sábado, 17 de mayo de 2014

Entrevista a No Escritores


Los No Escritores se definen a sí mismos desde la negación. En una época “afirmativa”, en la que la diferencia se señala abruptamente aquí y allá (marcando más abiertamente la desigualdad que la tolerancia), negarse es quizá la única forma de liberarse de la fuerza intrínseca de las etiquetas y los nombres.
Desde el año pasado han tenido la oportunidad de participar de la Red de Talleres Locales de Escritura, bajo la dirección del IDARTES, y este año podremos encontrarlos nuevamente en los talleres correspondientes a las localidades de San Cristóbal y Antonio Nariño.

A continuación la entrevista que amablemente concedieron a Revista Esperpento.




REVISTA ESPERPENTO: ¿Quién (o qué) es un No Escritor? ¿Qué puede caracterizarlo y diferenciarlo?

NO ESCRITORES: La categoría puede ser un poco engañosa en principio y hacer creer que estamos negando algo. Simplemente consideramos que eso que queríamos expresar se sintetizaba en la idea de “no somos escritores; escribimos”. Con ese principio pudimos extender la línea de la escritura a esas personas que no se consideran escritores pero que en su intimidad ejercen el silencioso ejercicio de decirse cosas mientras escriben.
No nos desvela ser diferencia de nada ni de nadie, eso se lo dejamos a los que se acerquen (seguidores o detractores), pero sí queremos hacer énfasis en la escritura como honestidad.
No es una idea nueva ni original. De hecho anoche la encontré en palabras de Raymond Carver, pero eso tampoco es lo importante.
Consideramos que es el principio esencial que sostiene a los No Escritores: hacer de la escritura un ejercicio de sinceridad.

Sí, comprendo. De hecho, en gran medida comparto ese cierto malestar que produce la etiqueta “escritor”, porque de alguna manera es una palabra que pierde filo cada vez que se usa. A ese respecto, entiendo la frase “no somos escritores; escribimos” como una forma de desetiquetarse, y, en ese sentido, desligar es también una forma de afirmar (en este caso, el oficio de escribir). ¿Podría entenderse también este “desligar” como una manera de desenredarse de una cierta formalización y normalización del oficio de escribir?

NE: Cada intento de desetiquetarnos es generar la enorme posibilidad de que otro nos ponga su contramarca y nos despersonalice. Aún así, sí, consideramos que es lo que queremos, quitarnos una marca impuesta y forjar una. El camino es hacer ver a esa persona que escribe y que quiere hacerlo con honestidad e ímpetu que no todo son normas y leyes, que no todo es una técnica (aunque necesaria pero no lo primero a ver); la escritura debe ser, en primera medida, el encuentro de quien escribe con sus palabras y, por ende, con una mirada de sí que, por la experiencia que hemos tenido, casi nunca ven o tienen en cuenta o tal vez ignoren. No le apostamos a los cánones ni a los géneros, eso es secundario. Si surge en la escritura de cada quien, excelente, si no, tampoco nos asustamos. No negamos la formalización de la escritura, pues hay a quienes les resulta la estrategia para sus intereses personales (creemos que toda escritura es eso y nada más), pero a esa persona que dice de sí que apenas comienza el camino, preferimos acompañarla por el sendero del gusto, de la curiosidad, de la sorpresa, del rechazo antes que una cuestión de argumento, trama, nodo, macroestructura, sinécdoque y todo lo demás.

La insistencia en la necesidad de “honestidad” es bastante latente. ¿Cómo podríamos entenderla dentro de la perspectiva de un No Escritor? ¿A qué hace referencia con exactitud?

NE: Esa perspectiva tiene mucho que ver con la manera como se ve la escritura desde los autores que ya tienen cierto reconocimiento o trayecto y que se refleja en los talleres de escritura. Pareciera que el problema fuera de forma nada más. Creemos que la escritura ha perdido su esencia de fondo y ese fondo vendría a sustentarte en una escritura con un vínculo estrecho con quien escribe. Contar, crear por el deseo de comunicar, creemos que es la base de la honestidad. No escribir por sus consecuencias (reconocimiento, premios, publicaciones, etc.). Por eso insistimos tanto en este aspecto y por eso lo hacemos pilar de los No Escritores, que no solo somos quienes creamos la etiqueta, sino todas aquellas personas que se quieran adscribir a este principio.

Esta idea me parece bastante interesante, porque lo que están buscando entonces es que quien se dedica a escribir empiece a tomar conciencia del encuentro entre él y su lenguaje, entre quien escribe y la materia que forma su escritura. Bueno, ya que tocamos el tema de los talleres de escritura, ¿consideran ustedes que juegan un papel importante en la formación del No Escritor? ¿No consideran que tal vez la oferta de talleres de escritura venga creciendo a raíz de un cierto mercado?

NE: Usted no se equivoca. Dentro de las posibilidades de mercado, una que se está explotando es la de los talleres (de lo que sea). Pero minimizando este aspecto, esto también dice que hay un grupo mayor de gente (más que antes) que piden, que buscan estos espacios y que éstos ya no están en manos de unos pocos “avalados”.
Un taller para un No Escritor puede ser, más que el lugar del aprendizaje, el espacio de encuentro con otros iguales que él (o ella). La escritura y su realización es un cúmulo de cosas que se pueden adquirir a través del ejercicio individual, pero los No Escritores no queremos islas en un desierto de palabras, también nos interesa acercarnos y tomarnos algo y charlar sobre las letras y el lenguaje y los gustos y, por qué no, escribir.

Bueno, pero no necesariamente habría que encontrarse en un taller de escritura, formalizado y perfectamente estructurado, que a lo mejor solamente sirva como una especie de mercado de oportunidades. Da la impresión que lo que se busca en última instancia es desplazar el ámbito literario —y mucho más el de la escritura— al puramente académico, como si un escritor se formara plenamente en una universidad o en un cierto taller, o no tuviera lugar de ser fuera de éste. ¿Consideran ustedes que este desplazamiento de ámbitos es visible? ¿Tendría alguna consecuencia tanto para escritores como para lectores?

NE: Soy de los que piensa (y esto va a título personal) que la academia no “hace” escritores. Por más pregrados y maestrías en escrituras creativas y esas cosas, ahí no es donde se forma un escritor, porque creo que un escritor no se forma (académicamente hablando). Un escritor tiene una necesidad, la de expresión y encuentra un camino, la estética literaria, y en la conjunción de la lectura de textos que le impacten y la escritura constante es que considero que va surgiendo, o emergiendo, un escritor. Ahora bien, hay muchos talleres que son la expansión de la academia a los espacios informales y hay quienes disfrutan de esos talleres, tal vez pensando que ser escritor es hallar la fórmula mágica (y cuando hay fórmulas o pociones o lecturas secretas el escritor va a salir a buscar reconocimiento antes que a crear una obra que evidencia una necesidad). Los lectores muchos persiguen lo que les ofrecen y eso va determinado por el mercado en su mayoría. Otros seguirán los pasos de sus profesores, maestros, tutores y los gustos personales de cada quien. Otros se arrojarán a una biblioteca a curiosear y a dejarse arrastrar por la incertidumbre. Ya el escritor debe asumirse de otra manera. Creemos (Los No Escritores) que si escribe es porque hay una fuerza que le impulsa a ello, que debe buscar su origen, su norte, su energía vital; debe leer, porque para escribir hay que leer (y no necesariamente al contrario), hay que buscar “amistades de letras” con quien se pueda charlar sobre lo que se hace y lo que gusta o disgusta. Así es que consideramos que debe ser un taller. No un lugar de síntesis de conocimiento académico y formal sino un espacio en el que confluyen personas, intereses y necesidades.

Por supuesto, estamos de acuerdo en el papel fundamental de la lectura en la “formación” del escritor (en otra ocasión tendríamos que hablar de la otra cara de la moneda No Escritores: No Lectores), y de la necesidad de búsqueda inherente al oficio de escribir. En cierta forma, un taller literario tendría que venir a suplir el papel que desempeñaban los cafés en el siglo pasado, como puntos neurálgicos de la cultura del país, y de la cultura del país con relación a la cultura mundial. A propósito de esto, ¿consideran que la apertura que hay a través de las redes sociales ha facilitado la tertulia literaria o, al contrario, ha propiciado que la cultura escrita se disgregue en islotes severamente aislados? ¿Consideran que hay un círculo cerrado (oficial) dentro de la literatura en Colombia?

NE: Las redes sociales han colaborado en acercar personas con intereses similares, con inquietudes que confluyen, pero creo que las tertulias siguen siendo escasas. Muchas veces las cosas no pasan de compartir unos cuantos enlaces, de postear escritos y estar dispuestos a la alabanza o al escarnio, pero creo que hace falta esa posibilidad de estar frente al otro, de compartir tiempo, bebidas, voces. Ahora, respecto a los círculos cerrados, creo que cada vez que se forma un círculo, por su naturaleza, se cierra. Siempre habrá escritores que están en esas posiciones privilegiadas por posición social o porque son apoyados por editoriales de renombre. Algunos pocos extienden su mano para acariciar algunas cabezas que, parece ser, son las elegidas para continuar llevando el fuego de la sabiduría, pero me parece que esto ya no es la regla. En los últimos años han surgido muchos más círculos no-oficiales que no necesitan de bendiciones de nadie y que existen por el deseo de sus integrantes de acercarse por gustos o intereses comunes, por inquietudes parecidas. Esto lo valoro enormemente porque así debe ser la relación con la literatura hoy en día, de pasiones.


Y de pasiones encontradas, en muchos casos. Hablando a nivel nacional, ¿cuál es la impresión de los No Escritores respecto de la literatura actual? ¿Existen voces pertinentes que la estén llevando por senderos menos desgastados o, por el contrario, se encuentra estancada?

NE: Debemos confesar que no somos lectores de la literatura hecha por acá. No hay alguna razón de peso, solo falta de motivación. Coincidimos en que Evelio Rosero es un tipo que tiene ingenio y gusto por el juego del lenguaje. Los demás parece que se quieren asegurar el cheque de fin de mes sin mayores aspiraciones estéticas.

¿Consideran que en esto influye el hecho que las nuevas voces de la literatura internacional, algunas representantes de una renovación literaria, no lleguen a ser leídas en nuestro país más que años después de hacer eclosión (los casos de los novelistas y poetas norteamericanos de los últimos veinte años, por ejemplo)?  ¿Que ha habido una especie de ensimismamiento y cerradura que ha mantenido a la literatura nacional como alejada de las corrientes más actuales?

NE: No sé si ensimismamiento pero en la actualidad hay tanta literatura publicada (por medios "oficiales" y por medios virtuales) que es difícil acceder a toda ella. Mucho de lo que nos termina llegando a las manos sigue siendo gracias a editoriales (grandes y pequeñas) y a sus procesos de distribución. La otra forma es por medio de esas recomendaciones entre amistades y conocidos. Son movimientos más lentos pero creo que no hay mucho afán para llegar a ellos y ellas. Personalmente soy un tanto escéptico al que se le da mucha resonancia mediática, así que es mejor que se vayan cocinado a fuego lento para ver qué propuesta como obra (y no como libro o publicación) se va dando con cada autor. A nivel general, siempre pienso en el caso de Bolaño. Sobrevalorado y subvalorado por los diversos círculos. Ya a diez años de su muerte todavía sigue siendo un autor poco leído por personas que no hacen parte de academias. Creo que estos procesos no deben preocuparse por los afanes contemporáneos.

Y eso que Bolaño escribe en español. Incluso parece ser mejor conocido en lengua inglesa, pero ya sabemos el tipo de “fiebre” que suelen suscitar algunos autores latinoamericanos en la cultura popular de los Estados Unidos. Pero, parece que tratan de evitar una respuesta explícita respecto de la literatura nacional, por lo que voy a ser bastante sucinto en la siguiente cuestión: ¿Existe una tradición literaria estéticamente comprometida en nuestro país?

NE: La evito por lo que le decía anteriormente, no soy un buen conocedor de la literatura colombiana. Aún así, es claro que acá hay representantes de una literatura comprometida: Vallejo, Mutis, Espinosa, solo por citar unos que distingo. Que a unos gusten y a otros no, eso ya viene en la subjetividad propia de la experiencia lectora. Que los odien o los amen por lo que son, esas cuestiones deben estar al margen de toda discusión. Creo que debería haber más autores con un mayor compromiso estético para la cantidad que vemos en estanterías y en ferias. Pero eso va en las determinaciones de cada que escribe y quiere ver sus libros rodar por otras manos.

Bien. Yendo un poco más lejos, en el tiempo, ¿qué papel pueden jugar las vanguardias literarias, pasado ya prácticamente un siglo desde su explosión, en la reformulación de la literatura? ¿Constituyen un grito apagado o aún tienen algo que decirnos a nosotros, habitantes del siglo XXI?

NE: Yo creo que las vanguardias siguen dando de comer por estas latitudes a pesar suyo. Es decir, aportaron mucho a nuevas formas de ver y apreciar y decir del mundo, pero hoy en día o se apuesta por un hipercultismo de las mismas o se llega a ellas por instinto. Yo no las he sentido mucho en las creaciones recientes, parece que hemos vuelto a un extraño clasicismo, a una épica formalista, a una literatura preocupada por ser aséptica. Creo que todo esto nada más lejos de las vanguardias.

Entonces, ¿qué debería tener la literatura del futuro para recuperar lo que ha perdido? O mejor, ¿de qué tendría que carecer?

NE: Casualmente hace un par de días charlaba con una amiga al respecto. Considero que la literatura que se hace acá debe desprenderse de la imperiosa necesidad de ser la memoria de nuestro pueblo. El gusto de los escritores por sustentar sus creaciones en hechos históricos relevantes está haciendo que las historias sean una excusa, casi que un escenario que queda vacío de sentido estético y termina funcionando como una pobre justificación del hecho que refieren. Soy de los que cree que hay que perseguir las historias mínimas, esas que se escapan y se refunden entre los días y las noches que se suceden y que nadie voltea a mirar. Hay que recuperar la imaginación pero eso es tarea de cada autor. Hay que recuperar la ingenuidad y desprenderse de la pretensión.

Sin embargo, no puede negarse que hay momentos importantes en la literatura nacional en que la idea de Historia no ha sido particularmente privilegiada. ¿Podría decirse que la óptica del escritor, en este momento, está siendo viciada por un historicismo impostado? ¿A qué factores consideran que se debe este fenómeno literario?

NE: Claro, hay una parte de la literatura colombiana que no se ha interesado por ese afán histórico, pero mi percepción es que es realmente poca. Ahora bien, creería yo que es un fenómeno de mercadeo muy similar a lo que pasa en televisión en la actualidad. Hay que contar historias cuyos referentes estén cercanos a la mayoría de personas, lo cual podría asegurar numerosas ventas. Si se escriben novelas sobre, por ejemplo, asesinatos de políticos, atentados, paramilitares, las referencias están a la mano de las personas, cosa que, cuando esos libros lleguen a las manos de los lectores-consumidores, puedan sentir que esa historia está cerca, así nunca haya vivido ninguna de dichas situaciones. Pero, ¿acaso los medios nos hablan de algo más? Quiero creer que esas no son decisiones de los autores sino decisiones editoriales. De nuevo, hay que rescatar esa literatura que no busca entrar al juego de superventas sino a construir universos a partir de necesidades estéticas.

Bueno, eso en cuanto a la prosa, pero ¿y la poesía?

La poesía parece que tiene una vida saludable. Muchas son las variantes y las producciones y los canales por los que la poesía fluye en nuestros medios. Podrá no ser la más vendida en términos editoriales pero es la que más inquieta.

El año pasado se adelantaron una serie de talleres de escritura subvencionados por el IDARTES, entre los que ustedes participaron como directores, ¿cómo fue la experiencia y qué frutos se lograron recoger de ella?

Y este año vuelven esos talleres y volvemos como No Escritores. Fue una muy grata experiencia ya que el grupo que tuvimos fue heterogéneo, lo cual alimenta mucho el trabajo de escritura y lectura. Fue el espacio propicio para poner en práctica nuestros principios y consideramos que obtuvimos buenos resultados: un grupo unido que se motivó desde las primeras sesiones a ser leídos y a escuchar a los demás.

Para cerrar, ¿qué nos tienen preparado los No Escritores para lo que resta del año? ¿Dónde los pueden encontrar quienes estén interesados de contactarlos?

Estaremos en San Cristóbal y Antonio Nariño en el marco de la Red de Escrituras Locales. Nos concentraremos en esta actividad. Quienes nos quieren contactar nos encuentran en Facebook o si nos quieren escribir por curiosidad o inquietud noescritores@gmail.com


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Los interesados en contactar a No Escritores, podrán encontrarlos en:



Y para quienes deseen inscribirse a la convocatoria de los Talleres Locales de Escritura:






sábado, 19 de abril de 2014

Non Sancta (V): La filosofía del ateísmo



Emma Goldman, anarquista, ferviente defensora de las libertades civiles y del feminismo, terminaría siendo considerada por el mismo J. Edgar Hoover la mujer más peligrosa de América. Activista conjurada, envuelta (directa o indirectamente) en más de un intento de asesinato a líderes políticos norteamericanos, y encarcelada múltiples veces por hacer públicas sus ideas acerca de la emancipación femenina, terminaría expulsada a las frías tierras de la Unión Soviética —de las que había huido en respuesta a las imposiciones patriarcales—, por conspiración y su evidente oposición a la guerra y la militarización. Estaríamos tentados a creer que una vez en las tierras bolcheviques se encontraría plenamente en libertad de movimientos, al ser una patria afín a sus concepciones. Pero sería una enorme equivocación. Una vez instalada en el corazón de la revolución de Octubre, la represión y la hostilidad soviéticas le llevaron a renunciar a sus esperanzas respecto del nuevo régimen y a ser una de sus primeras críticas, razones por las que terminaría radicándose en Canadá.


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LA FILOSOFÍA DEL ATEÍSMO



Por Emma Goldman



Para exponer como es debido la filosofía del ateísmo, habría que abordar los cambios sufridos a lo largo de la historia por la fe en una divinidad, desde los tiempos más remotos hasta el momento actual, análisis que queda fuera del alcance de este ensayo. No estará fuera de lugar, de todos modos, señalar de pasada que el concepto de Dios, Poder Sobrenatural, Espíritu, Deidad o cualquier otro término en el que se haya plasmado la esencia del teísmo, se ha vuelto más indefinido y vago con el paso del tiempo y el progreso. La idea de Dios, por decirlo de otro modo, se está volviendo más impersonal y nebulosa a medida que la mente humana aprende a comprender los fenómenos naturales, y que la ciencia establece progresivamente una correlación entre los hechos humanos y sociales.
Hoy en día, Dios ya no representa las mismas fuerzas que al principio de su existencia; tampoco dirige los destinos humanos con la mano de hierro de otros tiempos. Lo que expresa la idea de Dios es más bien una especie de estímulo espiritualista para satisfacer los caprichos y manías de todo el abanico de flaquezas humanas. Durante el desarrollo de la humanidad, la idea de Dios se ha visto obligada a adaptarse a todas las fases del quehacer humano, algo completamente acorde, por otro lado, con los orígenes de dicha idea.
La noción de los dioses tuvo su origen en el miedo y la curiosidad. El hombre primitivo, que no entendía los fenómenos de la naturaleza, pero sufría su acoso, veía en cualquier manifestación aterradora una fuerza siniestra que se desencadenaba expresamente contra él; y como todas las supersticiones tienen como padres a la ignorancia y el miedo, la inquieta fantasía del hombre primitivo urdió la idea de Dios.
Acierta plenamente Mijaíl Bakunin, ateo y anarquista de fama mundial, cuando afirma en su gran obra Dios y el Estado: «Todas las religiones, con sus semidioses, profetas, mesías y santos, fueron creadas por la fantasía llena de prejuicios de hombres que aún no habían desarrollado del todo sus facultades, ni estaban en plena posesión de ellas. En consecuencia, el cielo religioso no es más que el espejismo en el que el hombre, exaltado por la ignorancia y la fe, descubrió su propia imagen, pero acrecida e invertida; esto es, divinizada. La historia de las religiones, la del nacimiento, apogeo y decadencia de los dioses que se han sucedido en la fe humana, no es otra cosa, por lo tanto, que el desarrollo de la inteligencia y la conciencia colectivas de la humanidad. A lo largo de su trayectoria históricamente progresiva, en cuanto descubrían en sí mismos, o en la naturaleza que les rodeaba, alguna cualidad, o incluso un gran defecto, fueran de la índole que fuesen, los atribuían a sus dioses, no sin antes exagerarlos y ampliarlos desmesuradamente, a la manera de los niños, siguiendo el dictado de su fantasía religiosa. [...] Sea dicho, pues, con todo respeto a los metafísicos e idealistas, filósofos, políticos o poetas religiosos: la idea de Dios comporta la abdicación de la razón y la justicia humanas; es la más rotunda negación de la libertad humana, y desemboca necesariamente en la esclavización de la humanidad, tanto en la teoría como en la práctica».
Así es como la idea de Dios (revitalizada, adaptada y ampliada o restringida en función de las necesidades de cada época) ha dominado a la humanidad, y lo seguirá haciendo hasta que el ser humano salga a la luz del Sol con la cabeza bien erguida, sin temor, con voluntad propia y despierta. Cuanto más aprende el hombre a realizarse, y a dar forma a su propio destino, más queda el teísmo como algo superfluo. La medida en la que el hombre sea capaz de hallar su relación con sus congéneres dependerá completamente del grado en que pueda dejar atrás su dependencia de Dios.
Ya se advierten señales de que el teísmo, que es la teoría de la especulación, está siendo sustituido por el ateísmo, ciencia de la demostración; si el uno flota en las nubes metafísicas del Más Allá, el otro tiene raíces fuertes en la Tierra; y es la Tierra, no el cielo, lo que debe redimir el hombre si desea alcanzar la plena salvación.
El declive del teísmo es un espectáculo de un interés enorme, sobre todo tal como se manifiesta en la inquietud de los teístas, sean de la confesión que sean. Les angustia darse cuenta de que las masas se vuelven cada vez más ateas, más antirreligiosas, y de que no tienen reparos en dejar el Más Allá y sus celestes dominios a los ángeles y los gorriones; y es que las masas se enfrascan más y más en los problemas de su existencia inmediata.
¿Cómo hacer que las masas regresen a la idea de Dios, el Espíritu, la Causa Primera, etc.? He ahí la cuestión más acuciante para todos los teístas. Podrán parecer cuestiones metafísicas, pero tienen una base física muy pronunciada, en la medida en que la religión, la «Verdad Divina», las recompensas y los castigos son los distintivos de la industria más potente y lucrativa de todo el mundo, sin exceptuar la de la fabricación de armas de fuego y municiones: la industria de nublar la mente humana y reprimir el corazón humano. En tiempos de necesidad, cualquier remedio es bueno; por eso la mayoría de los teístas pillan al vuelo cualquier tema, por carente que esté de relación con la divinidad, la revelación o el Más Allá. Tal vez intuyan que la humanidad se está cansando de las mil y una marcas de Dios.
La lucha contra este estancamiento de la fe teísta es nada menos que una cuestión de vida o muerte para todas las confesiones; de ahí su tolerancia, una tolerancia nacida no de la comprensión, sino de la debilidad, lo cual podría explicar el empeño de todas las publicaciones religiosas por aunar filosofías religiosas de lo más variopinto, y teorías teístas que se contradicen entre sí, en un solo conglomerado de la fe. Cada vez se minimiza más, con tolerancia, la diversidad de conceptos de «único Dios verdadero, único espíritu puro, única religión cierta», en un esfuerzo frenético por establecer un terreno común desde el que rescatar a las masas modernas de la influencia «perniciosa» de las ideas ateas.
Esta «tolerancia» teísta se caracteriza porque a nadie le importa lo que crea la gente mientras crea, o finja creer; y a este fin se emplean los métodos más burdos y vulgares. Acampadas, reuniones de evangelización con Billy Sunday como gran paladín... Métodos que no pueden menos de indignar a cualquier intelecto refinado, y cuyo efecto en los ignorantes y curiosos tiende a generar un moderado estado de locura que en muchos casos va de la mano de la erotomanía. Estos frenéticos esfuerzos cuentan siempre con el beneplácito, y también con el respaldo, de los poderes terrenales, desde el déspota ruso al presidente de Estados Unidos, y desde Rockefeller y Wanamaker al empresario más insignificante. Saben que el capital invertido en Billy Sunday, la YMCA, la Ciencia Cristiana y una larga serie de instituciones religiosas redundará en enormes beneficios, en forma de masas sometidas, mansas y adormiladas.
Consciente o inconscientemente, la mayoría de los teístas ven en dioses y demonios, cielos e infiernos, recompensas y castigos un látigo con el que obtener obediencia, sumisión y conformidad a base de azotes. La verdad es que hace tiempo que el teísmo se habría venido abajo sin el apoyo simultáneo del dinero y el poder. Hasta qué punto es completa su quiebra es algo que se ve ahora mismo en las trincheras y los campos de batalla de Europa.
¿No pintaban todos los teístas a su Deidad como el dios del amor y la bondad? Pues bien, tras miles de años predicando en estos términos, los dioses siguen sordos a la agonía de la especie humana. A Confucio no le importa la pobreza, la miseria y el dolor del pueblo chino. La indiferencia filosófica de Buda no cede un ápice ante el hambre y la inanición de los ultrajados hindúes. Yahvé persiste en su sordera a los amargos lloros de Israel, mientras Jesús se niega a resucitar para poner remedio a la masacre de cristianos por cristianos.
La esencia de los cánticos y alabanzas al «Altísimo» ha sido siempre presentar a Dios como el gran defensor de la justicia y la misericordia, pero cada vez hay más injusticia entre los hombres; solo con las atrocidades infligidas a las masas de este país parecería que pudieran desbordarse los mismísimos cielos. ¿Y dónde están los dioses que pongan fin a estos horrores, a estas ofensas, a este trato inhumano contra el ser humano? Pero no, no son los dioses, sino el HOMBRE quien debe levantarse con terrible cólera; él es, él, quien engañado por todas las deidades, y traicionado por sus emisarios, debe resolverse a llevar la justicia a esta Tierra.
La filosofía del ateísmo pone de manifiesto la expansión y el crecimiento de la mente humana. La filosofía del teísmo, si podemos llamarla filosofía, es estática e inamovible. Desde el punto de vista del teísmo, el mero hecho de intentar elucidar estos misterios supone no creer en la omnipotencia que todo lo abarca, y hasta negar la sabiduría de los poderes divinos que existen más allá del ser humano. Afortunadamente, sin embargo, la mente humana no se deja ni se ha dejado nunca atar por nada inamovible. De ahí que no ceje en su incansable marcha hacia el conocimiento y la vida. La mente humana empieza a comprender que «el universo no es fruto de un decreto creador por parte de una inteligencia divina, que produjo una obra maestra de la nada, en una operación perfecta», sino de fuerzas caóticas que se ejercen durante siglos y siglos, de choques y cataclismos, repulsiones y atracciones que, siguiendo el principio de selección, cristalizan en lo que llaman los teístas «el universo conducido al orden y la belleza». Como bien sostiene Joseph McCabe en La existencia de Dios, «una ley de la naturaleza no es una fórmula establecida por un legislador, sino un mero resumen de los hechos observados, un "haz de hechos". No es que las cosas funcionen de un modo determinado debido a que existe una ley, sino que nosotros formulamos la "ley" porque funcionan de ese modo».
La filosofía del ateísmo representa un concepto de la vida sin ningún Más Allá metafísico, o Regulador Divino. Es el concepto de un mundo real, existente, con sus posibilidades de liberación, crecimiento y hermoseamiento, frente a un mundo irreal que, con todos sus espíritus, oráculos y mísera conformidad, ha mantenido a la humanidad en un estado inerme de degradación.
Podría parecer el colmo de la paradoja, pero tristemente es cierto: este mundo real, y nuestra vida, han permanecido sujetos mucho tiempo a la influencia de la especulación metafísica, no a la de fuerzas físicas demostrables. Bajo el azote de la idea teísta, esta Tierra no ha servido de otra cosa que de escala temporal para poner a prueba la capacidad humana de inmolación a la voluntad de Dios. Pero bastaba con que el hombre intentase averiguar cuál era esa voluntad para que se le dijese que a la «inteligencia humana finita» no le estaba dado ir más allá de aquella voluntad omnipotente e infinita. El tremendo peso de esta omnipotencia ha doblegado al hombre hasta morder el polvo, convertido en un ser sin voluntad, roto y tiznado en la oscuridad. La victoria de la filosofía del ateísmo es liberar al hombre de la pesadilla de los dioses; significa la desaparición de los fantasmas del más allá. La luz de la razón ha disipado una y otra vez la pesadilla teísta, pero la pobreza, el dolor y el miedo recreaban siempre los fantasmas, que, por lo demás, bien poco diferían entre sí, al margen de su novedad o forma externa. En cambio, el ateísmo, en su aspecto filosófico, no solo rechaza pagar tributo a un concepto definido de Dios, sino cualquier servidumbre a la idea de Dios, y se opone al principio teísta como tal. Los dioses, en su función individual, no son ni la mitad de perniciosos que el principio del teísmo, el cual representa creer en un poder sobrenatural, e incluso omnipotente, que gobierna al mundo, y al hombre que en él vive. Es el absolutismo del teísmo, su influencia perniciosa en la humanidad y sus efectos paralizadores en el pensamiento y la acción lo que combate el ateísmo con todas sus fuerzas.
La filosofía del ateísmo hunde sus raíces en la tierra, en esta vida; su meta es emancipar a la humanidad de todos los Altísimos, sean judaicos, cristianos, mahometanos, budistas, brahmanistas o de cualquier otra denominación. Largo y duro ha sido el castigo de la humanidad por crear dioses; desde que aparecieron, para el ser humano todo ha sido dolor y persecución. Esta equivocación tiene un solo remedio posible: el hombre debe romper los grilletes que le han encadenado a las puertas del cielo y el infierno, para poder empezar a moldear un nuevo mundo en esta tierra con su conciencia despierta una vez más e iluminada.
La libertad y la belleza no podrán ser realidad mientras no triunfe la filosofía del ateísmo en las mentes y los corazones de la humanidad. Como don del cielo, la belleza ha demostrado ser inútil, pero una vez que el hombre aprenda a ver que el único cielo a su medida está en la Tierra, la belleza se convertirá en la esencia y el motor de la vida. El ateísmo ya está contribuyendo a liberar al hombre de su dependencia del castigo y de la recompensa, como baratillo para los pobres de espíritu.
¿No insisten todos los teístas en que sin la fe en un poder divino no puede haber moralidad, justicia, honradez ni fidelidad? Esta moral basada en el miedo y la esperanza siempre ha sido algo vil, compuesto a partes iguales de fariseísmo e hipocresía. En cuanto a la verdad, la justicia y la fidelidad, ¿quiénes han sido sus valerosos exponentes, sus osados defensores? Casi siempre los impíos, los ateos, que han vivido, luchado y muerto por ellos. Sabían que la justicia, la verdad y la fidelidad no son algo forjado en los cielos, sino vinculado a los enormes cambios que experimenta la vida social y material de la humanidad, e inseparable de ellos; no algo fijo y eterno, sino fluctuante como la vida misma. Nadie puede vaticinar a qué alturas llegará la filosofía del ateísmo, pero sí es posible predecir lo siguiente: que las relaciones humanas solo se purgarán de los horrores del pasado con su fuego regenerador.
Las personas reflexivas se empiezan a dar cuenta de que los preceptos morales, impuestos a la humanidad mediante el terror religioso, se han vuelto estereotipados, perdiendo con ello toda su vitalidad. Basta una simple mirada a la vida actual, a su naturaleza desintegradora, a sus conflictos de intereses, de los que se derivan odios, crímenes y codicia, para que quede demostrada la esterilidad de la moral teísta.
El ser humano debe volver a ser quien es para aprender cuál es su relación con sus congéneres. Mientras siga encadenado a la roca, Prometeo estará condenado a que hagan presa en él los buitres de la oscuridad. Desencadenadle, y desharéis la noche y sus horrores.
El ateísmo, con su negación de los dioses, es a la vez la afirmación más vigorosa del ser humano y, a través de este último, el sí eterno a la vida, al sentido y a la belleza.




jueves, 17 de abril de 2014

Non Sancta (IV): "Imagina que el cielo no existe".

En el mundo existen  escritores quienes, como Salman Rushdie, han tenido que vivir en carne propia los contratiempos de la persecución religiosa. Con una sentencia de muerte (la penosa fatwa islámica) y recompensa por su cabeza incluidas (3 millones de dólares), al final no deja de resultar lógica su posición frente a la religión.
En un mundo con una enorme tendencia a la intolerancia y a resaltar las diferencias negativamente, en lugar de celebrarlas, Rushdie dirige esta misiva a ese ciudadano seis mil millonésimo nacido hace ya más de una década, dándole un cuadro general de nuestra vida en sociedad y cómo, quizá, el futuro deberá ser trazado lejos de los colores del dogmatismo religioso.


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«Imagina que el cielo no existe».
Carta al seis mil millonésimo ciudadano del mundo.


Por Salman Rushdie


Querida pequeña persona viva número seis mil millones:
Como miembro más reciente de una especie sabidamente inquisitiva, es probable que no tardes mucho en empezar a hacerte las dos preguntas de los sesenta y cuatro mil dólares con las que los otros 5.999.999.999 humanos venimos lidiando desde hace tiempo: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Y ahora que estamos aquí, ¿cómo vamos a vivir?
Curiosamente —como si no nos bastara con seis mil millones de congéneres—, casi con toda seguridad te insinuarán que para encontrar respuesta a la pregunta del origen es necesario que creas en la existencia de un Ser más, invisible, inefable, presente «en algún sitio por ahí arriba», un creador omnipotente a quien nosotros, pobres criaturas limitadas, somos incapaces siquiera de percibir, y menos aún de comprender. Es decir, te alentarán con insistencia a imaginar un cielo con al menos un dios residente. Este dios-cielo, dicen, creó el universo revolviendo su materia en una olla gigante. O bailó. O vomitó la Creación de sus propias entrañas. O simplemente pronunció unas palabras para darle existencia y, ¡zas!, existió. En algunas de las historias de la creación más interesantes, el dios-cielo único y poderoso se subdivide en muchas fuerzas menores: deidades subalternas, avalares, «ancestros» metamórficos gigantescos cuyas aventuras crean el paisaje, o los panteones caprichosos, arbitrarios, entrometidos y crueles de los grandes politeísmos, cuyas desaforadas hazañas te convencerán de que el motor verdadero de la creación fue el anhelo: de poder infinito, de cuerpos humanos que se rompen con excesiva facilidad, de nubes de gloria. Pero justo es añadir que hay asimismo historias que transmiten el mensaje de que el impulso creador primigenio fue, y es, el amor.
Muchas de estas historias se te antojarán sumamente hermosas y, por tanto, seductoras. Ahora bien, por desgracia, no te exigirán una respuesta a ellas puramente literaria. Solo las historias de religiones «muertas» pueden valorarse por su belleza. Las religiones vivas te exigen mucho más. Te dirán, pues, que la fe en «tus» historias y la adhesión a los rituales de veneración que se han desarrollado en torno a ellas deben convertirse en parte esencial de tu vida en este mundo abarrotado de gente. Las llamarán el corazón de tu cultura, incluso de tu identidad individual. Puede que en algún punto las sientas como algo de lo que es imposible escapar, imposible escapar no como de la verdad, sino como de la cárcel. Acaso en algún punto dejen de parecerte textos en los que unos seres humanos han intentado resolver un gran misterio y te parezcan, en cambio, los pretextos para que otros seres humanos debidamente ungidos te den órdenes. Es cierto que la historia humana está llena de esa opresión pública forjada por los aurigas de los dioses. En opinión de las personas religiosas, no obstante, el consuelo íntimo que procura la religión compensa con creces el mal obrado en su nombre.
A medida que ha aumentado el conocimiento humano, ha quedado claro asimismo que toda narración religiosa sobre cómo llegamos aquí está totalmente equivocada. En última instancia, esto es lo que tienen en común todas las religiones: no acertaron. No hubo revoltillo celestial, ni danza del hacedor, ni vómito de galaxias, ni antepasados canguros o serpientes, ni Valhalla, ni Olimpo, ni un truco mágico de seis días seguido de un día de descanso. Todo mal, mal, mal. Pero en este punto nos encontramos algo realmente extraño. El error de los relatos sagrados no ha mermado el fanatismo del devoto. Es más, el simple delirio inconexo de la religión conduce al religioso a insistir de manera cada vez más estridente en la importancia de la fe ciega.
De resultas de esta fe, dicho sea de paso, en muchas partes del mundo ha sido imposible impedir el alarmante crecimiento del número de seres humanos. Culpemos de la superpoblación del planeta, por lo menos en parte, al deplorable sentido de la orientación de los guías espirituales de la especie. En tu propio tiempo de vida, bien puede ocurrir que seas testigo de la llegada del nueve mil millonésimo ciudadano del mundo. Si eres indio (y tienes una entre seis posibilidades de serlo), aún estarás vivo cuando, gracias al fracaso de la planificación familiar en ese país pobre y dejado de la mano de Dios, su población supere a la china. Y si como resultado de las restricciones religiosas sobre el control de la natalidad nacen demasiadas personas, también morirán demasiadas personas, porque la cultura religiosa, negándose a afrontar las realidades de la sexualidad humana, también se niega a luchar contra la propagación de enfermedades de transmisión sexual.
Hay quienes dicen que las grandes guerras del nuevo siglo volverán a ser guerras religiosas, yihads y Cruzadas, como en la Edad Media. Aunque, desde hace ya años, suenan en el aire los gritos de guerra de los fieles mientras convierten sus cuerpos en bombas de Dios, y también los alaridos de sus víctimas, me he resistido a creer en esta teoría, o al menos en el sentido que le da la mayoría de la gente.
Llevo tiempo afirmando que la teoría del «choque de las civilizaciones » de Samuel Huntington es una simplificación excesiva: que la mayoría de los musulmanes no tienen el menor interés en participar en guerras religiosas, que las divisiones en el mundo musulmán son tan profundas como sus elementos comunes (si te cabe alguna duda de que esto es así, echa una ojeada al conflicto suní-chií en Irak). Apenas puede encontrarse nada que se parezca a un objetivo islámico común. Incluso cuando la OTAN no islámica libró una guerra a favor de los albaneses kosovares musulmanes, el mundo musulmán fue remiso a la hora de ofrecer la muy necesaria ayuda humanitaria.
Las auténticas guerras religiosas, he sostenido, son las guerras que las religiones desatan contra ciudadanos corrientes dentro de su «esfera de influencia». Son guerras de los píos contra los prácticamente indefensos: los fundamentalistas estadounidenses contra los médicos partidarios de la libre elección, los mulás iraníes contra la minoría judía de su país, los talibanes contra el pueblo afgano, los fundamentalistas hindúes de Bombay contra los musulmanes cada vez más asustados de la ciudad.
Y las auténticas guerras religiosas son asimismo las guerras que las religiones desatan contra los no creyentes, cuya intolerable incredulidad se recalifica como delito, como razón suficiente para su erradicación.
Pero con el paso del tiempo me he visto obligado a reconocer una cruda realidad: que la masa de los llamados musulmanes corrientes parece haberse dejado embaucar por las fantasías paranoicas de los extremistas y parece dedicar una mayor parte de su energía a la movilización contra caricaturistas, novelistas o el Papa, que a condenar, privar de derechos civiles y expulsar a los asesinos fascistas que habitan entre ellos. Si esta mayoría silenciosa permite que se libre una guerra en su nombre, se convertirá finalmente en cómplice de esa guerra.
Por tanto, quizá sí se ha iniciado, al fin y al cabo, una guerra religiosa, porque está permitiéndose a los peores de nosotros dictar las prioridades de los demás, y porque los fanáticos, que no se andan con chiquitas, no encuentran oposición suficiente entre «su propio pueblo».
Y si eso es así, los vencedores de dicha guerra no deben ser los estrechos de miras que, como siempre, marchan a la batalla con Dios de su lado. Elegir la incredulidad es elegir el espíritu sobre el dogma, confiar en nuestra humanidad y no en todas esas peligrosas divinidades. Así pues, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? No busques la respuesta en las narraciones «sagradas». Puede que el imperfecto conocimiento humano sea un camino lleno de baches y hoyos, pero es el único camino a la sabiduría digno de seguirse. Virgilio, que creía que el apicultor Aristeo podía generar espontáneamente abejas nuevas a partir de una vaca muerta en descomposición, estaba más cerca de la verdad sobre el origen que todos los libros venerados de la Antigüedad.
Las sabidurías ancestrales son tonterías modernas.Vive en tu tiempo, utiliza lo que sabemos, y cuando crezcas, quizá la especie humana haya crecido por fin contigo y dejado de lado esas niñerías.
Como dice la canción: «Es fácil si lo intentas».
En cuanto a la moralidad, la segunda gran pregunta —¿cómo vivir?, ¿cuál es la actuación correcta y cuál la incorrecta?— se reduce a tu predisposición a pensar por ti mismo. Solo tú puedes decidir si quieres que la ley te sea entregada por sacerdotes y aceptar que el bien y el mal son cosas de algún modo externas a nosotros. A mi juicio, la religión, incluso en su forma más elaborada, en esencia infantiliza nuestra identidad ética estableciendo Arbitros infalibles de la moral y Tentadores irredimiblemente inmorales por encima de nosotros: los padres eternos, el bien y el mal, la luz y las tinieblas, el reino sobrenatural.
¿Cómo, pues, vamos a tomar decisiones éticas sin un reglamento divino o un juez? ¿Es acaso la incredulidad el primer paso en la larga caída hacia la muerte cerebral del relativismo cultural, conforme al que muchas cosas insoportables —la circuncisión femenina, por citar solo un caso— pueden disculparse por motivos culturalmente específicos, y la universalidad de los derechos humanos puede también pasarse por alto? (Esta última muestra de negación moral encuentra partidarios en algunos de los regímenes más autoritarios del mundo, y también, inquietantemente, en las páginas de opinión del Daily Telegraph.)
Bien, pues no lo es, pero las razones para dar esta respuesta no están claramente definidas. Solo una ideología de línea dura está claramente definida. La libertad, que es la palabra que empleo para la posición ética secular, es inevitablemente más confusa. Sí, la libertad es ese espacio donde puede reinar la contradicción; es un debate interminable. No es en sí misma la respuesta a la pregunta de la moralidad, sino la conversación sobre esa pregunta.
Y es mucho más que simple relativismo, porque no es simplemente una tertulia interminable, sino un lugar donde se toman decisiones, se definen y defienden valores. La libertad intelectual, en la historia europea, ha representado sobre todo libertad respecto a las restricciones de la Iglesia, no del Estado. Esta es la batalla que libró Voltaire, y es también lo que nosotros, los seis mil millones, podríamos hacer por nosotros mismos, la revolución en la que cada uno de nosotros podría desempeñar nuestro pequeño papel, una seis mil millonésima parte del total. De una vez por todas, podríamos negarnos a permitir que los sacerdotes, y las ficciones en cuyo nombre afirman hablar, sean la policía de nuestras libertades y nuestro comportamiento. De una vez por todas, podríamos devolver las historias a los libros, devolver los libros a las estanterías y ver el mundo sin dogmas y en toda su sencillez.
Imagina que el cielo no existe, mi querido seis mil millonésimo, y de inmediato no habrá más límite que el cielo.




miércoles, 16 de abril de 2014

Non Sancta (III): Thank goodness!



Daniel Dennett, renombrado filósofo cognitivista y director del Centro de Estudios Cognitivos de la Universidad de Tufts (Massachusetts, EEUU), es especialista en conciencia, inconciencia, intencionalidad, memética e inteligencia artificial, además de ateo consumado, como el presente texto viene a confirmarnos.


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Thank goodness! *


Por Daniel C. Dennett


Según un dicho antiguo pero cuestionable, en las trincheras no hay ateos, y existen como mínimo algunas pruebas anecdóticas de ello en los casos conocidos de ateos famosos que, al salir de experiencias al borde de la muerte, anunciaron al mundo su cambio de postura. Un ejemplo bastante reciente es el filósofo británico sir A. J. Ayer, fallecido en 1989. He aquí otra anécdota a tener en cuenta.
Hace dos semanas me llevaron en ambulancia a un hospital, donde un TAC determinó que sufría «disección de la aorta»: se había roto el revestimiento del principal vaso de salida que se llevaba la sangre de mi corazón, creando un tubo de dos canales donde solo tenía que haber uno. Por suerte para mí, el hecho de que hace siete años me hicieran un bypass en la arteria coronaria probablemente me salvara la vida, porque el tejido cicatricial que había proliferado alrededor de mi corazón durante aquellos años reforzó la aorta, evitando una fuga catastrófica a través del agujero de la aorta en sí. Después de una operación de nueve horas en la que me pararon del todo el corazón y bajaron la temperatura de mi cuerpo y mi cerebro a siete grados para impedir que la falta de oxígeno provocase daños cerebrales durante el tiempo que tardasen en hacer bombear la máquina corazón-pulmón, ahora soy el orgulloso dueño de una nueva aorta y un nuevo arco aórtico, hechos de un resistente tubo de Dacron cosido en su sitio por el cirujano, y unidos a mi corazón por una válvula de fibra de carbono que hace un clic tranquilizador cada vez que late mi corazón.
Ahora que empiezo una etapa suave de recuperación, tengo mucho que reflexionar: sobre la experiencia angustiosa que he vivido, pero más aún sobre la avalancha de mensajes de ánimo que he recibido desde que corrió la voz de mi última aventura. Mis amigos tenían muchas ganas de saber si había vivido una experiencia al borde de la muerte, y en caso afirmativo, qué efecto había tenido en el ateísmo que profesaba en público desde hacía mucho tiempo. ¿Había tenido alguna epifanía? ¿Pensaba seguir los pasos de Ayer (que al cabo de unos días recuperó su aplomo y recalcó que «lo que debería haber dicho es que mis experiencias no han debilitado mi creencia de que no hay vida después de la muerte, sino mi actitud inflexible ante la fe), o mi ateísmo se mantenía intacto y sin cambios?
Pues sí, tuve una epifanía.Vi con más claridad que nunca que cuando digo thank goodness! no es un simple eufemismo de thank God! (Los ateos no creemos que haya ningún Dios a quien darle las gracias.) Realmente quiero decir thank goodness! En este mundo hay mucha bondad, cada día más, y este fantástico tejido de excelencia fabricado por el hombre es el verdadero responsable de que esté vivo. Es un digno destinatario de la gratitud que siento, y quiero celebrar este hecho aquí y ahora.
¿A quién debo estarle agradecido, en suma? Al cardiólogo que me ha mantenido vivito y latiendo todos estos años, y que rechazó rápidamente y con seguridad el diagnóstico inicial de una simple neumonía. A los cirujanos, neurólogos y anestesiólogos, y al perfusionista, que mantuvieron en funcionamiento mi organismo durante muchas horas en condiciones extremas. A una docena aproximadamente de auxiliares médicos, a enfermeras, terapeutas y técnicos de rayos equis, y a un pequeño ejército de flebotomistas tan habilidosos que casi no te das cuenta de que te están sacando sangre; a las personas que traían las comidas, tenían limpia mi habitación, lavaban las montañas de ropa sucia generada por un caso tan aparatoso, me llevaban y traían en silla de ruedas, etcétera. Eran gente de Uganda, Kenia, Liberia, Haití, Filipinas, Croacia, Rusia, China, Corea, la India... y también de Estados Unidos, claro; y nunca he visto tratarse a la gente con un respeto tan impresionante como ellos al ayudarse y controlar mutuamente su trabajo. Sin embargo, a pesar de lo bien que trabajaban en equipo, no podrían haber hecho su trabajo sin un trasfondo enorme de aportaciones de otros. Recuerdo con gratitud a mi difunto amigo Alian Cormack, físico y colega mío en Tufts, que compartió el premio Nobel por su invención del TAC. Alian, has salvado postumamente una vida más, aunque ¿hay alguien que lleve la cuenta? Lo que hiciste ha mejorado el mundo. Thank goodness. Luego está todo el sistema de la medicina, tanto en su aspecto científico como en el tecnológico, sin el cual los esfuerzos individuales servirían de muy poco, incluso los mejor intencionados. Por lo tanto, estoy agradecido a las direcciones y los comités editoriales, actuales y pasados, de Science, Nature, Journal of the American Medical Association, Lancety todas las demás instituciones científicas y médicas que siguen generando mejoras, y detectando y corrigiendo errores.
¿Venero yo la medicina moderna? ¿La ciencia es mi religión? En absoluto. No hay ningún aspecto de la medicina o la ciencia actuales al que estuviera dispuesto a eximir del más riguroso escrutinio, y no tendría reparos en enumerar toda una serie de problemas graves que aún quedan por solucionar. De hecho es muy fácil, porque los mundos de la medicina y la ciencia ya están embarcados en el proceso de autoevaluación más obsesivo, intensivo y humilde de toda la historia de las instituciones humanas, y hacen públicos cada cierto tiempo los resultados de sus autoexámenes. Diré más: esta crítica racional y abierta de miras, por imperfecta que pueda ser, constituye el secreto del éxito espectacular de estas iniciativas humanas. Cada día aporta nuevas mejoras que se pueden medir. Si a mí se me hubiera reventado la aorta hace diez años, no me habrían salvado ni rezando. Hoy en día no es que sea rutinario, pero mis probabilidades de sobrevivir, en realidad, tampoco eran tan bajas (actualmente, más o menos el 33 por ciento de los pacientes de disección aórtica mueren durante las primeras veinticuatro horas de su aparición sin tratamiento, y a partir de ahí la cosa va a peor cada hora).
Al comparar el mundo de la medicina, del que ahora depende mi vida, con las instituciones religiosas que me he dedicado a estudiar a fondo durante los últimos años, hay algo que me llamó especialmente la atención. Uno de los aspectos más dulces y consoladores que se encuentran en cualquier religión (que yo sepa) es la idea de que lo importante es el corazón de la persona: si tienes buenas intenciones, e intentas hacer lo correcto (según Dios), no se te puede pedir más. ¡En la medicina no! Si te equivocas (sobre todo con conocimiento de causa), tus buenas intenciones no cuentan prácticamente nada. Por otro lado, mientras que las religiones suelen ensalzar el salto de fe y el actuar sin previo análisis de las alternativas, en medicina se considera un pecado grave. A un médico que, llevado por la fe devota en sus revelaciones personales sobre cómo tratar el aneurisma aórtico, hiciera pruebas sin previo estudio con pacientes humanos le caería una buena bronca, o le expulsarían directamente de la profesión. Hay excepciones, por supuesto. Se tolera a unos cuantos pioneros con arrojo y poca consideración al riesgo, y a la larga pueden recibir honores (siempre que demuestren estar en lo cierto), pero solo pueden existir como raras excepciones al ideal del investigador metódico que descarta escrupulosamente las teorías alternativas antes de poner en práctica la suya. Sencillamente, no basta con las buenas intenciones y la inspiración.
Por decirlo de otro modo, aunque las religiones puedan cumplir una finalidad beneficiosa dejando que mucha gente se sienta cómoda con el grado de moralidad al que puede llegar, ninguna religión somete a sus miembros a unos criterios de responsabilidad moral tan elevados como el mundo laico de la ciencia y la medicina.Y no me refiero solo a los criterios «extremos», entre los cirujanos y médicos que toman a diario decisiones de vida o muerte, sino también a los criterios de conciencia seguidos por los técnicos de laboratorio y los que preparan la comida. Esta tradición deposita su fe en la aplicación ilimitada de la razón y de la investigación empírica, verificando todas las veces que haga falta, y preguntándose por sistema «¿Y si me equivoco?». En ningún caso se tolera apelar a la fe o al corporativismo. ¡Imaginémonos la reacción que despertaría un científico dando a entender que nadie más puede obtener los mismos resultados que él porque no tiene la misma fe que los integrantes de su laboratorio! Pero, volviendo a lo que iba, mi gratitud por estar vivo se dirige a la bondad de esta tradición de razonamiento e investigación abierta.
De acuerdo, pero ¿qué les digo a mis amigos religiosos (que los tengo, y bastantes) que han tenido el valor y la sinceridad de decirme que rezaron por mí? Les he perdonado con mucho gusto, porque hay pocas cosas tan frustrantes como no poder ayudar a un ser querido de ninguna manera más directa. Confieso que me sabe mal no haber podido rezar (sinceramente) por mis amigos y mis familiares en momentos de necesidad, y por eso valoro el impulso, aunque reconozca claramente su inutilidad. Los comentarios de mis amigos religiosos no vacilo en traducirlos a alguna versión de lo que me han estado diciendo mis colegas de ateísmo: «Pensaba en ti, y esperaba de todo corazón [otra concesión ineficaz pero irresistible] que no te pasara nada». El hecho de que estos amigos tan queridos hayan pensado en mí de esta manera, y hayan hecho el esfuerzo de comunicármelo, ya es tonificante de por sí, sin necesidad de suplementos sobrenaturales. En mi caso, estos mensajes de mi familia y mis amigos de todo el mundo me han llegado literalmente al corazón, y agradezco el subidón de moral (¡hasta extremos de verdadero frenesí, me temo!) que han producido en mí. Pero no hablo en broma cuando digo que tengo que perdonar a los amigos que han dicho que rezaron por mí. He resistido a la tentación de contestar: «Gracias, pero ¿también sacrificaste una cabra?». Me sienta igual que si uno de ellos me dijera: «Acabo de pagarle a un médico vudú para que hiciera un conjuro sobre tu salud». ¡Qué manera más crédula de malgastar un dinero que se podría haber gastado en proyectos más importantes! No esperes que sienta gratitud, o tan siquiera indiferencia. Agradezco el cariño y la generosidad que te impulsaban, pero me gustaría que hubieras encontrado una manera más razonable de expresarlos.
¿Pero esto no es de una severidad horrible? ¡Seguro que no le perjudica a nadie que recen por mí los que pueden rezar sinceramente! Pues no, no estoy tan seguro. Para empezar, si de verdad quisieran hacer algo útil, podrían aprovechar el tiempo y la energía que dedican a rezar para algún proyecto urgente en el que sí que puedan influir. Por otra parte, ya tenemos bases bastante firmes (por ejemplo, el estudio Benson de Harvard, que se ha hecho público hace poco) para creer que la oración intercesora no funciona, y punto. Cualquier persona que se desentiende de estas investigaciones mina sutilmente el respeto a la propia bondad que estoy agradeciendo. Si insistes en mantener vivo el mito de la eficacia de la oración, nos debes una justificación ante los hechos. En espera de ella, te disculparé por invocar tu tradición; sé lo reconfortante que puede ser la tradición, pero quiero que reconozcas que lo que haces, en el mejor de los casos, es problemático. Si eres capaz ni que sea de plantearte demandar a un médico que se equivocó en el tratamiento, o a una compañía farmacéutica que no hizo todos los controles de rigor antes de venderte un medicamento que te perjudicó, debes reconocer tu tácito agradecimiento a los altos criterios de investigación racional por los que se rige el mundo de la medicina. Sin embargo, sigues incurriendo en una práctica para la que no existe ninguna justificación racional conocida, y realmente crees que aportas algo. (Trata de imaginar tu indignación si la respuesta de una compañía farmacéutica a tu demanda fuera: «¡Pero si estuvimos rezando mucho por que saliera bien el medicamento! ¿Qué más quieres?».)
Lo mejor de decir «gracias a la bondad» en vez de «gracias a Dios» es que realmente hay muchas maneras de saldar nuestra deuda con la bondad, comprometiéndonos a crear más bondad en beneficio de las futuras generaciones. La bondad adopta muchas formas aparte de la medicina y de la ciencia. Gracias, por ejemplo, a la música de Randy Newman, que no podría existir sin la maravilla de tantos pianos y estudios de grabación, por no hablar de las aportaciones musicales de todos los grandes compositores, desde Bach hasta Scott Joplin y los Beatles, pasando por Wagner. Gracias porque salga agua potable del grifo, y porque tengamos comida a la mesa. Gracias por las elecciones justas y el periodismo veraz. Si quieres expresar tu gratitud a la bondad, puedes plantar un árbol, dar de comer a un niño huérfano, comprar libros para las colegialas del mundo islámico o contribuir de mil otras maneras a la manifiesta mejora de la vida en este planeta, ahora y en el futuro próximo.
También puedes darle las gracias a Dios, pero la idea de devolverle algo a Dios es ridicula. ¿Para qué puede querer tus míseras compensaciones un Ser omnisciente y omnipotente («el Hombre que lo tiene todo»)? (Además, según la tradición cristiana Dios ya ha saldado la deuda para siempre sacrificando a su propio hijo. ¡A ver cómo devuelves ese préstamo!) Sí, ya sé que no son temas que haya que interpretar literalmente; son simbólicos, lo acepto, pero entonces la idea de que dando las gracias a Dios se hace algún bien también hay que considerarla puramente simbólica. Yo prefiero el bien real al bien simbólico.
Aun así, perdono a los que rezan por mí. Los veo como científicos tenaces que se resisten a las pruebas en favor de teorías que no les gustan, mucho después de que la reacción adecuada hubiera sido un elegante reconocimiento. Aplaudo la fidelidad a vuestra propia postura, pero os recuerdo una cosa: no basta con la fidelidad a la tradición. Siempre tenéis que preguntaros: ¿Y si me equivoco? Creo que a la larga se les puede pedir a las personas religiosas que cumplan los mismos criterios morales que las personas laicas de la ciencia y de la medicina.






* Juego de palabras. En inglés Goodness! (con el signo de exclamación al final) significa ¡Dios mío!, mientras que goodness significa bondad.