viernes, 16 de agosto de 2013

Ubú Colonial


Y finalmente, y contra todo pronóstico, llegamos a la entrada (o post, como os parezca) número 100. Más bien poco, o nada, dirán nuestros implacables verdugos, que a este Esperpento nunca le daban más de diez post de vida. Apenas tres años, dos insignificantes números de una revista virtual (ilegible e insignificante), 100 post, y una toalla siempre a punto de caer en el centro del ring. ¿Qué nos resta? Un par de números extra-ordinarios de Revista Esperpento que más bien tarde que temprano verán la luz cibernética… Y a lo mejor, después, vendrá el silencio.
Por ahora, celebramos quedo el centésimo post, cómo no, con esta pieza máxima del panteón ubuesco, publicada en el Almanaque Ilustrado del Padre Ubú, en enero de 1901, en pleno auge de la fiebre expansionista europea que había decidido extender sus blancos tentáculos sobre las tierras vírgenes del África ardiente.



UBÚ COLONIAL


Por Alfred Jarry
Imágenes Pierre Bonard
Traducción Jesús Benito Alique




(PADRE UBÚ, MADRE UBÚ, DOCTOR FOGÓN)

PADRE UBÚ. ¡Ah! ¿Es usted, doctor Fogón? Nos sentimos encantado de que haya venido a nuestro encuentro ahora que acabamos de desembarcar del paquebote que nos ha traído de nuestra ruinosa expedición colonial a expensas del gobierno francés. En el trayecto de aquí a nuestra mansión, si es que insiste en venir a compartir nuestra comida a pesar de que no tengamos lo suficiente para nos y la Madre Ubú (si es que lo que tenemos llega a ser ni siquiera divisible por dos), le pondremos al corriente de cuanto nos ha acontecido en el transcurso de nuestra misión… La primera dificultad estribó en que ni siquiera pudimos pensar en procurarnos esclavos, dado que, desgraciadamente, habían abolido la esclavitud. Así, nos tuvimos que limitar a establecer relaciones diplomáticas con determinados negros bien armados, que estaba a la greña con otros negros desprovistos por completo de medios de defensa. Cuando los primeros hubieron capturado a los segundos, nos, nos hicimos con todos en calidad de trabajadores libres. Y ello por pura filantropía, como es práctica habitual en las factorías de París, y para evitar que los vencedores se comieran a los vencidos… Deseoso de procurar su felicidad y mantenerles en el bien, les prometimos, si no se portaban mal, y una vez transcurridos diez años de trabajo libre a nuestro servicio –previo informe favorable de nuestro capataz– otorgarles la condición de electores y el derecho de hacer por sí mismos sus propios hijos… Para asegurar su seguridad, reorganizamos el cuerpo de policía, es decir, suprimimos los comisariados que, por decirlo todo, todavía no se habían establecido. En su lugar pusimos a una vidente, quien se ocupaba de denunciarnos a los delincuentes con la condición, claro está, de que los carceleros tomasen la precaución de no consultarla más que en sus momentos de trance.
FOGÓN. Esa sí que fue una buena ocurrencia, Padre Ubú. Sobre todo si la vidente se ponía en trance a menudo.
PADRE UBÚ. Lo hacía bastante a menudo, sí. Por lo menos cuando no estaba borracha.
FOGÓN. ¡Ah! ¿Pero también se emborrachaba de vez en cuando?
«Los negros, que no tienen padre oficial,
se despizcan recortando de los periódicos ilustrados
retratos de gentes de renombre, o incluso del montón,
que clavan en los muros de sus chozas para formar
una galería de antepasados. Deseoso de poner fin
a tal abuso, ofrecemos a nuestros hijos negros
la imagen de nuestra persona».
PADRE UBÚ. ¡Continuamente…! ¡Oh, doctor Fogón! Trataría usted de burlarse de mí si intentase induciré a contarle tan sólo cosas divertidas. Escuche, escuche por el contrario. Entérese de cómo, gracias a nuestros conocimientos de medicina y a nuestra presencia de ánimo, conseguimos acabar con una terrible epidemia que se nos declaró a bordo, afectando a todo nuestro cargamento de trabajadores libres. Entérese, sí, y díganos si usted hubiera sido capaz de llevar a cabo semejante cura… El caso es que los negros son, según hemos podido descubrir, individuos muy proclives a contraer una extraordinaria enfermedad. Sin motivo que lo justifique, pero más especialmente cuando se les exhorta al trabajo, se quejan de tener «tatana», se tumban en el suelo, y es imposible levantarles del sitio que han elegido hasta que no están completamente muertos. Evidencia no obstante la cual, y recordando que la afusión con agua fría resulta muy recomendable para casos de delirium tremens, se me ocurrió echar por la borda al más enfermo de todos, quien al instante resultó devorado por un inmenso bacalao… Tal sacrificio expiatorio debió resultar propicio a los dioses marinos, pues, de repente, todos los demás negros se pusieron a bailar en señal de súbita curación, y para mostrar alegría por nuestro eficaz remedio. Y así, uno de los que estaban más graves, llegó hasta a convertirse en un magnífico y libre semental.
FOGÓN. ¿Lo habéis traído con vos, Padre Ubú? Si es así, se lo presentaré a mi mujer, que siempre se está quejando de que la especie se haya extinguido.
PADRE UBÚ. ¡Lo siento, ay…! Dado que nos debía la vida y que a nos no nos gustan las deudas que se tienen con nuestra caja de phinanzas, no fuimos capaces de encontrar reposo hasta que no dimos con la ocasión de dejar saldado tamaño crédito. Y, la verdad, no tardamos mucho en dar con ella. Cierto día, aquel desgraciado llevó su malicia hasta el punto de echar a un pequeño malabar al interior de nuestra gran turbina de azúcar, que funciona a dos mil revoluciones por minuto y que, en un abrir y cerrar de ojos, convierte en dulce polvo cualquier pedrusco o chatarra que se le quiera confiar. Cierto que aquel cachorro de malabar no crecía lo suficientemente de prisa para llegar a ser en poco tiempo un verdadero trabajador libre. Pero, a pesar de todo, no dudamos ni un segundo en ordenar la ejecución del criminal, considerando principalmente que teníamos un testigo presencial de su fechoría. Y es que, después de sufrirla, el pequeño malabar vino en persona ante nos a presentarnos la queja.
FOGÓN. Eso quiere decir, si no os he entendido mal, que el pequeño malabar no fue arrojado a la turbina, dado que espero que, cuando se presentó ante vos, no estaría convertido en azúcar…
PADRE UBÚ. Sí. Seguramente no fue arrojado. Pero para justificar nuestro acto de justicia era suficiente con que el otro hubiera tenido la intención de arrojarle. Y además, si el pequeño no murió, no es menos cierto que a partir de aquel momento se vio atacado por una grave y dolorosa indolencia.
FOGÓN. Creo que no sabéis lo que decís, Padre Ubú.
PADRE UBÚ. ¿Cómo que no, señor…? Bueno, dado que se considera tan inteligente, ¿podría explicarme lo que significa la palabra oos?
FOGÓN. ¿Se trata de griego o de idioma negro, Padre Ubú?
PADRE UBÚ. Traduzca, traduzca. Cuando lo haya hecho, ya se enterará.
FOGÓN. ¿Oos…? Hay una palabra griega que se parece mucho y que quiere decir huevo… También conozco el término os, que significa hueso, en francés. Los libros que tratan de los huesos se llaman tratados de osteología…
PADRE UBÚ. ¡Bien demostrado queda que es usted un burro, señor doctor! Oos o l’oos significa «el agua crece», «el agua sube», y no en idioma negro, sino en puro y simple francés[1]. El agua sube, sí, pero nunca alcanzará el escalofriante nivel del perpetuo estiaje de su inteligencia, señor.
FOGÓN. La vuestra, Padre Ubú, puede contemplarlo todo desde la desmedida estatura de su canijez.
PADRE UBÚ. ¡¡Oh…!! Más vale que dejemos el tema, señor, o acabará usted pereciendo tan miserablemente como aquellos tres tiburones a los que pusimos en fuga valiéndonos únicamente de nuestro temible valor.
FOGÓN. ¿Disteis caza a tres tiburones, Padre Ubú?
PADRE UBÚ. En efecto, señor. A tres ni más ni menos, y ello ante todo el mundo, en plena calle. Pero dado lo ignorante que es, tendré que partir de la base de que sus conocimientos de mineralogía no son los suficientes como para saber lo que es un tiburón… Sí, señor, como lo oye. Conseguí salir con la barriga intacta de entre las patas de tres tiburones a los que sometí a implacable persecución caminando delante de ellos y volviendo la cabeza de vez en cuando, modo del que seguí, si no a tan peludas piezas de caza, sí, por lo menos las costumbres del país. Pues debe usted saber que en él se acostumbra llamar tiburones, o tiburones, a las mujeres negras de mala vida.
FOGÓN. (Escandalizado) ¡Oh, Padre Ubú!
PADRE UBÚ. Sí, creo que se trata de un nombre de pájaro… Ellas, por su parte, se complacían en llamarme «mi pequeña ballena», a pesar de que tan amoroso diminutivo siempre me pareció irreverente, dado que, comparadas a nos, las ballenas suelen ser muy inferiores en cuanto a dimensiones. Por eso considero que esa forma de llamarme era un diminutivo, pues tengo que decir que, para enterarnos de lo que en realidad era ese bicho, tuvimos que inventar el microscopio para ballenas… Aparte de lo cual, tenemos que reconocer que aquellas damas no estaban del todo mal, así como que solían hacer gala de sentido común y de una muy exquisita educación. Nuestras conversaciones con ellas venían a desarrollarse más o menos, de la manera que sigue:
¿O sá que tó va asá asá? —le preguntábamos, por ejemplo, a una de ellas.
Asá asá, más má que bí —respondía la negra—. Esta mañá me sién tris-tris. No ten ni gán de hacer na-na.
Pos na gas ná.
Haré todó lo que ma pé.
¿Mujé ser vos de senador o diputá? —aventurábamos, seducido por sus maneras exquisitas.
No, mi marí, vendé café, ron y maní.
¿Podré yo a tú volver a ver?
Si quié comprá produc exó, podrá podrá. Pero cuidá, cuna no é una cual-cual.
FOGÓN. ¡Nunca os hubiera creído tan mujeriego, Padre Ubú!
PADRE UBÚ. Le mostraré a qué se debe, señor. (Busca en el bolsillo izquierdo de su pantalón) ¿Ve esta botella? ¿Adivina qué tipo de licor contiene…? Pues nada más que extracto de tangá.
FOGÓN. ¡Por Dios! ¿Y esa mirífica bestezuela que flota en su interior?
PADRE UBÚ. ¡Cómo! ¿Llegáis a ver el animal…? ¡Pues sí, es cierto! No se ha llegado a disolver por completo en el alcól. Oséase, que disponemos de una disolución sobresaturada como la acostumbramos llamar… Para su conocimiento le diré, señor, que la tangá no es más que una rata, una muy humilde rata. Como quizá sepa, dos clases hay de ratas, la de ciudad y la de campo. ¿Quién se puede atrever a insinuar que no somos un gran entendido en entomología? La rata de campo es más prolífica porque dispone de más espacio para educar a sus descendientes. Y por esa causa, los indígenas del país del que venimos, la comen, a fin de tener muchos hijos. Y de ese modo, asimilado que han sus propiedades, puede, por ejemplo, decir:
Leván tatel mandí, mujé.
No ten gogá.
Come tangá.
No sás pesá. Tú comerás tambié y querrás lo hacé otras quincevé.
FOGÓN. ¿No sería más decente que cambiáramos de conversación, Padre Ubú?
PADRE UBÚ. Como quiera, señor. Vemos que le falta competencia en este tpo de temas. Pero, para darle gusto, le contaremos la manera de la que construimos puertos en las colonias… En primer lugar le diremos que nuestros puertos siguen conservándose en excelentes condiciones, y ello porque no funcionan jamás. Así, el único trabajo que dan es el de tener que quitarles el polvo cada mañana, pues en su interior no entra ni una gota de agua.
FOGÓN. ¡¿… ?!
PADRE UBÚ. Sí, señor, como se lo digo. Cada vez que deseábamos construir un puerto, determinadas personas interesadas en que lo hiciéramos en sus posesiones, nos procuraban la phinanza necesaria. Cuando teníamos en nuestro poder las phinanzas de todo el mundo, y sólo en ese momento, téngalo en cuenta, procedíamos a pedir al gobierno la concesión de la mayor ayuda posible. A continuación, convencíamos a aquellas personas de que se nos habían concedido créditos solamente para un puerto. Entonces, por fin, construíamos dicho puerto en un lugar suficientemente alejado y que no fuera propiedad de ninguno de los estafados. Y, como es lógico, situado también tierra adentro, pues, en definitiva, no se trataba de que a él vinieran barcos, sino de que todos aquellos propietarios se avinieran a razones y de que la discusión sobre los derechos de cada cual a tener la obra en su tierra, no dejara de llegar a buen puerto.
FOGÓN. ¡Pero Padre Ubú! ¿Y no acabasteis peleado con todo el mundo?
PADRE UBÚ.  ¡En absoluto! Por el contrario, se nos invitaba a todos los bailes, y tengo que reconocer que lo pasábamos muy bien. Excepto, claro está, la primera vez, porque, para congraciarnos con los colonos, me vestí de fiesta con mi gran traje colonial d explorador perfecto, mi chaqueta blanca y mi casco de tapones de botella. Tal indumentaria resultaba muy cómoda, pues en aquella tierra llega a hacer hasta cuarenta grados de temperatura por las noches. Pero todos aquellos propietarios, movidos por una gentileza recíproca hacia la metrópolis representada por mi persona, se habían puesto sus trajes oscuros y sus abrigos de pieles. Y, al verme, me llamaron malcriado, y se liaron a patadas conmigo.
FOGÓN. Y, dígame, ¿también los negros se ponen de vez en cuando trajes oscuros?
PADRE UBÚ. Sí, señor. Pero cuando lo hacen, no se nota demasiado, lo que no deja de tener sus ventajas y sus inconvenientes. Aunque hablando de ventajas e inconvenientes, tengo que decirle que el negro en general resulta poco visible por las noches, ya que por más que lo intentamos no conseguimos que entrara en vigor, aplicado a los negros, el reglamentos de los ciclistas, es decir, timbre y luz de dínamo obligatorios. Y le digo que es molesto porque a menudo se tropieza con ellos; y al mismo tiempo agradable, porque así se les puede pisotear mejor. Los negros de baja extracción, a los que se puede distinguir un poco en la oscuridad porque llevan chalecos de tela blanca de color, no se quejan en modo alguno, sino que, al contrario, dicen: «Perdón, blanco mío». Pero a los negros elegantes, por completo vestidos de oscuro, no se les puede ver de ninguna manera. Y así, caen sobre uno como si una chimenea se le cayese a uno en la cabeza, le aplastan los dedos gordos de los pies y le hunden para dentro la barriga, después de todo lo cual, todavía les queda cara dura para gritar: «¡Sucio negro…!». Para conseguir que nos respetaran un poco, tomamos la decisión de hacernos acompañar siempre por el más negro y económico de todos los negros, es decir, por nuestra propia sombra, a la que encargamos que, llegado el caso, se pegase con ellos. Pero a partir de ese momento nos vimos obligado a caminar por el mismo centro de la calzada, pues, si no, el mencionado negro, tan indisciplinado como volátil, se dedicaba a huir de nuestra compañía so pretexto de irse a jugar al trompo con las sombras de los faroles de gas y otros negros de las aceras… Lo que le digo, esos negros invisibles son el principal inconveniente del país, el cual podría llegar a ser incluso delicioso con sólo algunas mejoras. Entre otras ventajas, por ejemplo, está lleno de corrientes de agua y de niños negros, cosas ambas que permitirían aclimatar y alimentar cocodrilos en él sin apenas gasto. Ningún cocodrilo llegue a ver en la isla, lo que es una pena, pues allí podrían pasárselo muy bien. Mas en mi próximo viaje cuento con importar, a fin de que se reproduzcan, una pareja de especímenes jóvenes, a ser posible formada por dos machos, para que las crías resulten más vigorosas… En revancha, el avestruz abunda mucho, y quedamos asombrado de no poder capturar ninguno a pesar de haber observado estrictamente las reglas contenidas sobre el particular en nuestros libros de cocina. Principalmente la que consiste en ocultar la cabeza debajo de una piedra.
FOGÓN. ¿En los libros de cocina decís? Dudo mucho de que en ellos se hable de la caza de avestruces. A lo sumo llegarán a decir cómo poner en remojo, en una cazuela, altramuces.

PADRE UBÚ. ¡Silencio, señor! Sepa que nada ocurre en aquel país como usted tiene el candor de imaginar. Por ejemplo, nunca podíamos encontrar nuestra mansión cuando regresábamos a ella. Y ello debido a que allí, cuando alguien se cambia de casa, se lleva la placa donde está escrito el número de la calle que le corresponde, y hasta la placa del nombre de ésta, o incluso de dos calles, cuando viven en una esquina. Costumbre gracias a la cual los números de las casas siguen allí el mismo orden que los de los premios de la lotería, y llega a haber calles que disfrutan hasta de tres o cuatro nombres superpuestos, mientras que otras no tienen ninguno. No obstante lo cual siempre acabábamos por encontrar el camino de regreso gracias a los negros, pues cometimos la imprudencia de pintar con grandes letras sobre nuestra fachada: «Prohibido verter basuras». Y como a los negros les encanta desobedecer, acudían a hacerlo desde todos los rincones de la ciudad. Incluso me acuerdo de un negrazo que todos los días venía desde muy lejos a vaciar el orinal de su dueña bajo las ventanas de nuestro comedor, y que antes de hacerlo, mostrándonos su contenido, decía: mirá, mirá, vosté, mirá: el negro hacer caca amarilla, y su dueña, que es blanquilla, hacerla color de café.
FOGÓN. Lo que como máximo vendría a demostrar que el blanco no es otra cosa que un negro al que se le ha dado la vuelta como a un guante.
PADRE UBÚ. Me asombra, señor, que haya llegado por usted mismo a tan certera conclusión. Si sigue sacando tanto provecho de nuestras conversaciones, acabaremos por conseguir que llegue a ser alguien en la vida. Incluso puede llegar a ser, vuelto del revés por ese método del guante, el espécimen de esclavo negro que no nos atrevimos a traer, considerando excesivo el coste de los fletes.

Llegados a este punto, los interlocutores se encuentran frente a la casa del Padre Ubú. La Madre Ubú sale a su encuentro. Efusiones conyugales, pero, ¡oh sorpresa!, durante la ausencia del Padre Ubú, de su virtuosa esposa ha nacido un niño negro. El Padre Ubú se pone escarlata y se dispone a castigarla como merece. Pero ella se lo impide al tiempo que grita:

MADRE UBÚ. ¡Miserable! ¡Me has estado engañando con una negra!




[1] Ubú se refiere aquí a la pronunciación figurada de las palabras francesas l’eau hausse, que suenan, más o menos, como l’oos.

miércoles, 24 de julio de 2013

El despreciable optimismo



Por Luis Tejada


El optimismo es una aberración intelectual tan interesante, por lo menos, como el pesimismo, pero evidentemente más falsa, y hasta en cierto modo más perjudicial. El optimista es el ser racional por excelencia, y precisamente por eso se encuentra siempre equivocado y su concepto del mundo es ilusorio. La razón y la experiencia van siempre en sentidos opuestos o sentidos paralelos, pero nunca concuerdan exactamente en la naturaleza. Racionalmente el sol debería girar alrededor de la tierra; eso sería lo lógico porque así lo vemos, porque así aparece a los ojos del ser racional que contempla el fenómeno. Sin embargo no es así. La verdad es el absurdo, lo que nadie hubiera podido creer: ¡que nosotros giremos alrededor del sol! Transportando al terreno de las ideas este criterio, da un resultado idéntico. El optimista cree por ejemplo, que la paz debe existir en el mundo; que no es lógico ni razonable que los hombres se maten unos a otros. Es claro, los hombres no deben matarse y el optimista tiene toda la razón. Sólo que la razón no está de acuerdo con la verdad experimental; la naturaleza esta vez, como siempre, opta por el absurdo y los hombres se matan y seguirán matándose, ¡y el que los hombres se maten viene a constituir ya un fenómeno natural y matemático como la fijeza del sol!
Desde ese punto de vista, el criterio del pesimista es rigurosamente científico; el pesimista como la ciencia, elabora sus teorías sobre la experiencia de los hechos. Su concepto del mundo es sombrío, doloroso y aparentemente absurdo. El pesimista dice, por ejemplo: "el hombre, es hoy tan cruel como ayer". Bastaría una deducción lógica para llegar a creer que el hombre no debe ser tan cruel hoy como hace dos mil años. ¿Y la educación, y el influjo de las nociones cristianas, y la selección espiritual, y las ideas de fraternidad? Sin embargo, los hechos cotidianos y generales, vienen a comprobar experimentalmente la teoría pesimista: la historia de la última guerra o las estadísticas criminales, son lo verdadero, aun cuando no sean lo razonable.
El pesimista es, pues, analítico; el optimista es deductivo. Pero la deducción lleva al error fundamental de querer acomodar el mundo a ciertas ideas preconcebidas, a cierto ideal determinado. El optimista se obstina en barnizar y embellecer el universo a su manera, sin tener en cuenta una circunstancia capital: que la naturaleza es sencillamente inmodificable.
El pesimista es más sincero con la vida, y decididamente más cuerdo. Sólo que no ama el mundo, y ese puede ser su error: no comprende que a pesar de todas sus imperfecciones, o precisamente por ellas, el mundo es perfecto, en sentido general y acomodaticio. El mundo es condescendiente con todos, y es como todos quieren que sea. Al único que no da gusto es al optimista. Por eso el optimista es el ser más desgraciado de la Tierra.



martes, 16 de julio de 2013

Músicos



Por Giovanni Papini

New Parthenon, 26 abril

Cuando se supo que yo era protector de las artes vino a ofrecérseme un músico macedonio.
Tenía una cara triangular coronada por un gran mechón de cabellos rubios. De altísima estatura, su capa de color ortiga apenas le llegaba a las rodillas.
-¿Qué sabe usted hacer?
-He inventado una nueva música, sin instrumentos. La vieja música no sabe más que hacer gemir tripas, hacer pasar el aliento por tubos de metal o percutir sobre burros muertos. Yo me he libertado de los productores artificiales de sonidos. He escrito una sinfonía con sonidos naturales que produce sensaciones absolutamente insospechadas y será el principio de una revolución en este arte ahora decrépito.
-¿Qué título tiene su sinfonía?
-La Carrera de los Cometas.
-¿Cuándo podré oírla?
-Dentro de dos días.
Al tercer día me avisaron que todo estaba dispuesto. La sala de música había sido cerrada, en el fondo, con un telón de seda amarillo de plata. No podían verse, de este modo, ni instrumentos, ni músicos.
Un silbido largo, gemebundo, como el que produce el viento del Norte por las rendijas, anunció el principio del concierto. Luego, tras el telón, se elevó un zumbido profundo y alterno, semejante al de las colmenas. Un borbotón de agua, chorro de una fuente invisible, le acompañó con sus rebotes sordos, y se oyó al mismo tiempo una melopea estridente como producida por furiosas limas. Pero todo fue dominado, de pronto, por un coro solemne de rugidos de leones evocadores del hambre inmensa de los desiertos, de la desesperación, de la ferocidad, del terror de los imposibles. La seda del telón se estremecía; algunos de mis compañeros se pusieron pálidos.
De repente el silencio. Había terminado el primer tiempo.
El segundo comenzó con un batir precipitado de numerosos martillos sobre yunques, inmediatamente seguido de un zurrido de veletas presas de delirio, reforzado con golpes asmáticos de un motor. Un estrépito de vidrios en alboroto, como si alguien revolviese un ejército de cristalería con un compás de danza, dio principio al allegro. Pero todo se vio cubierto por un lamento gutural de voces femeninas, interrumpido a intervalos regulares por los insultos de una risa galvánica. Un tañido seco y pataleante, como de caballos en fuga, puso fin al segundo tiempo.
El tercero se abrió con un repiqueteo presuroso, como si, al otro lado del telón, innumerables manos batiesen sobre sendas máquinas de escribir; luego gradualmente se fue apaciguando corno un chaparrón que cesa, y se elevaron rugidos inhumanos, como de lobos gigantes enloquecidos por el hombre. Apenas hubieron terminado, un rumor como de ventiladores llenó la sala, envuelto en un alegre estallido de sarmientos inflamados y en un susurro crepitante que evocaba el de un pueblo de gusanos de seda entre las hojas de las moreras. Una algarabía sorda, como de una caldera de agua hirviente, hacía de bordón. Luego un silbar de mirlos, un arrullar de palomas, un estridor de mochuelos y una insistencia de maderas golpeadas en crescendo. Y entonces los martillos volvieron a golpear, los leones a rugir, las limas a chirriar, los motores a restallar. Lentamente se fueron uniendo silbidos de locomotoras, lamentos de sirenas, descargas de fusilería, chillidos de claxon, estrépito de hierros revueltos, un paroxismo de tal intensidad que ya no pudo distinguirse ningún sonido aislado, pues todo se confundió en un ruido feroz y compacto que se dilataba contra las paredes como si quisiese derribarlas.
El silencio repentino pareció un refrigerio contranatural, una resurrección de la nada. La sinfonía había terminado.
Nadie aplaudió. Después de algunos minutos salió de detrás del telón, cauto y sudoroso, el penacho de maíz del macedonio. Sus ojos color de pizarra parecían suplicar la limosna de una felicitación. No tuve piedad; aquel clown balcánico carecía en absoluto de orgullo.
Al día siguiente me propuso la audición de una segunda sinfonía: El Delirio de los Gallos Titanes. Rehusé.
Se marchó triste, con un cheque de mil dólares en el bolsillo, firmado por mí.
Sin embargo, una semana después, compareció otro músico. Llegó a la puerta este del New Parthenon con un bagaje enorme de cajas. Le hice pasar. Era un boliviano con el rostro cincelado a cuchillo, dominado por una nariz en forma de puñal.
-He inventado -me dijo- la música del silencio. ¿Quiere usted ser el primero en oírla? -¿La música del silencio?
-Toda música tiende al silencio y toda su potencia está en las pausas entre uno y otro sonido. Los viejos compositores tienen todavía necesidad de estos recursos armónicos para sacar al silencio su secreto. He encontrado la manera de prescindir de la armazón superflua de las notas transformadas en sonidos y le ofrezco el silencio en su estado genuino de pureza.
Al día siguiente entré en la sala de música. En el fondo, unos veinte ejecutantes se hallaban alineados en forma de media luna en torno del podio. Tenían en las manos los acostumbrados instrumentos de todas las orquestas: violines, violoncelos, flautas, trombones. No faltaba tampoco el timbal. Todos estaban inmóviles, rígidos, fijos, tiesos, dentro de sus vestidos negros. Miré con más atención. Sobre las pecheras blanquísimas todas las cabezas eran iguales; cabezas enigmáticas de maniquíes de cera, de cadáveres artificiales. Los mismos ojos de cristal, las mismas bocas de carmín, la misma nariz rosada y ligeramente brillante.
El boliviano apareció en el podio y dio la señal de comenzar golpeando el atril con una larga varita blanca. Nadie se movió; no se oyó sonido alguno. Solamente el director se movía, mirando hacia arriba como si oyese una melodía que le era revelada a él solo. Luego se volvía a derecha e izquierda, miraba a los intérpretes espectrales y a sus rostros de cera, y marcaba con la batuta, ahora un pianissimo, ahora un presto, con leves sacudidas de hombros que hacían pensar en un fantasma en la agonía. Los cuarenta ojos de porcelana le miraban fijamente con expresión unánime de odio imponente.
Finalmente, el maestro, después de haber tendido por última vez, con la cabeza baja, sus grandes orejas encarnadas, se volvió hacia nosotros con una sonrisa de triunfo.
Me dirigí hacia él y arranqué de mi talonario un cheque que no me preocupé de llenar. A la mañana siguiente se marchó con sus cajas, muy alegre. Me dijeron que canturreaba entre dientes estos versos:
«Para marchar yo solo por la tierra no hay fuerzas en mi alma...»
Desde aquel día no quise más conciertos en mi casa.



lunes, 8 de julio de 2013

Cómo lee el mal lector

C. S. Lewis, mejor conocido por ser el autor de la famosa serie de libros Las crónicas de Narnia, también fue un intuitivo “teórico” de la lectura, que en un volumen más bien breve (La experiencia de leer) nos legó algunas de las más inspiradoras páginas a propósito de la pasión por el lenguaje que constituye todo gran acercamiento al acto de lectura, aparentemente tan sencillo y tan poco digno de atención.



 Por C.S. Lewis


Es fácil establecer un contraste entre la apreciación puramente musical de una sinfonía y la actitud de aquellas personas para quienes su audición es tan sólo, o sobre todo, un punto de partida para alcanzar cosas tan inaudibles (y, por lo tanto, tan poco musicales) como las emociones y las imágenes visuales. En cambio, en el caso de la literatura nunca puede haber una apreciación puramente literaria similar a la que permite la música. Todo texto literario es una secuencia de palabras, y los sonidos (o sus equivalentes gráficos) son palabras en la medida en que a través de ellos la mente alcanza algo que está más allá. Ser una palabra significa precisamente eso. Por tanto, aunque atravesar los sonidos musicales para llegar a algo inaudible y no musical pueda ser una mala manera de abordar la música, atravesar las palabras para llegar a algo no verbal y no literario no es una mala manera de leer. Es, simplemente, leer. Si no, deberíamos decir que leemos cuando dejamos que nuestros ojos se paseen por las páginas de un libro escrito en una lengua que desconocemos, y podríamos leer a los poetas franceses sin necesidad de aprender el francés. Lo único que exige la primera nota de una sinfonía es que sólo prestemos atención a ella. En cambio, la primera palabra de la Riada dirige nuestra mente hacia la ira: hacia algo que conocemos al margen del poema e, incluso, al margen de la literatura.
Con esto no quiero prejuzgar acerca de la discusión entre quienes afirman que «un poema no debería significar sino ser» y quienes lo niegan. Sea o no esto cierto del poema, no cabe duda de que las palabras que lo integran deben significar. Una palabra que sólo «fuese», y que no «significase», no sería una palabra. Esto vale incluso para la poesía sin sentido. En su contexto, boojum no es un mero ruido. Si interpretásemos el verso de Gertrude Stein a rose is a rose («una rosa es una rosa») como arose is arose («surgió es surgió»), ya no sería el mismo verso.
Cada arte es él mismo y no cualquier otro arte. Por tanto, todo principio general que descubramos deberá tener una forma específica de aplicación en cada una de las artes. Lo que ahora nos interesa es descubrir cómo se aplica correctamente a la lectura la distinción que hemos establecido entre usar y recibir. ¿Qué actitud del lector carente de sensibilidad literaria corresponde a la concentración exclusiva del oyente sin sensibilidad musical en la «melodía principal», y al uso que éste hace de ella? Para averiguarlo podemos guiarnos por el comportamiento de esos lectores. A mi entender éste presenta las siguientes características:
Nunca, salvo por obligación, leen textos que no sean narrativos. No quiero decir que todos lean obras de narrativa. Los peores lectores son aquellos que viven pegados a «las noticias». Día a día, con apetito insaciable, leen acerca de personas desconocidas que, en lugares desconocidos y en circunstancias que nunca llegan a estar del todo claras, se casan con (o salvan, roban, violan o asesinan a) otras personas igualmente desconocidas. Sin embargo, esto no los diferencia sustancialmente de la categoría inmediatamente superior: la de los lectores de las formas más rudimentarias de narrativa. Ambos desean leer acerca del mismo tipo de hechos. La diferencia consiste en que los primeros, como Mopsa en la obra de Shakespeare, quieren «estar seguros de que esos hechos son verdaderos». Ello se debe a que es tal su ineptitud literaria que les resulta imposible considerar la invención una actividad lícita o tan siquiera posible. (La historia de la crítica literaria muestra que Europa tardó siglos en superar esta barrera.)
No tienen oído. Sólo leen con los ojos. Son incapaces de distinguir entre las más horribles cacofonías y los más perfectos ejemplos de ritmo y melodía vocálica. Esta falta de discernimiento es la que nos permite descubrir la ausencia de sensibilidad literaria en personas que por lo demás ostentan una elevada formación. Son capaces de escribir «la relación entre la mecanización y la nacionalización» sin que se les mueva un pelo.
Su inconsciencia no se limita al oído. Tampoco son sensibles al estilo, e incluso llegan a preferir libros que nosotros consideramos mal escritos. Haced la prueba y ofreced a un lector de doce años sin sensibilidad literaria (no todos los muchachitos de esa edad carecen de ella) La isla del tesoro a cambio de la historieta de piratas que constituye su dieta habitual; o bien, a un lector de la peor clase de ciencia ficción Los primeros hombres en la luna de Wells. A menudo os llevaréis una desilusión. Al parecer les estaréis ofreciendo el tipo de cosas que les gustan, pero mejor hechas: descripciones que realmente describen, diálogos bastantes verosímiles, personajes claramente imaginables. Picotearán un poco aquí y allá, y en seguida lo dejarán de lado. Ese tipo de libro contiene algo que los desconcierta.
Les gustan las narraciones en las que el elemento verbal se reduce al mínimo: «tiras» donde la historia se cuenta en imágenes, o filmes con el menor diálogo posible.
Lo que piden son narraciones de ritmo rápido. Siempre debe estar «sucediendo» algo. Sus críticas más comunes se refieren a la «lentitud», al «detallismo», etc., de las obras que rechazan.
No es difícil descubrir el origen de todo esto. Así como el oyente que no sabe escuchar música sólo se interesa por la melodía, el lector sin sensibilidad literaria sólo se interesa por los hechos. El primero descarta casi todos los sonidos que la orquesta produce realmente: lo único que quiere es tararear la melodía. El segundo descarta casi todo lo que hacen las palabras que tiene ante sus ojos: lo único que quiere es saber qué sucedió después.
Sólo lee relatos porque únicamente en ellos puede encontrar hechos. Es sordo para el aspecto auditivo de lo que lee porque el ritmo y la melodía no le sirven para descubrir quién se casó con (o salvó, robó, violó o asesinó a) quién. Le gustan las «tiras» y los filmes donde casi no se habla porque en ellos nada se interpone entre él y los hechos. Y les gusta la rapidez porque en un relato muy rápido sólo hay hechos.
Sus preferencias estilísticas requieren un comentario más extenso. Podría parecer que se tratase en este caso de un gusto por lo malo como tal, por lo malo en virtud de su maldad. Sin embargo, creo que no es así.
Tenemos la impresión de que nuestro juicio sobre el estilo de una persona, palabra por palabra y oración por oración, es instantáneo. Sin embargo, siempre es posterior, por infinitesimal que sea el intervalo, al efecto que las palabras y las oraciones producen en nosotros. Cuando leemos en Milton la expresión «sombra escaqueada» en seguida imaginamos cierta distribución de las luces y de las sombras, que se nos aparece con una intensidad e inmediatez desacostumbradas, produciéndonos placer. Por tanto, concluimos que la expresión «sombra escaqueada» es un ejemplo de buen estilo. El resultado demuestra la excelencia de los medios utilizados. La claridad del objeto demuestra la calidad de la lente con que lo miramos. Si, en cambio, leemos el pasaje del final de Guy Mannering, donde el héroe contempla el cielo y ve los planetas «rodando en su líquida órbita de luz», la imagen de los planetas rodando ante los ojos, o de las órbitas visibles, es tan ridicula que ni siquiera intentamos construirla. Aunque interpretásemos que órbitas no es el término deseado, sino orbes, la cosa no mejoraría, porque a simple vista los planetas no son orbes o esferas, ni siquiera discos. Lo único que encontramos es confusión. Por tanto, decimos que ese pasaje de Scott está mal escrito. La lente es mala porque no podemos ver a través de ella. Análogamente, cada oración que leemos proporciona o no satisfacción a nuestro oído interior. Sobre la base de esta experiencia declaramos que el ritmo del autor es bueno o malo.
Cabe señalar que todas las experiencias en que se basan nuestros juicios dependen de que tomemos en serio las palabras. Si no prestamos plena atención tanto al sonido como al sentido, si no estamos sumisamente dispuestos a concebir, imaginar y sentir lo que las palabras nos sugieren, seremos incapaces de tener esas experiencias. Si no tratamos realmente de mirar la lente, no podremos descubrir si ésta es buena o mala. Nunca podremos saber si un texto es malo, a menos que hayamos empezado por tratar de leerlo como si fuese bueno, para luego descubrir que con ello el autor estaba recibiendo un cumplido que no merecía. En cambio, el mal lector nunca está dispuesto a prodigar a las palabras más que el mínimo de atención que necesita para extraer del texto los hechos. La mayoría de las cosas que proporciona la buena literatura —y que la mala no proporciona— son cosas que ese lector no desea y con las que no sabe qué hacer.
Por eso no valora el buen estilo. Por eso, también, prefiere el mal estilo. Los dibujos de las «tiras» no necesitan ser buenos: si lo fuesen, su calidad constituiría incluso un obstáculo. Porque cualquier persona u objeto ha de poder reconocerse en ellos de inmediato y sin esfuerzo. Las figuras no están para ser examinadas en detalle sino para ser comprendidas como proposiciones; apenas se diferencian de los jeroglíficos. Pues bien: la función que desempeñan las palabras para el mal lector es más o menos ésa. Para él, la mejor expresión de un fenómeno o de una emoción (las emociones pueden formar parte de los hechos) es el cliché más gastado: porque permite un reconocimiento inmediato. «Se me heló la sangre» es un jeroglífico que representa el miedo. Lo que un gran escritor haría para tratar de expresar la singularidad de determinado miedo supone un doble obstáculo para este tipo de lector. De una parte, se le ofrece algo que no le interesa. De la otra, eso sólo se le ofrece si está dispuesto a dedicar a las palabras una clase y un grado de atención que no desea prodigarles. Es como si alguien tratase de vendernos algo que no nos sirve a un precio que no queremos pagar. El buen estilo le molestará porque es demasiado parco para lo que le interesa, o bien porque es demasiado rico. En un pasaje de D. H. Lawrence donde se describe un paisaje boscoso —o en otro de Ruskin, que describe un valle rodeado de montañas— encontrará muchísimo más de lo que es capaz de utilizar. Pero quedará insatisfecho con el siguiente pasaje de Malory: «Llegó ante un castillo grande y espléndido, con una poterna hacia el mar, que estaba abierta y sin guardia; en la entrada sólo había dos leones, y la luna brillaba». Tampoco estaría satisfecho si en lugar de: «Se me heló la sangre» leyese: «Tenía un miedo terrible». Para la imaginación del buen lector, este tipo de enunciación escueta de los hechos suele ser más evocativa. Pero el malo no se conforma con que la luna brille. Preferiría que le dijeran que el castillo estaba «sumido en el plateado diluvio de la luz lunar». Esto se explica en parte por la escasa atención que presta a las palabras. Si algo no se destaca, si el autor no lo «adereza», lo más probable es que pase inadvertido. Pero lo decisivo es que busca el jeroglífico: algo que desencadene sus reacciones estereotipadas ante la luz de la luna (desde luego, tal como aparece en los libros, las canciones y los filmes; creo que los recuerdos del mundo real son muy tenues e influyen apenas en su lectura). Por tanto, su manera de leer adolece paradójicamente de dos defectos. Carece de la imaginación atenta y obediente que le habría permitido utilizar cualquier descripción completa y detallada de una escena o de un sentimiento. Y, de otra parte, también le falta la imaginación fecunda, capaz de construir (en el momento) la escena basándose en los meros hechos. Por tanto, lo que pide es un decoroso simulacro de descripción y análisis, que no requiera una lectura atenta, pero que baste para hacerle sentir que la acción no se desarrolla en el vacío: algunas referencias vagas a los árboles, la sombra y la hierba, en el caso de un bosque; o alguna alusión al ruido de botellas destapadas y a mesas desbordantes, en el caso de un banquete. Para esto, nada mejor que los clichés. Este tipo de pasajes le impresionan tanto como el telón de fondo al aficionado al teatro: nadie le presta realmente atención, pero todos notarían su ausencia si no estuviera allí. Así pues, el buen estilo casi siempre molesta, de una manera u otra , a este tipo de lector. Cuando un buen escritor nos lleva a un jardín suele darnos una imagen precisa de ese jardín particular en ese momento particular —descripción que no necesita ser larga, pues lo importante es saber seleccionar—, o bien se limita a decir: «Fue en el jardín, por la mañana temprano». Al mal lector no le gusta una cosa ni la otra. Lo primero le parece mero «relleno»: quiere que el autor «se deje de rodeos y vaya al grano». Lo segundo le espanta como el vacío: allí su imaginación no puede respirar.
Hemos dicho que el interés de este tipo de lector por las palabras es tan reducido que su uso de ellas dista mucho de ser pleno. Pero conviene señalar la existencia de un tipo diferente de lector, que se interesa muchísimo más por ellas, si bien no de la manera correcta. Me refiero a los que llamo «fanáticos del estilo». Cuando cogen un libro, estas personas se concentran en lo que llaman su «estilo» o su «lenguaje». El juicio que éste les merece no se basa en sus cualidades sonoras ni en su capacidad expresiva, sino en su adecuación a ciertas reglas arbitrarias. Para ellos, leer es una caza de brujas permanentemente dirigida contra los americanismos, los galicismos, las oraciones que acaban con una preposición y la inserción de adverbios en los infinitivos. No se preguntan si el americanismo o el galicismo en cuestión enriquece o empobrece la expresividad de nuestra lengua. Tampoco les importa que los mejores hablantes y escritores ingleses lleven más de un milenio construyendo oraciones acabadas con preposiciones. Hay muchas palabras que les desagradan por razones arbitrarias. Una es «una palabra que siempre han odiado»; otra «siempre les sugiere determinada cosa». Ésta es demasiado común; aquélla, demasiado rara. Son las personas menos cualificadas para opinar sobre el estilo, porque jamás aplican los únicos dos criterios realmente pertinentes: los que sólo toman en cuenta (como diría Dryden) su aspecto «sonante y significante». Valoran el instrumento por cualquiera de sus aspectos menos por su idoneidad para realizar la función que se le ha asignado; tratan la lengua como algo que «es», no como algo que «significa»; para criticar la lente la miran en lugar de mirar a través de ella. Se ha dicho muchas veces que la ley sobre la obscenidad literaria se aplicaba exclusivamente contra determinadas palabras, y que los libros no se prohibían por su intención sino por su vocabulario; de manera que un escritor podía administrar sin trabas a su público los afrodisíacos más poderosos siempre y cuando fuese capaz —¿qué escritor competente no lo es?— de evitar los vocablos interdictos. Los criterios del fanático del estilo son tan ineficaces —aunque por otra razón— como los de esa ley; equivocan su objetivo de la misma manera. Si la mayoría de las personas son iliteratas, él es «antiliterato». Crea en la mente de esas personas (que, por lo general, han tenido que soportarlo en la escuela) una aversión hasta por la palabra estilo, y una profunda desconfianza por todo libro del que se diga que está bien escrito. Si estilo es lo que aprecia el fanático del estilo, entonces esa aversión y esa desconfianza están totalmente justificadas.
Como ya he dicho, el oyente que no sabe escuchar música selecciona la melodía principal; la utiliza para tararearla o silbarla, y para entregarse a ensoñaciones emocionales e imaginativas. Por supuesto, las melodías que más le gustan son las que más se prestan a ese tratamiento. Del mismo modo, el mal lector selecciona los hechos, «lo que sucedió». Los tipos de hechos que más le gustan concuerdan con la forma en que los utiliza. Podemos distinguir tres tipos principales.
Le gusta lo «emocionante»: los peligros inminentes y los escapes por un tris. El placer consiste en la permanente excitación y distensión de la ansiedad (indirecta). El hecho de que existan jugadores demuestra que muchas personas encuentran placer incluso a través de la ansiedad real, o, al menos, que ésta es un ingrediente necesario de la actividad placentera. La popularidad de que gozan las demostraciones de los rompecoches y otros espectáculos de ese tipo demuestra que la sensación de miedo, cuando va unida a la de un peligro real, es placentera. Las personas de espíritu más templado buscan el peligro y el miedo reales por mero placer. En cierta ocasión un montañero me dijo lo siguiente: «Una ascensión sólo es realmente divertida si en algún momento uno jura que si logra bajar con vida jamás volverá a subir a una montaña». El hecho de que la persona que no sabe leer bien desee «emociones» no tiene nada de asombroso. Es un deseo que todos compartimos. A todos nos gusta estar pendientes de un final reñido.
En segundo lugar, le gusta que su curiosidad sea excitada, exacerbada y, finalmente, satisfecha. De ahí la popularidad de los relatos de misterio. Este tipo de placer es universal y, por tanto, no necesita explicación. A él se debe gran parte de la alegría que siente el filósofo, el científico o el erudito. Y también el cotilla.
En tercer lugar, le gustan los relatos que le permiten participar —indirectamente, a través de los personajes— del placer o la dicha. Esos relatos son de varios tipos. Pueden ser historias de amor, que, a su vez, pueden ser sensuales y pornográficas o sentimentales y edificantes. Pueden ser relatos cuyo tema sea el éxito en la vida: historias sobre la alta sociedad o, simplemente, sobre la vida de gente rica y rodeada de lujos. Será mejor no suponer que en cualquiera de estos casos el placer indirecto siempre es un sucedáneo del placer real. No sólo las mujeres feas y no amadas leen historias de amor; no todos los que leen historias sobre éxitos son unos fracasados.
Distingo entre estas clases de historias por razones de claridad. De hecho, la mayoría de los libros sólo pertenecen en su mayor parte pero no por completo a una u otra de dichas clases. Los relatos de emoción o de misterio suelen incluir —a menudo automáticamente— un «toque» de amor. La historia de amor, el idilio o el relato sobre la alta sociedad deben tener algún ingrediente de suspense y ansiedad, por trivial que sea.
Que quede bien claro que el lector sin sensibilidad literaria no lee mal porque disfrute de esta manera con los relatos, sino porque sólo es capaz de hacerlo así. Lo que le impide alcanzar una experiencia literaria plena no es lo que tiene sino lo que le falta. Bien podría haber hecho una cosa sin dejar de hacer las otras. Porque hay buenos lectores que también disfrutan de esa manera cuando leen buenos libros. A todos se nos corta la respiración mientras el Cíclope tantea el cuerpo del carnero que transporta a Ulises, y nos preguntamos cómo reaccionará Fedra (e Hipólito) ante el inesperado regreso de Teseo, o cómo influirá la deshonra de la familia Bennet sobre el amor de Darcy por Elizabeth. Nuestra curiosidad se excita muchísimo cuando leemos la primera parte de Confesiones de un pecador justificado, o al enterarnos del cambio de conducta del general Tilney. Deseamos intensamente poder descubrir quién es el desconocido benefactor de Pip en Grandes esperanzas. Cada estrofa de The House of Busirane de Spenser estimula nuestra curiosidad. En cuanto al goce indirecto de la dicha imaginada, la mera existencia del género pastoril le asegura un puesto respetable en la literatura. Y en los demás géneros, si bien no exigimos que todo relato tenga un final feliz, cuando éste se produce, y encaja bien y está bien hecho, disfrutamos, sin duda, de la dicha de los personajes. Estamos dispuestos incluso a disfrutar indirectamente de la realización de deseos totalmente irrealizables, como los de la escena de la estatua en Cuento de invierno; porque ¿hay acaso deseo más irrealizable que el de que resucite la persona a quien hemos tratado con crueldad e injusticia, y que ésta nos perdone, y que «todo vuelva a ser como antes»? Quienes sólo buscan en la lectura esa felicidad indirecta son malos lectores; pero se equivocan quienes afirman que el buen lector nunca puede gozar también de ella.


sábado, 6 de julio de 2013

Un viejo manuscrito


Por Franz Kafka


Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.
Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día.
Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en afilar las espadas, en aguzar las flechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos.
Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las cede.
También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quien sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días.
Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios en torno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey.
Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.
-¿En qué terminará esto? -nos preguntamos todos-. ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traído a los nómadas, pero no sabe cómo hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.