miércoles, 7 de noviembre de 2018

Razones para una Resistencia


Por Richard Leön



¿Qué es un hombre rebelde?
Un hombre que dice no.
Albert Camus.


El 21 de febrero del año 2012, en pleno corazón de la fe ortodoxa —la Catedral de Cristo Salvador, en Moscú—, cinco mujeres, ataviadas con vestidos y pasamontañas multicolores, se apoderaban del altar principal del templo saltando y gritando en un intento por entonar una salmodia punk en protesta por la posible reelección del mandatario Vladimir Putin como primer ministro y sus notables conexiones con el máximo jerarca del Cristianismo Ortodoxo de ese entonces, Kiril I[1]. En el borroso y accidentado video vemos a una monja, o su correspondiente de la fe ortodoxa, tratando de atrapar las lentes de las cámaras como si de mosquitos se tratara, y el momento en que las mujeres, después de rendir tributo al altar, son escoltadas por los guardias de seguridad y sacadas del recinto. Finalmente, tres de las mujeres pertenecientes al colectivo que ejecutó el provocativo performance —conocido como Pussy Riot— serían procesadas con premura por la justicia rusa, dictando una sentencia, a todas luces, excesiva, que rondaba entre los dos y siete años de prisión, por supuesta agresión religiosa. 
De esta manera, lo que no aparentaba ser más que un acto de provocación y denuncia, de protesta pacífica —a pesar de la abrupta irrupción dentro del espacio de lo sagrado—, terminaría desencadenando uno de los casos de persecución política más controvertidos y mediáticos de la última década, exponiendo el estado de  represión en que se encuentra la actual Rusia y poniendo, una vez más, sobre la mesa la preocupación por la forma como el Estado asume a la protesta, cómo la limita, regula y trata.
Preguntas tales como ¿Puede existir una regulación a las libertades individuales para que el colectivo no se vea afectado? o ¿Puede un estado coartar la libertad de protesta de sus habitantes? o, aún más, ¿Es posible limitar las libertades civiles con el fin de controlar este tipo de protestas?, que aunque no fueron formuladas de forma abierta, bien podían adivinarse en el ambiente que reinó entonces sobre el mundo; no sin cierto desasosiego, puesto que vendría a poner en tela de juicio una serie de libertades individuales y colectivas que como ciudadanos consideramos dadas, pero que de plano no se estarían proporcionando ni protegiendo por el Estado civil de derechos en que confiamos, no sin cierta ingenuidad.
Tratar de comprender, bajo estas circunstancias particulares, el concepto de Resistencia podría ayudarnos a interpretar mejor el papel que juega el individuo en la conformación de una consciencia colectiva, cuyo alcance final sea el de revaluar las prácticas propias de un Estado de derecho en que el individuo no actúa de forma directa y para cuyos casos prácticos, no existe.
¿Cómo entender el concepto de Resistencia? ¿Cómo aplicarlo a la cotidianeidad con el fin de liberarnos de las ataduras que pretenden constreñirnos?
Existen diversas aproximaciones a lo que podemos comprender como Resistencia. Para el presente escrito, nos centraremos en tres formas: i) la Resistencia entendida como forma de dar voz a quienes han sido abandonados u olvidados por el Estado y que se manifiestan mediante acciones coordinadas que pretenden volverlos visibles; ii) la Resistencia como respuesta expedita a una fuerza estatal, material o virtual, ejercida de forma arbitraria sobre un sujeto o colectivo; y iii) como acto de insubordinación y rebeldía que busca desvelar la realidad, desnudando a las lógicas que se encuentran naturalizadas en cada uno de nuestros actos y formas de relacionarnos con el otro y que, por tanto, no resultan evidentes a primera vista[2].
Así, existe la Resistencia, se materializa en un acto, en el momento en que el poder estatal hegemónico se impone —o pretende imponerse— sobre la potestad y capacidad de elección individual o cuando éste, como ente máximo, abandonada sus funciones e incumple un pacto social adquirido con la ciudadanía, hechos ante los cuales el sujeto se niega a la aceptación sumisa.
Baste recordar, como ejemplo, cuáles fueron las razones que llevaron a Henry David Thoreau[3] a redactar un texto en defensa de la autonomía, de la libertad del individuo sobre el poder del estado, aquel valiente Del deber de la desobediencia civil, en el que afirma, dueño de una claridad absoluta, que «todos los hombres reconocen el derecho a rehusarse a la adhesión y resistirse al gobierno, cuándo es una tiranía o su ineficiencia es grande e insoportable» (2011, 22). O el caso, menos lejano, de las elecciones presidenciales del año 2014, en que los ciudadanos de los pueblos de Barú y Taganga se negaron de plano a participar con su voto, presentándose un abstencionismo absoluto, hasta no ser escuchados, sus problemas atendidos y solucionados por un Estado que se había caracterizado por su ausencia; una acción de Resistencia colectiva que terminaría por llamar la atención de todo un país.
Resulta iluminador comprender que, si bien, la Resistencia puede darse desde la acción individual —como en el caso de Thoreau—, debe pasar, necesariamente, al plano de lo colectivo —como en el caso de Barú y Taganga— para generar un impacto y una movilización mayores. ¿Qué sucede, supongamos, si la acción de resistencia frente a la tiranía estatal se queda en mi acto solitario? Que su repercusión quedaría ahogada y olvidada: el acto individual «tiene un valor importante, al demostrar que la sumisión y el conformismo no son la única opción posible. Sin embargo, […] la dificultad consiste en coordinar la expansión colectiva de los actos de insubordinación para evitar que su aislamiento facilite la represión y para darles confianza a más personas y animarlos a integrarse al proceso» (Baschet, 2012, 10). De esta manera, se va de la acción individual de protesta a una acción que, de forma coordinada, guíe el ejercicio colectivo de la misma y genere una recepción mayor que sea percibida por el estado, a la vez que brinde la confianza suficiente para participar sin el temor de ser señalado o perseguido.
Es importante resaltar que, lejos de lo que se puede imaginar, esta acción coordinada de forma colectiva plantea opciones y perspectivas a la violencia, funcionando como catalizador de nuevas experiencias de lo subjetivo, de otras maneras de interrelacionarse con el otro y, por ende, de la subsecuente convivencia que permite el ejercicio de una democracia participativa. Constituye, en suma, una resignificación de los espacios y conceptos de lo público, lo participativo, lo comunitario, lo cultural y del sentido mismo de las relaciones humanas (González; Colmenares & Ramírez, 2011).
Como consecuencia evidente, los lazos comunitarios del colectivo se ven fortalecidos y enriquecidos, puesto que fijan su atención no en los conflictos y las confrontaciones derivadas, sino en aquellas necesidades emergentes que deben suplirse como grupo, ganando la autonomía suficiente para tomar decisiones en pro de esas necesidades y generando el beneficio agregado de la reivindicación de su lucha. En esta medida, es un proceso que exige de los individuos una reflexión crítica y ética que los llevará, en el momento justo, a negar la arbitrariedad de un estado que desconoce sus necesidades, a cuestionar la injusticia, la inequidad, por aquello de que «la única obligación que tengo el derecho de asumir [como ciudadano] es hacer en cualquier momento lo que considero justo» (Thoreau, 2011, 18), aun cuando aquello se oponga rotundamente a la disposición estatal, aun cuando se pretenda entender como un ataque a la potestad del Estado, devuelto a sus justas proporciones, es decir, a la dependencia que le debe a la autonomía ciudadana.
Todo lo expuesto hasta este punto, explica por qué una sociedad cuya política aún se encuentre en un estado de desarrollo y maduración primario —cuando no precario—, necesita del libre ejercicio de la Resistencia para que le insufle nuevas perspectivas, para que dé voz a los silenciados, para que estimule el ejercicio de la reflexión crítica, para que visibilice lo invisibilizado; también, para que despierte a los sumisos, para que movilice a las marejadas de sujetos pasivos que parecen no querer comprometerse, mediante sus propias acciones, con el ejercicio del cuestionamiento y permiten que se decida por ellos. En suma, para no terminar siendo el buen ciudadano del que tanto se quejaba Thoreau en su Desobediencia civil: aquel que sirve al Estado como si fuera una máquina, que parece salido de una línea de fabricación para servir al propósito de un Estado hegemónico.
La Resistencia es la posibilidad de generar transformaciones profundas en el seno de la sociedad, replantear el corroído ejercicio del poder y modificar la relación del individuo con las estructuras tradicionales de la autoridad estatal. La Resistencia es el individuo que se niega a la aceptación ciega. La Resistencia es el hombre que afirma mediante su negativa.


Bibliografía:
Baschet, Jérôme. “Resistencia, rebelión, insurrección”. Conceptos y fenómenos fundamentales de nuestro tiempo. Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones Sociales (mayo 2012): 2-13. Recuperado el 16 de junio de 2018 de: http://conceptos.sociales.unam.mx/conceptos_final/487trabajo.pdf
Camus, Albert. El hombre rebelde. Edición de José María Guelbenzu. 1ra Edición en español. Volumen 3. Obras 3. Madrid: Alianza Editorial, 1996.
González Higuera, Sally; Colmenares Vargas, Juan Carlos; Ramírez Sánchez, Viviana. “La resistencia social: una resistencia para la paz”. Hallazgos, vol. 8, núm. 15 (enero-junio 2011): 237-254.
Thoreau, Henry David. Sobre el deber de la desobediencia civil. Palabras rodantes. Medellín: Comfama/Metro de Medellín, 2011.




[1] La canción, nada sutilmente titulada “¡Punk Prayer – Mother of God, Chase Putin Away!” (Pank-mobelen. Bogoroditsa, Putina progoni), es un himno punk que inicia con un “Virgen María, madre de Dios, expulsa a Putin de Rusia”, denuncia los profundos nexos de la fe ortodoxa con un estado que se precia de ser laico y tolerante con la diversidad ideológica y sexual.
[2] Lo que Michel Foucault identificaba como microfísica del poder, formas que «permite[n] efectivamente identificar relaciones de poder que no se concentran en el aparato administrativo-estatal sino que se diseminan en la realidad social y hasta en las relaciones intersubjetivas» (Baschet, 2012, 4).
[3] Como es de todos conocido, Thoreau, apenas instalado de su temporada de estudio naturalista de Walden, es acusado de evasión de impuestos. Al negarse a pagar, por no estar de acuerdo con las políticas de guerra y esclavismo que aún predominan en la nación, es condenado a pasar una noche en la cárcel, castigo que vendría a ser el detonante para que escribiera uno de los primeros tratados en defensa de los derechos civiles.