Por Arthur Machen

—Me cuidaré —dijo—, así que no te preocupes. Ayer pasé toda la tarde sin
hacer nada, recostado en ese cómodo sillón que tú me regalaste, y garabateando
tonterías en una hoja de papel. No, no; no me cargaré de trabajo. Me pondré
bien en una o dos semanas, ya verás.
Sin embargo, a pesar de sus afirmaciones, me di cuenta que no mejoraba,
sino empeoraba cada día. Entraba en el salón con una expresión de abatimiento,
y se esforzaba en aparentar alegría cuando yo lo observaba. Me parecía que
tales síntomas eran un mal agüero, y a veces, me asustaba la nerviosa
irritación de sus gestos y su extraña y enigmática mirada. Muy en contra suya,
lo convencí de que accediera a dejarse examinar por un médico, y por fin llamó,
de muy mala gana, a nuestro viejo doctor.
El doctor Haberden me animó, después de la consulta.
—No es nada grave —me dijo—. Sin duda lee demasiado, come de prisa y
vuelve a los libros con demasiada precipitación y la consecuencia natural es
que tenga trastornos digestivos y alguna mínima perturbación del sistema
nervioso. Pero creo, señorita Leicester, que podremos curarlo. Ya le he
recetado una medicina que obtendrá buenos resultados. Así que no se preocupe.
Mi hermano insistió en que un farmacéutico de la colonia le preparara la
receta. Era un establecimiento extraño, pasado de moda, exento de la estudiada
coquetería y el calculado esplendor que alegran tanto los escaparates y
estanterías de las modernas boticas. Pero Francis le tenía mucha simpatía al
anciano farmacéutico y creía a ciegas en la escrupulosa pureza de sus drogas.
La medicina fue enviada a su debido tiempo, y observé que mi hermano la tomaba
regularmente después de la comida y la cena.
Era un polvo blanco de aspecto común, del cual disolvía un poco en un
vaso de agua fría. Yo lo agitaba hasta que se diluía, y desaparecía dejando el
agua limpia e incolora. Al principio, Francis pareció mejorar notablemente; el
cansancio desapareció de su rostro, y se volvió más alegre incluso que cuando salió
de la universidad; hablaba animadamente de reformarse, y reconoció que había
perdido el tiempo.
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