domingo, 3 de febrero de 2013

Nadie se va a reír. [2]


Por Milan Kundera




5

Sí, mi residencia permanente está en Litomysl; tengo allí a mamá, a mis amigos y los recuerdos de papá; cuando puedo me voy de Praga y estudio y escribo en casa, en el pequeño piso de mamá. Así fue como mantuve formalmente mi residencia permanente en casa de mamá, y en Praga no fui capaz de conseguir ni siquiera un apartamento adecuado, como Dios manda, y por eso vivía subalquilado en Vrsovice, en un altillo, en una buhardillita completamente independiente, cuya existencia procuraba en la medida de lo posible ocultar para que no se produjeran innecesarios encuentros de indeseados huéspedes con mis compañeras provisionales de piso o mis visitantes femeninas.
No puedo negar que éste era uno de los motivos por los cuales no gozaba en la casa del mejor renombre. Durante algunas de mis estancias en Litomysl les había prestado la habitación a amigos que la utilizaban para divertirse, y se divertían tanto que no permitían que nadie pegase ojo en el edificio durante toda la noche. Aquello indignaba a algunos de los habitantes del edificio, de modo que estaban empeñados en una guerra secreta contra mí, que se manifestaba de vez en cuando en los informes que emitía sobre mí el Comité de Vecinos y hasta en una queja presentada ante la Administración de viviendas.
En la época a la que me estoy refiriendo, a Klara le empezó a parecer complicado desplazarse desde Celakovice para ir al trabajo, de modo que comenzó a pasar la noche en mi casa. Al principio lo hacía con timidez y excepcionalmente, luego colgó un vestido en el armario, después varios vestidos y, al cabo de poco tiempo, mis dos trajes se apretujaban en un rincón y mi pequeña habitación se había convertido en un saloncito femenino.
Klara me gustaba; era hermosa; yo disfrutaba de que la gente nos mirase cuando íbamos juntos; tenía por lo menos trece años menos que yo, lo cual acrecentaba mi prestigio entre los alumnos; tenía, en una palabra, multitud de motivos para dedicarle todo tipo de atenciones. Pero no quería que se supiera que vivía conmigo. Tenía miedo de que se extendiesen por la casa las habladurías y los cotilleos; tenía miedo de que alguien empezara a meterse con mi viejo y amable casero, que era discreto y no se ocupaba de mí; tenía miedo de que, un buen día, a disgusto y contra su voluntad, viniera a pedirme que para mantener su buen nombre echase a la señorita.
Por eso Klara tenía instrucciones estrictas de no abrirle la puerta a nadie.
Aquel día estaba sola en casa. Era un día soleado y la temperatura en la buhardilla era casi sofocante. Por eso estaba tumbada en la cama, desnuda, ocupada en mirar al techo.
Y en ese momento oyó que golpeaban a la puerta.
No era nada inquietante. En mí buhardilla no había timbre y, cuando venía alguien, tenía que golpear. De modo que Klara no dejó que el ruido la interrumpiese y siguió mirando el techo, sin la menor intención de dejar de hacerlo. Pero los golpes no se detenían; por el contrario, continuaban con serena e incomprensible persistencia. Klara se puso nerviosa; empezó a imaginarse que ante la puerta había un hombre que lenta y significativamente daba vuelta a la solapa de su chaqueta, un hombre que al final le echaría violentamente en cara que no le hubiese abierto, un hombre que le preguntaría qué estaba ocultando, qué escondía y si tenía registrado allí su domicilio. La invadió el sentimiento de culpa; despegó los ojos del techo y se puso a buscar rápidamente el sitio donde había dejado la ropa. Pero los golpes eran tan insistentes que en medio de la confusión no encontró más que mi impermeable. Se lo puso y abrió la puerta.
Pero en lugar del rostro hosco del inspector se encontró sólo con un pequeño hombrecillo que hacía una reverencia:
—¿Está en casa el señor ayudante?
—No, no está en casa...
—Qué pena —dijo el hombrecillo y pidió amablemente disculpas por interrumpir—. Es que el señor ayudante debe escribir un informe sobre un trabajo mío. Me lo prometió y ya es muy urgente. Con su permiso, quisiera dejarle al menos un recado.
Klara le dio al hombrecillo papel y lápiz, y yo me enteré por la noche de que el destino del estudio sobre Mikolas Ales estaba únicamente en mis manos y de que el señor Zaturecky aguardaba respetuosamente mi informe y procuraría localizarme una vez más en la Facultad.


6

Al día siguiente la señora Marie me contó cómo le había amenazado el señor Zaturecky, cómo había gritado y cómo había ido a quejarse de ella; la voz le temblaba y estaba a punto de llorar; me dio rabia. Comprendí perfectamente que la secretaria, que hasta ahora se había reído de mi juego al escondite (aunque apostaría el cuello que lo hacía más por amabilidad hacia mí que porque se divirtiera sinceramente), se sentía ahora maltratada y veía naturalmente en mí al causante de sus problemas. Y si a esto le añadía la violación del secreto de mi buhardilla, los diez minutos de golpes a la puerta y el susto que había pasado Klara, la rabia se convirtió en un ataque de furia.
Y cuando estaba dando vueltas de un lado a otro por el despacho de la señora Marie, cuando me estaba mordiendo los labios, cuando estaba en plena ebullición y pensando en la venganza, se abrió la puerta y apareció el señor Zaturecky.
Al verme brilló en su cara un resplandor de felicidad. Hizo una reverencia y saludó.
Había llegado un poco antes de tiempo, un poco antes de que yo hubiera tenido oportunidad de meditar mi venganza.
Me preguntó si ayer había recibido su mensaje.
No le contesté.
Repitió la pregunta.
—Lo recibí —dije.
—¿Y hará el favor de escribirme ese informe?
Lo veía delante de mí, enfermizo, terco, lastimero; veía la arruga transversal que dibujaba en su frente la línea de su única pasión; observé aquella sencilla línea y comprendí que era una recta determinada por dos puntos: mi informe y su artículo; que al margen del vicio de esta recta maniática no había en su vida más que ascetismo. Y en ese momento se me ocurrió una maldad salvadora.
—Espero que comprenda que, después de lo ocurrido ayer, no tengo nada de que hablar con usted — dije.
—No le comprendo.
—No finja. Ella me lo dijo todo. Es inútil que lo niegue.
—No le comprendo —repitió, pero esta vez con más decisión, el pequeño hombrecillo.
Puse un tono de voz jovial, casi amistoso:
—Mire usted, señor Zaturecky, yo no se lo reprocho. A fin de cuentas yo también soy mujeriego y lo comprendo. Yo en su lugar también habría intentado [23] ligar con una chica tan guapa, si hubiera estado a solas con ella en el piso y si llevara puesto un impermeable de hombre sin nada debajo.
—Esto es una ofensa —palideció el hombrecillo.
—No, señor Zaturecky, es la verdad.
—¿Se lo dijo esa dama?
—No tiene secretos para mí.
—¡Camarada ayudante, eso es una ofensa! Soy un hombre casado. ¡Tengo mujer! ¡Tengo hijos! —el hombrecillo dio un paso hacia delante, de modo que me vi obligado a retroceder.
—Peor aún, señor Zaturecky.
—¿Qué quiere decir con eso de peor aún?
—Me refiero a que para un mujeriego estar casado es un agravante.
—¡Eso tendrá que retirarlo! —dijo el señor Zaturecky amenazante.
—Como usted quiera —acepté—. Estar casado no siempre es una circunstancia agravante para un mujeriego. Pero eso no tiene importancia. Ya le he dicho que no me enfado con usted y que le comprendo. Lo único que no puedo entender es cómo puede pretender que una persona a la que le quiere quitar la mujer, le haga su informe.
—¡Camarada ayudante! ¡Quien le pide ese informe es el doctor Kalousek, redactor del “Pensamiento Artístico”, una revista de la Academia de Ciencias! ¡Y usted tiene que escribir ese informe!
—El informe o la mujer. No puede pedir las dos cosas.
—¡Cómo puede comportarse de ese modo, camarada! —me gritó el señor Zaturecky, indignado y desesperado.
Qué curioso, de pronto tuve la sensación de que el señor Zaturecky había pretendido realmente seducir a Klara. Me indigné y le grité:
—Pero ¿cómo puede atreverse usted a llamarme la atención? Usted, que debería pedirme humildemente disculpas aquí mismo, delante de la señora secretaria.
Me volví de espaldas al señor Zaturecky, y él, confuso, salió trastabillando de la habitación.
—Bueno —respiré como si acabara de ganar un duro combate y le dije a la señora Marie—: Espero que ahora ya no pretenderá que le escriba ese informe.
La señora Marie sonrió y al cabo de un momento me preguntó tímidamente:
—¿Y por qué no quiere hacerle ese informe?
—Porque lo que ha escrito es una terrible estupidez.
—¿Y entonces por qué no pone en el informe que es una estupidez?
—¿Por qué se lo iba a escribir? ¿Para qué tengo que enemistarme con nadie?
La señora Marie me miró con una sonrisa tolerante; y en ese momento se abrió la puerta y apareció el señor Zaturecky con el brazo extendido:
—¡No seré yo el que tenga que disculparse, será usted!
Lo dijo con voz temblorosa y volvió a desaparecer.


7

No lo recuerdo con exactitud, quizá fue ese mismo día, quizá unos días más tarde, cuando encontramos en mi buzón una carta en la que no figuraba la dirección. Dentro había un texto trabajosamente escrito, con letra inexperta: ¡Estimada! Venga a verme el domingo para hablar de las ofensas a mi marido. Estaré en casa todo el día. Si no viene, me veré obligada a tomar medidas. Anna Zaturecka, Praga 3, Dalimilova 14.
Klara estaba aterrorizada y empezó a decir algo acerca de que la culpa era mía. Hice un gesto despectivo y dije que el sentido de la vida consistía en divertirse viviendo y que, si la vida era demasiado holgazana para que eso fuera posible, no había más remedio que darle un empujoncito. Uno debe cabalgar permanentemente a lomos de las historias, esos potros raudos sin los cuales se arrastraría uno por el polvo como un peón aburrido.
Cuando Klara me dijo que no tenía la menor intención de cabalgar a lomos de ninguna historia, le garanticé que jamás vería al señor Zaturecky ni a la señora Zaturecka y que la historia sobre cuya montura había saltado yo, iba a dominarla tranquilamente yo solo.
Por la mañana, cuando salíamos de casa, nos detuvo el portero. El portero no es mi enemigo. Hace ya tiempo que lo soborné sabiamente con un billete de cincuenta coronas y desde entonces he vivido con la agradable convicción de que había aprendido a no enterarse de nada que se refiriera a mí y no echaba leña al fuego que mis enemigos avivan en mi contra.
—Ayer hubo dos que preguntaron por usted —le dijo.
—¿Cómo eran?
—Uno bajito, con una tía.
—¿Cómo era la tía?
—Le sacaba dos cabezas. Muy enérgica. Una tía dura. No paraba de hacer preguntas —se dirigió a Klara—: Más que nada preguntaba por usted. Que quién era y que cómo se llamaba.
—Dios mío, ¿y qué le dijo? —se asustó Klara.
—¿Qué le iba a decir? Yo qué sé quién viene a casa del señor ayudante. Le dije que todas las noches venía una distinta.
—Estupendo —saqué del bolsillo un billete de diez coronas—. Siga diciendo lo
mismo.
—No tengas miedo —le dije después a Klara—, el domingo no irás a ninguna parte y nadie te encontrará.
Y llegó el domingo, tras el domingo el lunes, el martes, el miércoles.
—Ya ves —le dije a Klara.
Pero después llegó el jueves. Les estaba contando a mis alumnos, en la habitual clase secreta, cómo los jóvenes fauvistas, apasionadamente y con generosa camaradería, liberaron el color de las ataduras descriptivas del impresionismo, cuando de pronto abrió la puerta la señora Marie y me dijo al oído:
—Está aquí la mujer de ese Zaturecky.
—Pero si yo no estoy —le dije—, enséñele el horario.
Pero la señora Marie hizo un gesto de negación con la cabeza:
—Ya se lo dije, pero ella se metió en su despacho y vio que había un impermeable en el perchero. Y ahora está sentada en el pasillo, esperando.
Los callejones sin salida son mi mejor fuente de inspiración. Le dije a mi alumno preferido:
—Tenga la amabilidad de hacerme un pequeño favor. Vaya a mi despacho, póngase mi impermeable y salga del edificio con él puesto. Habrá una mujer que intentará demostrarle que yo soy usted, pero su tarea consiste en negarlo a cualquier precio.
Mi alumno se fue y regresó al cabo de un cuarto de hora. Me comunicó que había cumplido el encargo, que el campo estaba libre y la mujer fuera de la Facultad.
Por una vez había ganado la partida.
Pero luego llegó el viernes, y Klara volvió del trabajo casi temblando.
El amable señor, que recibe a las clientes en el distinguido salón de la empresa de confección, abrió ese día de pronto la puerta trasera que conduce al taller en el que junto con otras quince costureras trabaja mi Klara y gritó:
—¿Vive alguna de vosotras en el número cinco de la calle Pushkin?
Klara sabía perfectamente que se trataba de ella, porque Pushkin 5 es mi dirección. Pero, haciendo gala de prudencia, no respondió, porque sabía que vivía en mi casa ilegalmente y que nadie tenía por qué inmiscuirse en eso.
—Ya se lo decía yo —dijo el amable señor al ver que ninguna de las costureras respondía, y se marchó.
Al poco tiempo, Klara se enteró de que una mujer de voz severa que llamó por teléfono le había obligado a consultar las direcciones de las empleadas y había estado un cuarto de hora convenciéndolo de que en la empresa tenía que haber una mujer que viviese en Pushkin 5.
La sombra de la señora Zaturecka yacía sobre nuestra idílica habitación.
—Pero ¿cómo ha podido averiguar dónde trabajas? ¡Si en este edificio nadie sabe nada de ti! —exclamé.
Sí, estaba realmente convencido de que nadie sabía de nosotros. Vivía como un excéntrico que cree pasar desapercibido tras una elevada muralla, sin percatarse de un único detalle: de que la muralla es de cristal transparente.
Sobornaba al portero para que no dijese que Klara vivía en mi casa, obligaba a Klara a tomar complicadas medidas para permanecer en secreto y pasar inadvertida, mientras todo el mundo sabía que estaba allí. Bastó una imprudente conversación de Klara con la inquilina del segundo y ya se sabía hasta el sitio en donde trabajaba.
Sin que nosotros tuviésemos la menor sospecha, hacía tiempo que habíamos sido descubiertos. Lo único que seguía siendo un secreto para nuestros perseguidores era el nombre de Klara. Este secreto era el único y el último escondite que nos permitía seguir huyendo de la señora Zaturecka, que había iniciado su lucha con una tenacidad y un método que me horrorizaban.
Comprendí que la cosa iba en serio; que el caballo de mi historia ya estaba cabalgando a toda marcha.


8

Aquello sucedió el viernes. Y cuando Klara llegó el sábado del trabajo, temblaba una vez más. Había ocurrido lo siguiente:
La señora Zaturecka fue con su marido a la empresa a la que había llamado por teléfono el día anterior y le pidió al director que les permitiese visitar el taller con su marido y examinar las caras de todas las costureras que estuviesen presentes. La petición le pareció ciertamente extraña al director, pero la cara que ponía la señora Zaturecka no era como para rechazar sus exigencias. Hablaba de un modo confuso de ofensas, de vidas destrozadas y de procedimientos judiciales. El señor Zaturecky estaba a su lado, ponía cara de disgusto y permanecía callado.
Así que fueron conducidos al taller. Las costureras levantaron con indiferencia la cabeza y Klara reconoció al hombrecillo; se puso pálida y con llamativo disimulo continuó cosiendo.
—Adelante —le dijo con irónica amabilidad el director al inmóvil dúo. La señora Zaturecka comprendió que debía tomar la iniciativa e incitó a su marido:
—¡Vamos, mira!
El señor Zaturecky levantó la vista con el ceño fruncido y miró a su alrededor.
—¿Es alguna de éstas? —le preguntó al oído la señora Zaturecka.
Al parecer el señor Zaturecky no veía con la precisión suficiente, ni siquiera con gafas, como para abarcar con la mirada, en su conjunto, aquel gran espacio cubierto que, por lo demás, era bastante accidentado, estaba lleno de trastos apilados y de trajes colgados de barras horizontales, y en el que las inquietas costureras no estaban ordenadamente sentadas de cara a la puerta, sino cada cual a su aire: se volvían, cambiaban de silla, se levantaban y miraban involuntariamente hacia otro sitio. De modo que tuvo que recorrer el taller procurando que no se le escapase ninguna.
Cuando las mujeres se dieron cuenta de que estaban siendo observadas por alguien, y además por alguien tan poco agraciado y para ellas tan poco apetecible, experimentaron en lo más profundo de su sensibilidad una vaga sensación de humillación y comenzaron a rebelarse silenciosamente, riéndose y murmurando. Una de ellas, una joven gruesa y malhablada, le espetó:
—¡El tío anda buscando por toda Praga a la desgraciada que lo dejó preñado!
Sobre la pareja se desplomó la burla ruidosa y basta de las mujeres, pero ambos se quedaron en medio de aquella burla, tímidos y tercos, con una especie de extraña dignidad.
—Madre —volvió a exclamar la chica malhablada dirigiéndose a la señora Zaturecka— ¡tiene que cuidar mejor al chiquillo! ¡Yo a un niño tan bonito como ése no lo dejaría ni salir de casa!
—Sigue mirando —le susurró la mujer a su marido, y él, temeroso y con el ceño fruncido, siguió avanzando, paso a paso, como si recorriese el sendero de la vergüenza y el castigo, pero siguió con firmeza y sin dejar de lado ni una sola cara.
El director sonreía durante todo el tiempo con una sonrisa neutra; conocía bien a las mujeres con las que trabajaba y sabía que no había nada que hacer con ellas; por eso fingió no oír el barullo que hacían y le preguntó al señor Zaturecky:
—¿Y qué aspecto debería tener esa mujer?
El señor Zaturecky se volvió hacia el director y lentamente y en tono serio dijo:
—Era hermosa... era muy hermosa...
Mientras tanto Klara se encogía en un rincón del taller, diferenciándose por su intranquilidad, su cabeza agachada y su febril actividad de todas las demás mujeres que se divertían con la escena. ¡Qué mal simulaba su insignificancia, tratando de pasar desapercibida! Y el señor Zaturecky ya estaba a un paso de ella y en unos segundos iba a mirarla a la cara.
—No es gran cosa recordar únicamente que era hermosa —le dijo el amable director
al señor Zaturecky—. Hay muchas mujeres hermosas. ¿Era alta o baja?
—Alta —dijo el señor Zaturecky.
—¿Era rubia o morena?
El señor Zaturecky se detuvo a reflexionar y dijo:
—Era rubia.
Esta parte de la historia podría servir de parábola sobre la fuerza de la belleza. El señor Zaturecky, cuando vio por primera vez a Klara en mi casa, se quedó tan deslumbrado que en realidad no la vio. La belleza formó ante ella una especie de cortina impenetrable. Una cortina de luz tras la cual estaba escondida como si fuera un velo.
Es que Klara no es ni alta ni rubia. Fue la grandeza interior de la belleza, nada más, la que le dio, ante los ojos del señor Zaturecky, la apariencia de altura física. Y la luz que la belleza irradia le dio a su pelo apariencia dorada.
Así fue cómo, cuando el hombrecillo llegó por fin al rincón del taller en donde Klara se inclinaba nerviosa sobre una falda a medio coser, vestida con su bata marrón de trabajo, no la reconoció. No la reconoció porque jamás la había visto.

Nadie se va a reír. [1]



Por Milan Kundera



1

“Sírveme un poco más de slivovice”, me dijo Klara y yo no puse objeciones.
El pretexto esgrimido para abrir la botella no había sido nada fuera de lo corriente, pero bastaba: ese día yo había recibido una gratificación relativamente importante por la última parte de un estudio mío que se había publicado por entregas en una revista especializada en crítica de arte.
La propia publicación del estudio había tenido sus más y sus menos. El texto era pura agresividad y pura polémica. Por eso primero me lo rechazaron en la revista “Pensamiento Artístico”, cuya redacción es más formal y precavida, y por fin lo publicaron en la revista de la competencia, de menor tirada, cuyos redactores son más jóvenes e imprudentes.
El dinero me lo trajo el cartero a la Facultad, junto con una carta; una carta sin importancia; acababa de adquirir la sensación de estar muy por encima del resto de los mortales y por la mañana apenas la leí. Pero ahora, en casa, cuando el reloj se acercaba a la medianoche y el nivel del líquido en la botella se aproximaba al fondo, la cogí de la mesa para que nos sirviera de diversión.
“Estimado camarada y, si me permite ese tratamiento, colega”, empecé a leérsela a Klara. “Disculpe, por favor, que una persona como yo, con la que Ud. no ha hablado en la vida, le escriba esta carta. Me dirijo a Ud. para rogarle que tenga la amabilidad de leer el artículo adjunto. No le conozco a Ud. personalmente, pero le aprecio como persona cuyos juicios, reflexiones y conclusiones me han llenado de asombro, porque su coincidencia con los resultados de mis propias investigaciones es tal que me he quedado completamente consternado...” y seguían una serie de elogios a las excelencias de mi obra y una petición: Si tendría la amabilidad de escribir un informe sobre su artículo, un juicio crítico para la revista “Pensamiento Artístico”, en la que desde hace ya más de medio año se lo rechazan y se niegan a prestarle atención. Le dijeron que mi valoración sería decisiva, de modo que ahora me he convertido en su única esperanza como escritor, en la única lucecilla que le alumbra en la terrible oscuridad.
Nos reímos del señor Zaturecky, cuyo rimbombante apellido nos fascinaba; pero nos reímos de él sin ensañarnos, porque los elogios que me dirigía, especialmente en combinación con la excelente botella de slivovice, me habían ablandado. Me habían ablandado de tal modo que en aquellos instantes inolvidables amaba a todo el mundo. Naturalmente, de todo el mundo a quien más amaba era a Klara, aunque sólo fuese porque estaba sentada frente a mí, mientras que el resto del mundo estaba oculto tras las paredes de mi buhardilla del barrio de Vrsovice. Y como en aquel momento no tenía nada con qué obsequiar al mundo, obsequiaba a Klara. Al menos con promesas.
Klara era una chica de veinte años y de buena familia. ¡Qué digo de buena, de excelente familia! Su padre había sido director de un banco y, como representante de la alta burguesía, en el año cincuenta había sido obligado a trasladarse al pueblo de Celakovice, a buena distancia de Praga. Su hijita tenía malos antecedentes políticos y trabajaba de costurera en una gran fábrica de la empresa de confección de Praga. Yo estaba sentado frente a ella y procuraba aumentar sus simpatías por mí hablándole irreflexivamente de las ventajas del trabajo que había prometido conseguirle con la ayuda de mis amigos. Le dije que era imposible que una chica tan guapa desperdiciase su belleza junto a una máquina de coser y decidí que era necesario que se hiciera modelo.
Klara no tuvo nada que objetar y pasamos la noche en feliz coincidencia.


2

El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido.
Aquella noche pensé que estaba brindando por mis éxitos, sin tener la menor sospecha de que estaba celebrando la inauguración de mis fracasos.
Y como no tenía la menor sospecha, al día siguiente me desperté de buen humor y, mientras Klara seguía respirando feliz a mi lado, me puse a leer en la cama, con caprichosa indiferencia, el artículo que acompañaba a la carta.
Se titulaba “Mikolas Ales, el maestro del dibujo checo” y en verdad no valía la pena ni siquiera la media hora de lectura distraída que le dediqué. Era una colección de trivialidades amontonadas sin el menor sentido de la interrelación y sin la menor pretensión de añadirles alguna idea propia.
Estaba clarísimo que se trataba de una tontería. Por lo demás el doctor Kalousek, redactor de “Pensamiento Artístico” (un hombre excepcional mente antipático), me lo confirmó ese mismo día por teléfono: “Oye, ¿te llegó el rollo de Zaturecky?... Deberías decírselo por escrito. Ya se lo rechazaron cinco redactores y sigue dando la lata; ahora se ha inventado que la única autoridad en el tema eres tú. Dile en dos líneas que es una idiotez, tú sabes hacerlo, las frases venenosas se te dan muy bien; y así nos quedaremos todos en paz”.
Pero dentro de mí había algo que se rebelaba: ¿por qué tengo que ser precisamente yo el verdugo del señor Zaturecky? ¿Acaso me pagan a el sueldo de redactor por hacer ese trabajo? Además recordaba perfectamente que en “Pensamiento Artístico” habían rechazado mi estudio porque les dio miedo publicarlo; en cambio, el nombre del señor Zaturecky estaba firmemente unido en el recuerdo a Klara, la botella de slivovice y una hermosa noche. Y finalmente —no voy a negarlo, es humano— podría contar con un solo dedo a las personas que me consideran “la única autoridad en el tema”: ¿por qué iba a tener que perder a esa única persona?
Terminé la conversación con Kalousek con alguna graciosa vaguedad que él podía considerar como promesa, y yo como excusa, y colgué el teléfono, firmemente decidido a no escribir nunca el informe sobre el trabajo del señor Zaturecky.
En lugar de eso saqué del cajón el papel de carta y le escribí al señor Zaturecky, evitando pronunciar ningún juicio sobre su trabajo y poniendo como disculpa que mis opiniones sobre la pintura del siglo diecinueve eran consideradas por todo el mundo erróneas y extravagantes y que por eso una intercesión mía —en especial tratándose de la redacción de “Pensamiento Artístico”— podía más perjudicarle que favorecerle; al mismo tiempo, me dirigía al señor Zaturecky con una amistosa locuacidad de la que era imposible no deducir mis simpatías hacia él.
En cuanto eché la carta al correo, me olvidé del señor Zaturecky. Pero el señor Zaturecky no se olvidó de mí.


3

Un buen día, justo al terminar mi clase —doy clases de Historia de la Pintura en la Universidad— llamó a la puerta del aula nuestra secretaria, la señora Marie, una mujer amable de cierta edad que de vez en cuando me hace una taza de café y dice que no estoy cuando me llaman mujeres por teléfono y yo no quiero ponerme. Asomó la cabeza por la puerta del aula y me dijo que había un señor esperándome.
Los señores no me dan miedo, así que me despedí de los alumnos y salí al pasillo con buen ánimo. Allí me saludó con una inclinación de cabeza un hombrecillo pequeño que llevaba un traje negro bastante usado y una camisa blanca. Me comunicó muy respetuosamente que era Zaturecky.
Invité al visitante a pasar a una habitación que estaba libre, le indiqué que se sentase en un sillón y, en tono jovial, empecé a conversar con él de todo un poco, del mal tiempo que hacía aquel verano, de las exposiciones que había en Praga. El señor Zaturecky asentía amablemente a cualquier tontería que yo dijese, pero de inmediato trataba de relacionar cada uno de mis comentarios con su artículo sobre Mikolas Ales, y el artículo yacía de pronto entre nosotros, en su invisible sustancia, como un imán del que no era posible librarse.
—Nada me gustaría más que hacer un informe sobre su trabajo —dije por fin—, pero ya le he explicado en mi carta que no me consideran experto en el siglo diecinueve checo y que además estoy un poco enfrentado con la redacción de “Pensamiento Artístico” porque me tienen por un fanático modernista, de modo que una valoración positiva mía sólo podría perjudicarle.
—Oh, es usted demasiado modesto —dijo el señor Zaturecky—. ¡Un experto como usted! ¿Cómo puede valorar tan negativamente su posición? En la redacción me han dicho que todo dependerá exclusivamente de su valoración. Si usted se pone de parte de mi artículo, lo publicarán. Es usted mi única salvación. Se trata del producto de tres años de estudio y tres años de trabajo. Ahora todo está en sus manos.
¡Con qué ligereza y con qué defectuosos materiales edifica el hombre sus excusas! No sabía qué responderle al señor Zaturecky.
Eché una mirada a su cara y advertí que no sólo me miraban unas pequeñas e inocentes gafas anticuadas, sino también una poderosa y profunda arruga transversal en la frente. En aquel breve instante de clarividencia, un escalofrío me atravesó la espalda: esa arruga, reconcentrada y terca, no era sólo un indicio de los padecimientos del espíritu sufridos por su propietario ante los dibujos de Mikolas Ales, sino también el síntoma de una extraordinaria fuerza de voluntad. Perdí mi presencia de ánimo y no pude encontrar una excusa adecuada. Sabía que no iba a escribir aquel informe, pero también sabía que no tenía fuerzas para responder con un no, cara a cara, a los ruegos de aquel hombrecillo.
De modo que empecé a sonreír y a hacer promesas vagas. El señor Zaturecky me dio las gracias y dijo que pronto volvería a verme. Me despedí de él con muchas sonrisas.
Y, en efecto, al cabo de un par de días volvió. Lo esquivé astutamente, pero al día siguiente me dijeron que había estado otra vez preguntando por mí en la Facultad. Comprendí que la situación era crítica. Fui rápidamente en busca de la señora Marie para tomar las medidas necesarias.
—Por favor, Marie, si volviese a preguntar por mí ese señor, dígale que estoy de viaje de estudios en Alemania y que tardaré un mes en regresar. Y para su información: ya sabe que tengo todas mis clases los martes y los miércoles. Voy a cambiarlas, en secreto, a los jueves y los viernes. Los únicos que lo sabrán serán los alumnos. No se lo diga a nadie y deje el horario de clases tal como está. Tengo que pasar a la clandestinidad.


4

En efecto, el señor Zaturecky pronto volvió a la Facultad a preguntar por mí y se quedó desolado cuando mi secretaria le comunicó que me había ido repentinamente a Alemania.
—¡Pero eso no es posible! ¡El señor profesor ayudante tenía que escribir un informe sobre mi trabajo! ¿Cómo ha podido marcharse de ese modo?
—No lo sé —dijo la señora Marie—, de todos modos dentro de un mes estará de regreso.
—Otro mes más... —se lamentó el señor Zaturecky—. ¿Y no sabe su dirección en Alemania?
—No la sé —dijo la señora Marie.
Así que tuve un mes de tranquilidad.
Pero el mes pasó más rápido de lo que yo había pensado y el señor Zaturecky ya estaba de nuevo en el despacho.
—No, aún no ha regresado —le dijo la señora Marie, y en cuanto me vio, un poco más tarde, me rogó:
—Ese hombrecillo suyo ha vuelto otra vez por aquí, dígame usted, por Dios, qué tengo que decirle.
—Dígale, Marie, que me ha dado una hepatitis en Alemania y que estoy internado en el hospital de Iena.
—¡En el hospital! —exclamó el señor Zaturecky cuando Marie se lo comunicó algunos días más tarde—. ¡Eso no es posible! ¡El señor profesor ayudante tiene que escribir un informe sobre mi trabajo!
—Señor Zaturecky —le dijo la secretaria en tono de reproche—, el señor ayudante está gravemente enfermo en el extranjero y usted no piensa más que en su informe.
El señor Zaturecky se encogió de hombros y se marchó, pero al cabo de catorce días ya estaba de vuelta en el despacho:
—Le he enviado al señor profesor ayudante una carta certificada al hospital, ¡y me la han devuelto!
—Ese hombrecillo suyo me va a volver loca —me dijo al día siguiente la señora Marie—. No se enfade conmigo. ¿Qué podía decirle? Le dije que ya había regresado. Tendrá que arreglárselas usted mismo.
No me enfadé con la señora Marie. Había hecho todo lo que podía. Y además yo no me sentía ni mucho menos derrotado. Sabía que nadie podría darme caza. Vivía totalmente en secreto. En secreto daba mis clases los jueves y los viernes y en secreto me agazapaba todos los martes y los miércoles en el portal de una casa que estaba enfrente de la Facultad y me divertía viendo al señor Zaturecky haciendo guardia delante de la Facultad y esperando a que yo saliese.
Tenía ganas de ponerme un sombrero hongo y una barba falsa. Me sentía como Sherlock Holmes, como Jack el enmascarado, como el Hombre Invisible que recorre la ciudad, me sentía como un niño.
Pero, un buen día, el señor Zaturecky se aburrió de hacer guardia y atacó frontalmente a la señora Marie.
—¿Cuándo da sus clases el camarada ayudante?
—Ahí tiene el horario —dijo la señora Marie señalando la pared en la que había un gran tablón de anuncios cuadriculado donde, con ejemplar prolijidad, estaban dibujadas las horas de clase de todos los profesores.
—Eso ya lo sé —respondió con decisión el señor Zaturecky—. El problema es que el camarada ayudante no da nunca clase ni el martes ni el miércoles. ¿Está dado de baja por enfermedad?
—No —respondió dubitativa la señora Marie.
Y entonces el hombrecillo se encaró con la señora Marie. Le reprochó el desorden que tenía en el horario de los profesores. Le preguntó irónicamente cómo era posible que no supiese dónde estaban en cada momento los profesores. Le comunicó que iba a presentar una queja contra ella. Le gritó. Afirmó que iba a presentar una queja contra el camarada ayudante por no dar las clases que tenía que dar. Le preguntó si el rector estaba presente.
El rector, por desgracia, estaba presente.
El señor Zaturecky llamó a su puerta y entró. Al cabo de unos diez minutos regresó al despacho de la señora Marie y le pidió sin más rodeos mis señas.
—Vive en la ciudad de Litomysl, calle Skalnikova número 20 —dijo la señora Marie.
—¿Cómo en Litomysl?
—El señor ayudante tiene en Praga su domicilio provisional y no desea que le comunique a nadie su dirección...
—Haga el favor de darme las señas del domicilio del camarada ayudante en Praga —gritó el hombrecillo con voz temblorosa.
La señora Marie perdió por completo la serenidad. Le dio la dirección de mi buhardilla, de mi pobre refugio, de la dulce cueva en la que debía ser cazado.




Relato tomado de El libro de los amores ridículos.