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sábado, 23 de agosto de 2014

Los cantos de Maldoror, II, 9



Naufragio de un carguero,
por Joseph Mallord.



Por Lautrèamont



Yo buscaba un alma que se me asemejara, pero no pude encontrarla. Registré todos los rincones de la tie­rra; mi perseverancia fue inútil. Sin embargo, no po­día permanecer solo. Necesitaba a alguien que apro­bara mi carácter, necesitaba a alguien que tuviera las mismas ideas que yo. Era por la mañana, el sol se ele­vó en el horizonte con toda su magnificencia, y he aquí que ante mis ojos apareció también un joven cuya pre­sencia engendraba flores a su paso. Se aproximó a mí y tendiéndome la mano: «He venido hasta ti, que me buscas. Bendigamos este día feliz». Pero yo: «Vete, no te he llamado, no necesito tu amistad...» Era al atardecer, la noche comenzaba a extender la negrura de su velo sobre la naturaleza. Una hermosa mujer, a la que apenas si podía distinguir, extendía también sobre mí su influencia encantadora, y me miraba con compa­sión; sin embargo, no se atrevía a hablarme. Yo dije: «Aproximate para que pueda distinguir claramente los rasgos de tu rostro, pues la luz de las estrellas no basta para iluminarlo a esta distancia». Entonces, con paso lento y los ojos bajos, caminó sobre la hierba del cés­ped, en dirección a mí. Cuando la pude ver: «Ya veo que la bondad y la inteligencia han hecho su residen­cia en tu corazón: no podríamos vivir juntos. Ahora admiras mi belleza, que ha trastornado a más de una, pero tarde o temprano te arrepentirás de haberme con­sagrado tu amor, pues no conoces mi alma. No es que jamás te fuera infiel: a la que se entrega a mí con tanta confianza y abandono, con la misma confianza y aban­dono me entrego yo; pero métete esto en la cabeza y nunca lo olvides: los lobos y los corderos no se miran con buenos ojos». ¡Qué me hacia falta entonces a mí, que rechazaba con tanta aversión lo que existía de más hermoso en la humanidad! Lo que me hacía falta nunca hubiera sabido decirlo. No estaba todavía acostumbra­do a darme cuenta rigurosamente de los fenómenos de mi espíritu por medio de los métodos que recomienda la filosofía. Me senté en una roca, cerca del mar. Un navío acababa de desplegar todas sus velas para ale­jarse del lugar: un punto imperceptible acababa de apa­recer en el horizonte, y se aproximaba poco a poco, impulsado por el viento, agradándose con rapidez. La tempestad iba a comenzar sus ataques, y el cielo se os­curecía, volviéndose de un color negro casi tan horrible como el corazón del hombre. El navío, que era un gran barco de guerra, acababa de echar todas sus anclas, pa­ra no ser barrido hacia las rocas de la costa. El viento silbaba con furor desde los cuatro puntos cardinales, y convertía a las velas en hilachas. Los truenos estalla­ban en medio de los relámpagos, pero no podían so­brepasar al ruido de los lamentos que se oían en la casa sin cimientos, sepulcro móvil. El bamboleo de las masas acuosas no había llegado a romper las cadenas de las anclas, pero sus golpes habían abierto una vía de agua en los flancos del navío. Brecha enorme, pues las bombas no eran suficientes para achicar las espu­mosas masas de agua salada que se abatían sobre el puente. El navío en peligro dispara unos cañonazos de alarma, pero zozobra con lentitud... con majestad. El que no haya visto zozobrar un barco en medio del hu­racán, de la intermitencia de los relámpagos y de la os­curidad más profunda, mientras los que están en él se sienten abrumados por esa desesperación que ya sabéis, ése no conoce los accidentes de la vida. Por último, se escapa un grito universal de inmenso dolor de entre los flancos del barco, mientras el mar redobla sus temi­bles ataques. Es el grito que ha hecho brotar el aban­dono de las fuerzas humanas. Cada uno se envuelve en el manto de la resignación y pone su suerte en las manos de Dios. Se acorralan como un rebaño de bo­rregos. El navío en peligro dispara unos cañonazos de alarma, pero zozobra con lentitud... con majestad. Han hecho funcionar las bombas durante todo el día. Es­fuerzos inútiles. La noche llegó, densa, implacable, pa­ra colmar ese espectáculo gracioso. Cada uno se dice que, una vez en el agua, ya no podrá respirar, pues, por muy lejos que haga regresar a su memoria, no re­conoce a ningún pez como antepasado; pero se exhor­ta a contener la respiración el mayor tiempo posible, a fin de prolongar su vida dos o tres segundos más; es la ironía vengadora que quiere enviar a la muerte... El navío en peligro dispara unos cañonazos de alarma, pero zozobra con lentitud... con majestad. No sabe que el barco, al hundirse, ocasiona una poderosa circun­volución de olas en torno a sí mismas, que el limo ce­nagoso se mezcla con las aguas turbias, y que una fuer­za que viene de abajo, contragolpe de la tempestad que hace sus estragos arriba, imprime al elemento unos mo­vimientos bruscos y nerviosos. Así, a pesar del acopio de sangre fría que previamente ha reunido el futuro ahogado, tras una reflexión más amplia, deberá sen­tirse feliz si prolonga su vida en los torbellinos del abis­mo, la mitad de una respiración normal, a fin de ha­cer un buen cálculo. Le será imposible, pues, burlarse de la muerte, su deseo supremo. El navío en peligro dispara unos cañonazos de alarma, pero zozobra con lentitud... con majestad. Es un error. No dispara ya cañonazos, no zozobra. La cáscara de nuez se hundió por completo. ¡Oh cielo!, ¡cómo se puede vivir después de haber experimentado tantas voluptuosidades! Aca­baba de ser testigo de las agonías mortales de muchos de mis semejantes. Minuto a minuto había seguido las peripecias de sus angustias. A veces, el bramido de al­guna vieja, enloquecida de miedo, prevalecía en aquel mercado. Otras veces, sólo el gemido de un niño de pe­cho impedía oír las órdenes para las maniobras. El bar­co estaba demasiado lejos para percibir distintamente los gemidos que me traían las ráfagas, pero yo los aproximaba por medio de la voluntad, y la ilusión óp­tica era completa. Cada cuarto de hora, cuando un gol­pe de viento, más fuerte que los demás, entregando sus lúgubres acentos a través del grito de los petreles asus­tados, dislocaba al navío con un crujido longitudinal, y aumentaban los lamentos de aquellos que iban a ser ofrecidos en holocausto a la muerte, yo me hundía en la mejilla la punta aguda de un hierro, y pensaba en mi interior: «¡Sufren aún más!» De esta manera tenía, al menos, un término de comparación. Desde la orilla los apostrofaba, lanzándoles imprecaciones y amenazas. Me parecía que debían oírme. Me parecía que mi odio y mis palabras, superando la distancia, anulaban las leyes físicas del sonido, y llegaban, inteligibles, a sus oídos, ensordecidos por los bramidos del océano en­colerizado. Me parecía que debían estar pensando en mí, y exhalaban su venganza con una rabia impoten­te. De vez en cuando, echaba una mirada hacia las ciu­dades, dormidas en tierra firme, y al ver que nadie sos­pechaba que un barco iba a zozobrar a algunas millas de la costa, con una corona de aves de presa y un pe­destal de gigantes acuáticos con el vientre vacío, yo re­cobraba el ánimo y volvía a tener esperanza: ¡estaba seguro de su pérdida! ¡No podrían escapar! Para aumentar la precaución, había ido a buscar mi esco­peta de dos tiros, a fin de que, si algún náúfrago in­tentara alcanzar las rocas a nado, para librarse de una muerte inminente, una bala en el hombro le destroza­ría el brazo, impidiéndole cumplir su intención. En el momento más furioso de la tempestad, vi, sobrenadan­do en las aguas, con esfuerzos desesperados, una ca­beza enérgica, con los cabellos erizados. Tragaba litros de agua y se hundía en el abismo, balanceándose co­mo un corcho. Pero en seguida aparecía de nuevo, con los cabellos chorreantes, y, fijando la mirada en la orilla, parecía desafiar a la muerte. Era admirable su san­gre fría. Una ancha herida sangrante, ocasionada por la arista de algún escollo oculto, cruzaba su rostro in­trépido y noble. No debía tener más de dieciséis años, pues a través de los relámpagos que iluminaba la no­che, apenas se notaba un vello de melocotón sobre su labio. Ahora se hallaba a doscientos metros del acan­tilado, y yo lo divisaba fácilmente. ¡Qué coraje! ¡Qué espíritu indomable! ¡Cómo la estabilidad de su cabeza parecía burlarse del destino, hendiendo con vigor las olas, cuyos surcos se abrían con dificultad ante él!... Lo había decidido con anticipación. Debía mantener­me en mi promesa: la última hora había sonado para todos, nadie debía escapar. Esta era mi resolución, na­da la cambiaría... Se oyó un seco sonido, e inmediata­mente después la cabeza se hundió para no reaparecer más. Esa muerte no me produjo tanto placer como po­dría creerse, precisamente porque estaba ya saciado de matar de continuo, lo que hacía de ahora en adelante por un simple hábito que uno no puede pasar por al­to, pero que sólo procura un goce muy leve. Los senti­dos se embotan, se endurecen. ¿Qué voluptuosidad po­dría sentir con la muerte de este ser humano, cuando había más de un centenar que iban a ofrecerme el es­pectáculo de su última lucha con las olas, una vez hun­dido el navío? Esta muerte no tenía para mí ni siquie­ra el atractivo del peligro, pues la justicia humana, me­cida por el huracán de esta noche espantosa, dormita­ba en las casas, a unos pasos de mí. Hoy que los años pesan sobre mi cuerpo, digo con sinceridad, como una verdad suprema y solemne: yo no era tan cruel como se ha dicho después entre los hombres; pero, a veces, la maldad ejercitaba sus perseverantes estragos duran­te años enteros. Entonces no conocía límites a mi fu­ror, sufría accesos de crueldad, y me volvía terrible para aquel que se acercaba a mi mirada huraña, aunque per­teneciera a mi raza. Si se trataba de un caballo o un perro, los dejaba ir: ¿habéis oído lo que acabo de de­cir? Desgraciadamente, la noche de esa tempestad yo me hallaba en uno de esos accesos, mi razón había vo­lado (pues, de ordinario, yo era tan cruel, aunque mas prudente), y todo lo que en aquella ocasión cayera en mis manos debía perecer; no pretendo excusarme de mis errores. Tampoco toda la culpa es de mis seme­jantes. No hago más que constatar el hecho, en espera del juicio final, que me hace rascar la nuca por antici­pado... Pero, ¡qué me importa el juicio final! Mi ra­zón no vuela nunca, como he dicho para engañaros. Y cuando cometo un crimen, sé lo que hago: ¡no quería hacer otra cosa! De pie sobre la roca, mientras el huracán azotaba mis cabellos y mi manto, yo expiaba extasiado esa fuerza de la tempestad, encarnizándose con un navío, bajo un cielo sin estrellas. Seguí, con ac­titud triunfante, todas las peripecias de ese drama, des­de el instante en que el barco echó anclas hasta el ins­tante en que se hundió, hábito fatal que arrastró hacia las entrañas del mar a todos aquellos a quienes reves­tía como un manto. Pero se acercaba el instante en que yo mismo tenía que mezclarme como actor en aque­llas escenas de la naturaleza trastornada. Cuando el lu­gar donde el barco había sostenido el combate mostró claramente que éste había ido a pasar el resto de sus días en el piso bajo del mar, entonces, una parte de los que habían sido arrastrados por las olas reapare­cieron en la superficie. Disputaban cuerpo a cuerpo, dos a dos, tres a tres; era el medio de no salvar su vida, pues sus movimientos se hacían embarazosos y se iban al fondo como cántaros agujereados... ¿Qué es ese ejército de monstruos marinos que hiende las olas raudamente? Son seis, sus aletas son vigorosas, y se abren paso a través de las olas embravecidas. Con to­dos esos seres humanos, que mueven los cuatro miem­bros de ese continente tan poco estable, los tiburones hacen muy pronto una tortilla sin huevos, y se la re­parten de acuerdo con la ley del más fuerte. La sangre se mezcla con las aguas y las aguas se mezclan con la sangre. Sus ojos feroces iluminan suficientemente el es­cenario de la carnicería... Pero, ¿qué es ese tumulto de las aguas, allá lejos, en el horizonte? Se diría una tromba que se acerca. ¡Qué golpes de remo! Percibo lo que es: una enorme hembra de tiburones que viene a tomar parte del pastel de hígado de pato y a comer el cocido frío. Llega furiosa, pues está hambrienta. Se entabla una lucha entre ella y los tiburones entonces, se disputan algunos miembros palpitantes que flotan por aquí y por allá, en silencio, sobre la superficie de la crema roja. A derecha e izquierda, lanza dentella­das que producen heridas mortales. Pero tres tiburo­nes vivos le rodean y ella se ve obligada a girar en to­dos los sentidos para hacer fracasar su maniobra. Con creciente emoción, hasta entonces desconocida, el es­pectador, situado en la orilla, sigue esa batalla naval de nuevo género. Tiene la mirada clavada sobre esa va­lerosa hembra de tiburón, de dientes tan fuertes. No vacila más, se echa la escopeta al hombro, y, con su habitual destreza, aloja la segunda bala en las agallas de un tiburón, en el momento en que se mostraba por encima de una ola. Quedan dos tiburones que dan tes­timonio de un encarnizamiento mayor. Desde lo alto de la roca, el hombre de la saliva salobre se arroja al mar y nada hacia la alfombra agradablemente colorea­da, sosteniendo en la mano ese cuchillo de acero que no le abandona jamás. Desde ahora, cada tiburón tie­ne que habérselas con un enemigo. Avanza hacia su ad­versario cansado, y, sin apresurarse, le hunde en el vien­tre la afilada hoja. La móvil ciudadela se desembara­za fácilmente del último adversario... Se encuentran ca­ra a cara el nadador y la hembra del tiburón salvada por él. Se miran a los ojos durante unos minutos, y cada uno se asombra de encontrar tanta ferocidad en la mirada del otro. Dan vueltas en redondo nadando, sin perderse de vista, diciéndose para sí: «He estado engañado hasta ahora; he aquí uno que me gana en maldad». Entonces, de común acuerdo, entre dos aguas, se deslizaron uno hacia el otro, con mucha ad­miración, la hembra de tiburón separando las aguas con sus aletas, Maldoror agitando las olas con sus brazos, y retuvieron su aliento con una veneración profunda, cada uno deseoso de contemplar, por primera vez, su vivo retrato. Cuando estaban a tres metros de distan­cia, súbitamente, cayeron el uno sobre el otro, como dos amantes, y se abrazaron con dignidad y reconoci­miento, un abrazo tan tierno como el de un hermano o una hermana. Los deseos carnales siguieron de cer­ca a esa demostración de amistad. Dos muslos ner­viosos se unieron estrechamente a la piel viscosa del monstruo como dos sanguijuelas, y con los brazos y las aletas entrelazadas alrededor del cuerpo del objeto amado, al que rodeaban con amor, mientras sus gar­gantas y sus pechos no formaban más que una masa glauca con las exhalaciones de las algas, en medio de la tempestad que continuaba haciendo estragos, a la luz de los relámpagos, teniendo por lecho nupcial las olas espumosas, llevados por una corriente submarina como en una cuna, y rodando sobre sí mismos hacia las profundidades desconocidas del abismo, ¡se unie­ron en una cópula larga, casta y horrible!... ¡Por fin acababa de encontrar a alguien que se asemejara!
¡Desde ahora ya no estaría solo en la vida!... ¡Ella te­nía las mismas ideas que yo!... ¡Estaba frente a mi pri­mer amor!





domingo, 16 de marzo de 2014

Dura compañía: Charles Bukowski, una poética rasposa



Todo poeta, sin desearlo, termina teniendo algo de profeta. En algún apartado de su copiosa bibliografía, Bukowski escribió: “Lo peor de todo es que algún tiempo después de mi muerte se me va a descubrir de verdad […] Mis palabras estarán en todas partes. Se crearán clubes sociales y sociedades. Será como para volverse loco. Se hará una película de mi vida. Me pintarán mucho más valiente de lo que soy y con mucho más talento del que tengo. Mucho más. Será como para hacer vomitar a los dioses. La especie humana lo exagera todo: a sus héroes, a sus enemigos, su importancia”.
No estaba lejos de la verdad: se cita indiscriminadamente en las redes sociales, sean leídos o no sus innumerables escritos, los buscadores estallan con memes en que se le recuerda con palabras ajenas, es citado hasta el hartazgo como el epítome del escritor maldito moderno (o posmoderno); una pálida adaptación al cine (Barfly, de Barbet Schroeder), escrita por el mismo autor (y cuyo resultado final detestó), trató de fijarlo en la memoria fílmica, pero terminaría dando aquel resultado irónico y mordaz llamado Hollywood.
En suma, Hank sigue vivo, quizá más vivo que nunca, aunque recordado más por sus hazañas etílicas que por la sincera furia de su verbo, cuyo producto último fue una de las poéticas más rasposas y crudas de la literatura del siglo XX.
En sus poemas se dan cita el azar, la podredumbre, el ridículo, el vicio, el tedio y la descomposición propios de los personajes asiduos de la marginalidad, pero propios también de la vida ordinaria y común, de la vida de todos los días. Bukowski se dedicó a establecer, salvajemente, el crudo retrato del fin del sueño americano, cuyo único error ha sido —como dijera entre líneas El Comediante en Watchmen— realizarse.



nada es tan eficaz como la derrota

siempre lleva un cuaderno de apuntes contigo
adonde vayas, me dijo,
y no bebas mucho, beber entorpece
las sensibilidades,
ve a las lecturas, toma apunte de las pausas del aliento,
y cuando leas
siempre subestima
réstale importancia, el público es más inteligente de lo que
puedas creer,
y cuando escribas algo
no lo envíes enseguida,
mételo en un cajón por dos semanas,
luego sácalo y obsérvalo,
y revisa, revisa,
REVISA una y otra vez,
ajusta las líneas como pernos sosteniendo la envergadura
de un puente de 5 millas,
y ten un cuaderno de apuntes cerca de tu cama,
tendrás pensamientos por la noche
y estos pensamientos se desvanecerán y perderán
a menos que los anotes.
y no bebas, cualquier idiota puede
beber, nosotros somos hombres de
letras.

para alguien que no podía escribir en absoluto
él era como el resto
de ellos:
de seguro que podía
hablar de
eso.


* * *

metamorfosis

una novia llegó
me hizo la cama
refregó y enceró el piso de la cocina
refregó las paredes
aspiró
limpió el water
la bañera
refregó el piso del baño
y cortó mis uñas de los pies y
el pelo.

luego
todo en el mismo día
el plomero llegó y arregló el caño de la cocina
y el water
y el hombre del gas arregló la estufa
y el hombre del teléfono arregló el teléfono.
ahora me siento aquí en toda esta perfección.
hay calma.
he roto con mis 3 novias.

me sentía mejor cuando todo estaba en
desorden.
me tomará algunos meses el que todo vuelva a la
normalidad:
no puedo encontrar una sola cucaracha con quien conversar.

he perdido mi ritmo.
no puedo dormir.
no puedo comer.

me han robado
la suciedad.

* * *

arte

cuando el
espíritu
se desvanece
aparece
la
forma.

* * *

dura compañía

poemas como pistoleros
se sientan allí y
hacen agujeros en mis ventanas
mastican mi papel higiénico
leen los resultados de las carreras
descuelgan el teléfono.

poemas como pistoleros
me preguntan
a qué demonios juego,
y si
me gustaría
acabar con un disparo.

tranquilo, digo
la carrera no es
para el rápido.

el poema sentado al
extremo sur del sofá
dibuja
y dice
¡al diablo con esto!

tranquilo, compañero, tengo
planes para
ti.

¿planes, eh? ¿Qué
planes?

El New Yorker,
amigo.

entonces pone su hierro
lejos.

el poema sentado en la
silla al lado de la puerta
se estira
me mira:
sabes, panzón, has
estado muy lento
últimamente

a la mierda,
digo,
¿quién es el que juega
este juego?

todos corremos
esta carrera dicen
los pistoleros
dibujando hierro:
consíguelo

así que
aquí
estás:

este poema
era el que
estaba en
lo alto del
refrigerador
destapando
cervezas.

y ahora
lo tengo
fuera del camino
y todos los demás
sentados por allí apuntando
sus armas hacia mí
diciendo:

¡soy el próximo, soy el próximo, soy
el próximo!

supongo que cuando muera
los que queden
saltarán sobre otro
pobre

hijo de puta.





* * *

un ideal

Waxmans, dijo,
el hombre se moría de hambre antes,
ahora todas las constructoras lo
desean;
ha trabajado en París en Londres e
incluso en África,
tiene su propio
concepto del
diseño...

¡qué jodido!, dije,
¿un arquitecto muerto de hambre,
eh?

si, sí, se moría de hambre y también su
esposa y sus hijos
pero él era fiel a
sus ideales.

¿un arquitecto muerto de hambre,
eh?

sí, pero finalmente lo logró,
lo vi el miércoles pasado junto
a su esposa, los Waxmans...
¿te gustaría
conocerlos?

dile, le dije, que se meta 3 dedos en
el culo
y los agite.

siempre eres tan desagradable, dijo ella
arrojando su vaso
con escoses y
agua.

sí, dije, en honor
de los muertos.

* * *

el periódico en el piso

...el dibujo es pobre y sé poco del tema:
un hombre de rostro sereno, cara de haber ganado el mundo
y con la corbata del respetable y una pipa satisfecha; y su esposa
notoria por el tinte de su cabello negro (nunca tan
despeinada como para tener bebés y guiarlos a salvo
de las caídas): hay una abuela que se sienta como se sentaría una maceta: un espacio ganado pero inútilmente;
y una pareja de sonrientes mocosos falderos
dos pequeños Jung y Adlers
llenos de dudas, preguntas oscuras,
y, por supuesto,
una joven metida en jóvenes amoríos
(ellas toman esto con mucha más seriedad que los
jóvenes que
van detrás del establo);
y hay un joven, su, creo, hermano quien es experto en establos
con esta gran tundra, este escudo de pelo negro;
está horriblemente saludable
y vestido con lo último en camisas deportivas
con los mejores gestos de experto;
este gran... hermano (¿16? ¿17? ¿18? ¿Dios qué?)
usualmente (cuando leo esto, lo cual es raro)
inclinándose hacia delante sobre el asiento del carro
(se sienta atrás, como el autor)
y hace un... comentario sobre la VIDA, todas mayúsculas, VIDA que es TAN cierto
que simplemente... molesta a todos
excepto a los pobres chicos que no saben qué demonios es todo
[esto a pesar de su Jung y Adler
y simplemente van por el camino con los ojos bien abiertos y sus chupetines se estiran hasta las puras y bellas nubes;
pero, ¡epa!, el líder hace añicos su pipa con cara de cerdo burócrata contra
esta verdad que los viejos dejan
tirada como la tapa de un medidor de gas cubierta por la maleza; y la madre (¿esposa qué?) baja
una grande y negra ceja y una hebra de pelo más permanece
desprendida en la fría y larga lucha; y la
abuela, oh, no sé
para entonces miro a otro lado; pero recuerdo a la chica,
la muchacha enroscada en amores juveniles,
siempre molesta
porque se la ha culpado de lo de atrás del granero...
encerrada con René el Francés, un embrollo... ¿era pintor o
qué?
nadie quiere encarar esto pero... el gordo... personaje de la
camisa deportiva (quien es un chico bueno y fuerte que estará realmente bien algún día) sigue trayendo a la vaca
desde atrás del granero
con el toro; pero es joven
y ríe
y todo se soporta de algún modo;
pero lo mejor es su... explicación de todo,
de la vaca y del toro,
con la inherente e instintiva... sabiduría de su
juventud;
la explicación usualmente llega en la mañana
sobre la mesa del desayuno
antes de que todo este enfermizo amasijo de vulgar... humanidad haya tenido la oportunidad
de sentarse en su sitio
el saludable rostro... blanco ríe y lo dice todo;
está allí sentado esperando decirlo todo,
está allí sentado con los pequeños... gemelos (¿o qué?)
mientras derraman cereales tan delicadamente
con sus pequeñas cucharas,
este feliz y gran... patán que nunca tuvo un dolor de muelas
se ha sentado esperando el ingreso de los mayores
Abuelita que debe ponerse sus dientes, y Papá que está
preocupado por el trabajo, y Mamá que no está
aún de una sola pieza que digamos; y la joven que ama con fe, amargura y...
pureza ellos entran
y él saca un brazo
inclinando su saludable... esqueleto locamente hacia atrás en la silla
frente a las cortinas estampadas con soles perfectos
y el pequeño adorable, el chapucero conjunto,
dice su gran dicho,
y en el globo sobre su cabeza están las palabras
y por la retorcida agonía de los rostros
estoy dado a creer que algo se ha dicho,
pero leo otra vez
mirando cautelosamente en el gran vómito feliz del rostro
del patán
la gran profundidad marrón de los ojos
y los dientes de la joven botan acidez como si hubiera
mordido una verdad ácida,
pero hay algo mal
hay algún error
porque el pedazo de papel que sostengo
realiza pendientes y ángulos en la luz eléctrica
en el abierto vértigo de mi bóveda
y se acurruca y se enrolla formando un nudo hinchado
y empuja tras mis ojos
y empuja mis nervios ciáticos a la línea de los cabellos
y luego sé que
el gran vomitivo patán no ha dicho
nada nada nada nada nada nada nada
nada nada nada nada nada nada nada
nada nada nada nada nada nada nada
y ahora,
en la alfombra
bajo la silla
puedo ver la sección cómica
doblada en dos,
puedo ver las líneas blancas y negras
y unos rostros que no me molesto en distinguir;
pero una débil enfermedad me vence
al ver este pedazo de papel
y desvío la mirada
y trato de no pensar
que mucho de nuestra vida
se parece a la de los rostros del periódico
que miran desde los pies
y sonríen y saltan y gesticulan,
para confundirse con la basura de mañana
y ser desechados.
















* * *

el genio de la multitud

hay suficiente traición y odio,
violencia
necedad en el ser humano
corriente
como para abastecer cualquier ejercito
o cualquier
jornada.
y los mejores asesinos son aquellos
que predican en su contra.
y los que mejor odian son aquellos
que predican amor.
y los que mejor luchan en la guerra
son -al final- aquellos que
predican
paz.
aquellos que hablan de dios.
necesitan a dios
aquellos que predican paz
no tienen paz.
aquellos que predican amor
no tienen amor.
cuidado con los predicadores
cuidado con los que saben.
cuidado con
aquellos que
están siempre
leyendo
libros.
cuidado con aquellos que detestan
la pobreza o están orgullosos de ella.
cuidado con aquellos de alabanza rápida
pues necesitan que se les alabe a cambio.
cuidado con aquellos que censuran con rapidez:
tienen miedo de lo que
no conocen.
cuidado con aquellos que buscan constantes
multitudes; no son nada
solos.
cuidado con
el hombre corriente
con la mujer corriente
cuidado con su amor.
su amor es corriente, busca
lo corriente.
pero es un genio al odiar
es lo suficientemente genial
al odiar como para matarte, como para matar
a cualquiera.
al no querer la soledad
al no entender la soledad
intentarán destruir
cualquier cosa
que difiera
de lo suyo.
al no ser capaces
de crear arte
no entenderán
el arte.
considerarán su fracaso
como creadores
sólo como un fracaso
del mundo.
al no ser capaces de amar plenamente
creerán que tu amor es
incompleto
y entonces te
odiarán.
y su odio será perfecto
como un diamante resplandeciente
como una navaja
como una montaña
como un tigre
como cicuta
su mejor
arte.-

* * *

el perdedor

y el siguiente recuerdo es que
estoy sobre una mesa,
todos se fueron: el más
valiente
bajo los focos, amenazante,
tumbándome a golpes...
y después un tipo asqueroso de
pie, fumando un puro:
“chico, tú no sabes pelear”, me
dijo,
y yo me levanté y le lancé
un golpe por encima
de una silla;
fue como una escena de
película y allí quedó sobre
su enorme trasero diciendo
sin cesar: “dios mío,
dios mío, pero ¿qué
es lo que te ocurre?”
y yo me levanté y me vestí,
las manos aún vendadas, y
al llegar a casa me arranqué
las vendas de las manos y
escribí mi primer poema,
y no he dejado de pelear
desde entonces.

* * *

pájaro azul

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.
hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que esté ahí dentro.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
hacerme un lío?
¿es que quieres joder
mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?
hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.
luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?




nothing is as effective as defeat

always carry a notebook with you
wherever you go, he said,
and don't drink too much, drinking dulls
the sensibilities,
attend readings, note breath pauses,
and when you read
always understate
underplay, the crowd is smarter than you
might think,
and when you write something
don't send it out right away,
put it in a drawer for two weeks,
then take it out and look
at it, and revise, revise,
REVISE again and again,
tighten lines like bolts holding the span
of a 5 mile bridge,
and keep a notebook by your bed,
you will get thoughts during the night
and these thoughts will vanish and be wasted
unless you notate them.
and don't drink, any fool can
drink, we are men of
letters.

for a guy who couldn't write at all
he was about like the rest
of them: he could sure
talk about
it.





* * *

metamorphosis

a girlfriend came in
built me a bed
scrubbed and waxed the kitchen floor
scrubbed the walls
vacuumed
cleaned the toilet
the bathtub
scrubbed the bathroom floor
and cut my toenails and
my hair.

then
all on the same day
the plumber came and fixed the kitchen faucet
and the toilet
and the gas man fixed the heater
and the phone man fixed the phone.
now I sit here in all this perfection.
it is quiet.
I have broken off with all 3 of my girlfriends.

I felt better when everything was in
disorder.
it will take me some months to get back to
normal:
I can't even find a roach to commune with.

I have lost my rhythm.
I can't sleep.
I can't eat.

I have been robbed of
my filth.


* * *

art

as the
spirit
wanes
the
form
appears.

* * *

tough company

poems like gunslingers
sit around and
shoot holes in my windows
chew on my toilet paper
read the race results
take the phone off the
hook.

poems like gunslingers
ask me
what the hell my game is,
and
would I like to
shoot it out?

take it easy, I say,
the race is not to
the swift.

the poem sitting at the
south end of the couch
draws
says
balls off for that
one!

take it easy, pardner, I
have plans for
you.

plans, huh? what
plans?

The New Yorker,
pard.

he puts his iron
away.

the poem sitting in the
chair near the door
stretches
looks at me:
you know, fat boy, you
been pretty lazy
lately.

fuck off
I say
who's running this
game?

we're running this
game
say all the
gunslingers
drawing iron:
get
with it!

so
here you
are:

this poem
was the one
who was sitting
on top of the
refrigerator
flipping
beercaps.

and now
I've got him
out of the way
and all the others
are sitting around pointing
their weapons at me and
saying:

I'm next, I'm next, I'm
next!

I suppose that when
I die
the leftovers
will jump some other
poor
son of a bitch.


* * *

an ideal

the Waxmans, she said,
he starved,
all these builders wanted to
buy him;
he worked in Paris in London and
even in Africa,
he had his own
concept of
design ...

what the fuck? I said,
a starving architect,
eh?

yes, yes, he starved and his
wife and his children
but he was true to
his ideals.

a starving architect,
eh?

yes, he finally came through,
I saw him and his wife last
Wednesday night, the Waxmans ...
would you care to meet
them?

tell him, I said, to stick 3 fingers up
his ass
and flick-off.

you're always so fucking nasty, she said,
knocking over her tall-stemmed
glass of scotch and
water.

uh huh, I said, in honor of
the dead.

* * *

the paper on the floor

... the drawing is poor and I know little of the plot:
a man with a stable, world-earned face and the necktie of
respectability, and a satisfied pipe; and his wife---
signified by the quick ink of black hair (just ever so
tousled with having babies and guiding them safely through
the falls): there is a grandmother who sits somewhat like
a flowerpot: allotted an earned space but not really
useful; and a couple of smiling, knee-climbing gamins
two little Jung and Adlers
full of moot, black-type questions,
and, of course,
a young girl troubled with young loves
(they take these things so much more seriously than the
young men who
go behind the barn);
and there is a young man---her, I presume barn-wise, brother
with this great tundra, this shield of black hair;
he is horribly healthy
and dressed in the latest in sport shirts
in the best barn-wise manner;
this big ... brother (16? 17? 18? God wot?)
is usually (when I read this, which is not very often)
leaning forward over the car seat
(he sits in the back, like the author)
and makes some ... comment on LIFE, capital all-the-way LIFE
that is so VERY true
that it just ... upsets everybody
except the poor kiddies who don't know what the hell it's
all about in spite of their Jung and Adler
and they just ride along round-eyed and sucking at their
lollypops all up in the pretty pure white clouds;
but, lo, the headman grinds his pipe grey-faced against this
sporty truth that old men let lie like overgrown
gas-meter covers; and the mother (wife wot?) draws down
a long black eyebrow and one more strand of hair becomes
unattached in the cool long struggle; and
Grandma, oh, I don't know---
by then I have looked away; but I remember the girl,
the young girl with young loves
is always especially angry
because the back of the barn has been blamed on her ...
locked with René the Frenchman, the struggling ... painter or
wot?
nobody wants to face it but this ... fat ... sports-wear shirt
character (who is really a nice strong boy who will really
be O.K. some day) keeps bringing the cow out from behind the
barn
with the bull; but he is young
and laughs
and all somehow bear up;
but best is his ... explanation of it all,
of the cow and the bull,
with the inherent and instinctive ... wiseness of his
youth;
the explanation usually comes in the morning
over the breakfast table---
before all this sickly struggling ordinary mess of common ...
humanity has had a chance
to seat itself
the healthy white ... face laughs and tells it all;
he's been sitting there waiting to tell it all,
he's been sitting there with the little ... twins (or wot?)
as they spill porridge so cutely with their little spoons,
this big ... happy oaf who's never had a toothache
has been sitting waiting the entrance of his elders
(Granny who must put in her teeth, and Papa who is worried
about the office, and Mama who isn't exactly straightened out
yet; and the young girl who loves with faith, anger and ...
purity) in they come
and he throws out an arm
and tilting his healthy ... carcass madly back in the chair
before the sun-pure kitchen curtains
and the little lovable, struggling bungling group
he says his great say,
and in the balloon above his head are the words
and by the twisted agony of the faces
I am led to believe something has been said,
but I read again
looking carefully at the great happy spewing oaf's face
the brown great deepness of the eyes
and the young girl's teeth pushed out sour as if she had
bitten into some lemon of truth,
but there is something wrong
there is some mistake
because the sheet of paper I hold
slants and angles in the electric light
into the open dizziness of my dome
and it huddles and curls itself into a puffy knot
and pushes at the back of my eyes
and pulls my nerves taut-thin from toe to hair-line
and I know then that
the great spewing oaf has said
nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing nothing
and now,
on the rug
under the chair
I can see the comic section
folded in half,
I can see the black and white lines
and some faces I don't care to discern;
but a thin illness overcomes me
at the sight of this portion of paper
and I look away
and try not to think
that much of our living life
is true to the little paper faces
that stare up from our feet
and grin and jump and gesture,
to be wrapped in tomorrow's garbage
and thrown away.

* * *

the genius of the crowd 

there is enough treachery, hatred
violence
absurdity in the average
human being
to supply any given army on
any given day
and the best at murder are those
who preach against it
and the best at hate are those who
preach love
and the best at war
finally are those
who preach
peace
those who preach god,
need god
those who preach peace
do not have peace
those who preach love
do not have love
beware the preachers
beware the knowers
beware those
who are
 always
reading
books
beware those who either detest poverty
or are proud of it
beware those quick to praise
for they need praise in return
beware those who are quick to censor
they are afraid of what they
do not know
beware those who seek constant
crowds for they are nothing
alone
beware
the average man
the average woman
beware their love,
their love is average
seeks average
but there is genius in their hatred
there is enough genius in their hatred
to kill you
to kill anybody
not wanting solitude
not understanding solitude
they will attempt
to destroy anything
that differs
from their own
not being able
to create art
they will not understand
art
they will consider their failure
as creators
only as a failure
of the world
not being able to love fully
they will believe
your love incomplete
and then they will
hate you
and their hatred will be perfect
like a shining diamond
like a knife
like a mountain
like a tiger
like hemlock
their finest
art


* * *

the loser

and the next I remembered
I’m on a table,
everybody’s gone:
the head of bravery
under light, scowling,
flailing me down…
and then some toad stood there,
smoking a cigar:
“Kid you’re no fighter”,
he told me,
and I got up and knocked him
over a chair;
it was like a scene in a movie,
and he stayed there
on his big rump and said
over and over: “Jesus, Jesus,
whatsamatta with you?”
and I got up and dressed,
the tape still on my hands,
and when I got home
I tore the tape off my hands
and wrote my first poem,
and I’ve been fighting
ever since
.



* * *

bluebird

there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I'm too tough for him,
I say, stay in there, I'm not going
to let anybody see
you.
there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I pour whiskey on him and inhale
cigarette smoke
and the whores and the bartenders
and the grocery clerks
never know that
he's
in there.

there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I'm too tough for him,
I say,
stay down, do you want to mess
me up?
you want to screw up the
works?
you want to blow my book sales in
Europe?
there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I'm too clever, I only let him out
at night sometimes
when everybody's asleep.
I say, I know that you're there,
so don't be
sad.
then I put him back,
but he's singing a little
in there, I haven't quite let him
die
and we sleep together like
that
with our
secret pact
and it's nice enough to
make a man
weep, but I don't
weep, do
you?