


Hubo un tiempo en que creía y consideraba que, sin la escritura, sin escribir, la vida carecía de sentido, que no sería más que la versión pálida e insignificante de lo que llegaría alguna vez a considerar como vivir realmente. Tenía razón. En los últimos años me he convertido en un ser funcional con un empleo y horarios fijos, que cumplo mecánicamente sin apenas pensarlo. Prácticamente me ha absorbido un sistema del que muchas veces me quejé; es como si, de pronto, todo lo que alguna vez dije y sostuve se me hubiese devuelto como un puño cerrado avanzando a 100 kilómetros por hora, destrozando mi capacidad de búsqueda personal y estética por medio de la escritura.
No pasa, desde entonces, un solo día en que no deje de preguntarme, una y otra y otra vez, qué es lo que significa la escritura, si espero de ella una especie de furor inspiracional o si debo empujar mis energías hacia una creatividad activa que no se detenga al menor obstáculo; si es mejor la ridícula espera de la musa o el acopio de las fuerzas y disciplina necesarias para romper la barrera de la página en blanco.
Por desgracia, debo admitir, soy un escritor que no escribe (un monstruo, al decir kafkiano) y que no ha hecho el esfuerzo suficiente por superar sus propias barreras: llevo meses sin escribir una frase de mediana intención literaria, como no sea para bromear acerca de alguna situación de esas que suelen presentarse en tu vida diaria y atosigarte como un látigo que muerde tu carne, dejando una llaga abierta que duele al contacto con el aire. No, hace meses no intento siquiera escribir, por el simple hecho que no sé sobre qué o para qué hacerlo. Y cuando uno empieza a encerrarse en el para qué, en buscar supuestas razones que nos liguen al hecho de la escritura, se ingresa no en un callejón sin salida, sino en un mudable laberinto que crece y se bifurca, que muta, a medida que te internas en él. Una oscuridad tragándote entero que no devuelve ni el eco de tus propios pasos. Porque el laberinto en realidad es tu propia mente desdoblándose en una serie de pasajes que dan vueltas y vueltas sobre sí mismos, que buscan y no hallan un sustento para tus propias excusas a la hora de escribir.

Hemingway, en su bar favorito.


En esa búsqueda obstinada de respuestas o siquiera excusas, me he internado de forma caótica en la oscuridad de la ciudad, en la vida nocturna, en los oscuros pasadizos de los bares, en la charla con desconocidos salpicada de ebriedad y trasnocho, de cansancio y alcohol y tabaco, sin llegar jamás a encontrar la medida justa, el interés que me devuelva de una vez por todas al verbo, la palabra; me he perdido entre los callejones deshabitados de la noche pretendiendo deshacerme o por lo menos desligarme de la rutinaria vida diurna que, por alguna razón, terminé escogiendo para sobrevivir, monetariamente hablando, pero que ha empezado a pasarme una factura bastante costosa, según lo entiendo.
Como al final nada ha funcionado, como no me he podido quitar de encima esa capa de “ocupación” ni con alcohol ni con noches sobre noches, al final me he visto en la obligación de pretender romper el silencio de forma violenta por medio de la palabra misma, que es lo único que nos resta, como quien busca desesperadamente una salida. Y me he percatado que no hay respuestas ni salida, es cierto, que esa búsqueda laberíntica, a pesar de no haberme llevado a parte alguna, ha terminado por dejarme a solas, en medio de la oscuridad, con un puñado de nada entre las manos desvaneciéndose a cada segundo que pasa, y que la única oportunidad de quebrar ese silencio que me rodeaba era tomar la nada, perderme a ciegas entre las confusas paredes del laberinto, y convertirla a su vez en un puño que también viaje a más de 100 kilómetros por hora y dirigirlo, una vez más, contra mi propio rostro, para dejar de sentirlo adormilado, para despertarlo de una vez por todas y disponer de las fuerzas que aún quedan y desplegarlas en el acto inicial de escritura.
Entonces, comprendí aquello a lo que se refería Bukowski en ese bello poema y manifiesto que es El perdedor:

y al llegar a casa
me arranqué las vendas de las manos y
escribí mi primer poema,
y no he dejado de pelear
desde entonces”.

Yo tampoco.



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