domingo, 3 de febrero de 2013

Nadie se va a reír. [2]


Por Milan Kundera




5

Sí, mi residencia permanente está en Litomysl; tengo allí a mamá, a mis amigos y los recuerdos de papá; cuando puedo me voy de Praga y estudio y escribo en casa, en el pequeño piso de mamá. Así fue como mantuve formalmente mi residencia permanente en casa de mamá, y en Praga no fui capaz de conseguir ni siquiera un apartamento adecuado, como Dios manda, y por eso vivía subalquilado en Vrsovice, en un altillo, en una buhardillita completamente independiente, cuya existencia procuraba en la medida de lo posible ocultar para que no se produjeran innecesarios encuentros de indeseados huéspedes con mis compañeras provisionales de piso o mis visitantes femeninas.
No puedo negar que éste era uno de los motivos por los cuales no gozaba en la casa del mejor renombre. Durante algunas de mis estancias en Litomysl les había prestado la habitación a amigos que la utilizaban para divertirse, y se divertían tanto que no permitían que nadie pegase ojo en el edificio durante toda la noche. Aquello indignaba a algunos de los habitantes del edificio, de modo que estaban empeñados en una guerra secreta contra mí, que se manifestaba de vez en cuando en los informes que emitía sobre mí el Comité de Vecinos y hasta en una queja presentada ante la Administración de viviendas.
En la época a la que me estoy refiriendo, a Klara le empezó a parecer complicado desplazarse desde Celakovice para ir al trabajo, de modo que comenzó a pasar la noche en mi casa. Al principio lo hacía con timidez y excepcionalmente, luego colgó un vestido en el armario, después varios vestidos y, al cabo de poco tiempo, mis dos trajes se apretujaban en un rincón y mi pequeña habitación se había convertido en un saloncito femenino.
Klara me gustaba; era hermosa; yo disfrutaba de que la gente nos mirase cuando íbamos juntos; tenía por lo menos trece años menos que yo, lo cual acrecentaba mi prestigio entre los alumnos; tenía, en una palabra, multitud de motivos para dedicarle todo tipo de atenciones. Pero no quería que se supiera que vivía conmigo. Tenía miedo de que se extendiesen por la casa las habladurías y los cotilleos; tenía miedo de que alguien empezara a meterse con mi viejo y amable casero, que era discreto y no se ocupaba de mí; tenía miedo de que, un buen día, a disgusto y contra su voluntad, viniera a pedirme que para mantener su buen nombre echase a la señorita.
Por eso Klara tenía instrucciones estrictas de no abrirle la puerta a nadie.
Aquel día estaba sola en casa. Era un día soleado y la temperatura en la buhardilla era casi sofocante. Por eso estaba tumbada en la cama, desnuda, ocupada en mirar al techo.
Y en ese momento oyó que golpeaban a la puerta.
No era nada inquietante. En mí buhardilla no había timbre y, cuando venía alguien, tenía que golpear. De modo que Klara no dejó que el ruido la interrumpiese y siguió mirando el techo, sin la menor intención de dejar de hacerlo. Pero los golpes no se detenían; por el contrario, continuaban con serena e incomprensible persistencia. Klara se puso nerviosa; empezó a imaginarse que ante la puerta había un hombre que lenta y significativamente daba vuelta a la solapa de su chaqueta, un hombre que al final le echaría violentamente en cara que no le hubiese abierto, un hombre que le preguntaría qué estaba ocultando, qué escondía y si tenía registrado allí su domicilio. La invadió el sentimiento de culpa; despegó los ojos del techo y se puso a buscar rápidamente el sitio donde había dejado la ropa. Pero los golpes eran tan insistentes que en medio de la confusión no encontró más que mi impermeable. Se lo puso y abrió la puerta.
Pero en lugar del rostro hosco del inspector se encontró sólo con un pequeño hombrecillo que hacía una reverencia:
—¿Está en casa el señor ayudante?
—No, no está en casa...
—Qué pena —dijo el hombrecillo y pidió amablemente disculpas por interrumpir—. Es que el señor ayudante debe escribir un informe sobre un trabajo mío. Me lo prometió y ya es muy urgente. Con su permiso, quisiera dejarle al menos un recado.
Klara le dio al hombrecillo papel y lápiz, y yo me enteré por la noche de que el destino del estudio sobre Mikolas Ales estaba únicamente en mis manos y de que el señor Zaturecky aguardaba respetuosamente mi informe y procuraría localizarme una vez más en la Facultad.


6

Al día siguiente la señora Marie me contó cómo le había amenazado el señor Zaturecky, cómo había gritado y cómo había ido a quejarse de ella; la voz le temblaba y estaba a punto de llorar; me dio rabia. Comprendí perfectamente que la secretaria, que hasta ahora se había reído de mi juego al escondite (aunque apostaría el cuello que lo hacía más por amabilidad hacia mí que porque se divirtiera sinceramente), se sentía ahora maltratada y veía naturalmente en mí al causante de sus problemas. Y si a esto le añadía la violación del secreto de mi buhardilla, los diez minutos de golpes a la puerta y el susto que había pasado Klara, la rabia se convirtió en un ataque de furia.
Y cuando estaba dando vueltas de un lado a otro por el despacho de la señora Marie, cuando me estaba mordiendo los labios, cuando estaba en plena ebullición y pensando en la venganza, se abrió la puerta y apareció el señor Zaturecky.
Al verme brilló en su cara un resplandor de felicidad. Hizo una reverencia y saludó.
Había llegado un poco antes de tiempo, un poco antes de que yo hubiera tenido oportunidad de meditar mi venganza.
Me preguntó si ayer había recibido su mensaje.
No le contesté.
Repitió la pregunta.
—Lo recibí —dije.
—¿Y hará el favor de escribirme ese informe?
Lo veía delante de mí, enfermizo, terco, lastimero; veía la arruga transversal que dibujaba en su frente la línea de su única pasión; observé aquella sencilla línea y comprendí que era una recta determinada por dos puntos: mi informe y su artículo; que al margen del vicio de esta recta maniática no había en su vida más que ascetismo. Y en ese momento se me ocurrió una maldad salvadora.
—Espero que comprenda que, después de lo ocurrido ayer, no tengo nada de que hablar con usted — dije.
—No le comprendo.
—No finja. Ella me lo dijo todo. Es inútil que lo niegue.
—No le comprendo —repitió, pero esta vez con más decisión, el pequeño hombrecillo.
Puse un tono de voz jovial, casi amistoso:
—Mire usted, señor Zaturecky, yo no se lo reprocho. A fin de cuentas yo también soy mujeriego y lo comprendo. Yo en su lugar también habría intentado [23] ligar con una chica tan guapa, si hubiera estado a solas con ella en el piso y si llevara puesto un impermeable de hombre sin nada debajo.
—Esto es una ofensa —palideció el hombrecillo.
—No, señor Zaturecky, es la verdad.
—¿Se lo dijo esa dama?
—No tiene secretos para mí.
—¡Camarada ayudante, eso es una ofensa! Soy un hombre casado. ¡Tengo mujer! ¡Tengo hijos! —el hombrecillo dio un paso hacia delante, de modo que me vi obligado a retroceder.
—Peor aún, señor Zaturecky.
—¿Qué quiere decir con eso de peor aún?
—Me refiero a que para un mujeriego estar casado es un agravante.
—¡Eso tendrá que retirarlo! —dijo el señor Zaturecky amenazante.
—Como usted quiera —acepté—. Estar casado no siempre es una circunstancia agravante para un mujeriego. Pero eso no tiene importancia. Ya le he dicho que no me enfado con usted y que le comprendo. Lo único que no puedo entender es cómo puede pretender que una persona a la que le quiere quitar la mujer, le haga su informe.
—¡Camarada ayudante! ¡Quien le pide ese informe es el doctor Kalousek, redactor del “Pensamiento Artístico”, una revista de la Academia de Ciencias! ¡Y usted tiene que escribir ese informe!
—El informe o la mujer. No puede pedir las dos cosas.
—¡Cómo puede comportarse de ese modo, camarada! —me gritó el señor Zaturecky, indignado y desesperado.
Qué curioso, de pronto tuve la sensación de que el señor Zaturecky había pretendido realmente seducir a Klara. Me indigné y le grité:
—Pero ¿cómo puede atreverse usted a llamarme la atención? Usted, que debería pedirme humildemente disculpas aquí mismo, delante de la señora secretaria.
Me volví de espaldas al señor Zaturecky, y él, confuso, salió trastabillando de la habitación.
—Bueno —respiré como si acabara de ganar un duro combate y le dije a la señora Marie—: Espero que ahora ya no pretenderá que le escriba ese informe.
La señora Marie sonrió y al cabo de un momento me preguntó tímidamente:
—¿Y por qué no quiere hacerle ese informe?
—Porque lo que ha escrito es una terrible estupidez.
—¿Y entonces por qué no pone en el informe que es una estupidez?
—¿Por qué se lo iba a escribir? ¿Para qué tengo que enemistarme con nadie?
La señora Marie me miró con una sonrisa tolerante; y en ese momento se abrió la puerta y apareció el señor Zaturecky con el brazo extendido:
—¡No seré yo el que tenga que disculparse, será usted!
Lo dijo con voz temblorosa y volvió a desaparecer.


7

No lo recuerdo con exactitud, quizá fue ese mismo día, quizá unos días más tarde, cuando encontramos en mi buzón una carta en la que no figuraba la dirección. Dentro había un texto trabajosamente escrito, con letra inexperta: ¡Estimada! Venga a verme el domingo para hablar de las ofensas a mi marido. Estaré en casa todo el día. Si no viene, me veré obligada a tomar medidas. Anna Zaturecka, Praga 3, Dalimilova 14.
Klara estaba aterrorizada y empezó a decir algo acerca de que la culpa era mía. Hice un gesto despectivo y dije que el sentido de la vida consistía en divertirse viviendo y que, si la vida era demasiado holgazana para que eso fuera posible, no había más remedio que darle un empujoncito. Uno debe cabalgar permanentemente a lomos de las historias, esos potros raudos sin los cuales se arrastraría uno por el polvo como un peón aburrido.
Cuando Klara me dijo que no tenía la menor intención de cabalgar a lomos de ninguna historia, le garanticé que jamás vería al señor Zaturecky ni a la señora Zaturecka y que la historia sobre cuya montura había saltado yo, iba a dominarla tranquilamente yo solo.
Por la mañana, cuando salíamos de casa, nos detuvo el portero. El portero no es mi enemigo. Hace ya tiempo que lo soborné sabiamente con un billete de cincuenta coronas y desde entonces he vivido con la agradable convicción de que había aprendido a no enterarse de nada que se refiriera a mí y no echaba leña al fuego que mis enemigos avivan en mi contra.
—Ayer hubo dos que preguntaron por usted —le dijo.
—¿Cómo eran?
—Uno bajito, con una tía.
—¿Cómo era la tía?
—Le sacaba dos cabezas. Muy enérgica. Una tía dura. No paraba de hacer preguntas —se dirigió a Klara—: Más que nada preguntaba por usted. Que quién era y que cómo se llamaba.
—Dios mío, ¿y qué le dijo? —se asustó Klara.
—¿Qué le iba a decir? Yo qué sé quién viene a casa del señor ayudante. Le dije que todas las noches venía una distinta.
—Estupendo —saqué del bolsillo un billete de diez coronas—. Siga diciendo lo
mismo.
—No tengas miedo —le dije después a Klara—, el domingo no irás a ninguna parte y nadie te encontrará.
Y llegó el domingo, tras el domingo el lunes, el martes, el miércoles.
—Ya ves —le dije a Klara.
Pero después llegó el jueves. Les estaba contando a mis alumnos, en la habitual clase secreta, cómo los jóvenes fauvistas, apasionadamente y con generosa camaradería, liberaron el color de las ataduras descriptivas del impresionismo, cuando de pronto abrió la puerta la señora Marie y me dijo al oído:
—Está aquí la mujer de ese Zaturecky.
—Pero si yo no estoy —le dije—, enséñele el horario.
Pero la señora Marie hizo un gesto de negación con la cabeza:
—Ya se lo dije, pero ella se metió en su despacho y vio que había un impermeable en el perchero. Y ahora está sentada en el pasillo, esperando.
Los callejones sin salida son mi mejor fuente de inspiración. Le dije a mi alumno preferido:
—Tenga la amabilidad de hacerme un pequeño favor. Vaya a mi despacho, póngase mi impermeable y salga del edificio con él puesto. Habrá una mujer que intentará demostrarle que yo soy usted, pero su tarea consiste en negarlo a cualquier precio.
Mi alumno se fue y regresó al cabo de un cuarto de hora. Me comunicó que había cumplido el encargo, que el campo estaba libre y la mujer fuera de la Facultad.
Por una vez había ganado la partida.
Pero luego llegó el viernes, y Klara volvió del trabajo casi temblando.
El amable señor, que recibe a las clientes en el distinguido salón de la empresa de confección, abrió ese día de pronto la puerta trasera que conduce al taller en el que junto con otras quince costureras trabaja mi Klara y gritó:
—¿Vive alguna de vosotras en el número cinco de la calle Pushkin?
Klara sabía perfectamente que se trataba de ella, porque Pushkin 5 es mi dirección. Pero, haciendo gala de prudencia, no respondió, porque sabía que vivía en mi casa ilegalmente y que nadie tenía por qué inmiscuirse en eso.
—Ya se lo decía yo —dijo el amable señor al ver que ninguna de las costureras respondía, y se marchó.
Al poco tiempo, Klara se enteró de que una mujer de voz severa que llamó por teléfono le había obligado a consultar las direcciones de las empleadas y había estado un cuarto de hora convenciéndolo de que en la empresa tenía que haber una mujer que viviese en Pushkin 5.
La sombra de la señora Zaturecka yacía sobre nuestra idílica habitación.
—Pero ¿cómo ha podido averiguar dónde trabajas? ¡Si en este edificio nadie sabe nada de ti! —exclamé.
Sí, estaba realmente convencido de que nadie sabía de nosotros. Vivía como un excéntrico que cree pasar desapercibido tras una elevada muralla, sin percatarse de un único detalle: de que la muralla es de cristal transparente.
Sobornaba al portero para que no dijese que Klara vivía en mi casa, obligaba a Klara a tomar complicadas medidas para permanecer en secreto y pasar inadvertida, mientras todo el mundo sabía que estaba allí. Bastó una imprudente conversación de Klara con la inquilina del segundo y ya se sabía hasta el sitio en donde trabajaba.
Sin que nosotros tuviésemos la menor sospecha, hacía tiempo que habíamos sido descubiertos. Lo único que seguía siendo un secreto para nuestros perseguidores era el nombre de Klara. Este secreto era el único y el último escondite que nos permitía seguir huyendo de la señora Zaturecka, que había iniciado su lucha con una tenacidad y un método que me horrorizaban.
Comprendí que la cosa iba en serio; que el caballo de mi historia ya estaba cabalgando a toda marcha.


8

Aquello sucedió el viernes. Y cuando Klara llegó el sábado del trabajo, temblaba una vez más. Había ocurrido lo siguiente:
La señora Zaturecka fue con su marido a la empresa a la que había llamado por teléfono el día anterior y le pidió al director que les permitiese visitar el taller con su marido y examinar las caras de todas las costureras que estuviesen presentes. La petición le pareció ciertamente extraña al director, pero la cara que ponía la señora Zaturecka no era como para rechazar sus exigencias. Hablaba de un modo confuso de ofensas, de vidas destrozadas y de procedimientos judiciales. El señor Zaturecky estaba a su lado, ponía cara de disgusto y permanecía callado.
Así que fueron conducidos al taller. Las costureras levantaron con indiferencia la cabeza y Klara reconoció al hombrecillo; se puso pálida y con llamativo disimulo continuó cosiendo.
—Adelante —le dijo con irónica amabilidad el director al inmóvil dúo. La señora Zaturecka comprendió que debía tomar la iniciativa e incitó a su marido:
—¡Vamos, mira!
El señor Zaturecky levantó la vista con el ceño fruncido y miró a su alrededor.
—¿Es alguna de éstas? —le preguntó al oído la señora Zaturecka.
Al parecer el señor Zaturecky no veía con la precisión suficiente, ni siquiera con gafas, como para abarcar con la mirada, en su conjunto, aquel gran espacio cubierto que, por lo demás, era bastante accidentado, estaba lleno de trastos apilados y de trajes colgados de barras horizontales, y en el que las inquietas costureras no estaban ordenadamente sentadas de cara a la puerta, sino cada cual a su aire: se volvían, cambiaban de silla, se levantaban y miraban involuntariamente hacia otro sitio. De modo que tuvo que recorrer el taller procurando que no se le escapase ninguna.
Cuando las mujeres se dieron cuenta de que estaban siendo observadas por alguien, y además por alguien tan poco agraciado y para ellas tan poco apetecible, experimentaron en lo más profundo de su sensibilidad una vaga sensación de humillación y comenzaron a rebelarse silenciosamente, riéndose y murmurando. Una de ellas, una joven gruesa y malhablada, le espetó:
—¡El tío anda buscando por toda Praga a la desgraciada que lo dejó preñado!
Sobre la pareja se desplomó la burla ruidosa y basta de las mujeres, pero ambos se quedaron en medio de aquella burla, tímidos y tercos, con una especie de extraña dignidad.
—Madre —volvió a exclamar la chica malhablada dirigiéndose a la señora Zaturecka— ¡tiene que cuidar mejor al chiquillo! ¡Yo a un niño tan bonito como ése no lo dejaría ni salir de casa!
—Sigue mirando —le susurró la mujer a su marido, y él, temeroso y con el ceño fruncido, siguió avanzando, paso a paso, como si recorriese el sendero de la vergüenza y el castigo, pero siguió con firmeza y sin dejar de lado ni una sola cara.
El director sonreía durante todo el tiempo con una sonrisa neutra; conocía bien a las mujeres con las que trabajaba y sabía que no había nada que hacer con ellas; por eso fingió no oír el barullo que hacían y le preguntó al señor Zaturecky:
—¿Y qué aspecto debería tener esa mujer?
El señor Zaturecky se volvió hacia el director y lentamente y en tono serio dijo:
—Era hermosa... era muy hermosa...
Mientras tanto Klara se encogía en un rincón del taller, diferenciándose por su intranquilidad, su cabeza agachada y su febril actividad de todas las demás mujeres que se divertían con la escena. ¡Qué mal simulaba su insignificancia, tratando de pasar desapercibida! Y el señor Zaturecky ya estaba a un paso de ella y en unos segundos iba a mirarla a la cara.
—No es gran cosa recordar únicamente que era hermosa —le dijo el amable director
al señor Zaturecky—. Hay muchas mujeres hermosas. ¿Era alta o baja?
—Alta —dijo el señor Zaturecky.
—¿Era rubia o morena?
El señor Zaturecky se detuvo a reflexionar y dijo:
—Era rubia.
Esta parte de la historia podría servir de parábola sobre la fuerza de la belleza. El señor Zaturecky, cuando vio por primera vez a Klara en mi casa, se quedó tan deslumbrado que en realidad no la vio. La belleza formó ante ella una especie de cortina impenetrable. Una cortina de luz tras la cual estaba escondida como si fuera un velo.
Es que Klara no es ni alta ni rubia. Fue la grandeza interior de la belleza, nada más, la que le dio, ante los ojos del señor Zaturecky, la apariencia de altura física. Y la luz que la belleza irradia le dio a su pelo apariencia dorada.
Así fue cómo, cuando el hombrecillo llegó por fin al rincón del taller en donde Klara se inclinaba nerviosa sobre una falda a medio coser, vestida con su bata marrón de trabajo, no la reconoció. No la reconoció porque jamás la había visto.

Nadie se va a reír. [1]



Por Milan Kundera



1

“Sírveme un poco más de slivovice”, me dijo Klara y yo no puse objeciones.
El pretexto esgrimido para abrir la botella no había sido nada fuera de lo corriente, pero bastaba: ese día yo había recibido una gratificación relativamente importante por la última parte de un estudio mío que se había publicado por entregas en una revista especializada en crítica de arte.
La propia publicación del estudio había tenido sus más y sus menos. El texto era pura agresividad y pura polémica. Por eso primero me lo rechazaron en la revista “Pensamiento Artístico”, cuya redacción es más formal y precavida, y por fin lo publicaron en la revista de la competencia, de menor tirada, cuyos redactores son más jóvenes e imprudentes.
El dinero me lo trajo el cartero a la Facultad, junto con una carta; una carta sin importancia; acababa de adquirir la sensación de estar muy por encima del resto de los mortales y por la mañana apenas la leí. Pero ahora, en casa, cuando el reloj se acercaba a la medianoche y el nivel del líquido en la botella se aproximaba al fondo, la cogí de la mesa para que nos sirviera de diversión.
“Estimado camarada y, si me permite ese tratamiento, colega”, empecé a leérsela a Klara. “Disculpe, por favor, que una persona como yo, con la que Ud. no ha hablado en la vida, le escriba esta carta. Me dirijo a Ud. para rogarle que tenga la amabilidad de leer el artículo adjunto. No le conozco a Ud. personalmente, pero le aprecio como persona cuyos juicios, reflexiones y conclusiones me han llenado de asombro, porque su coincidencia con los resultados de mis propias investigaciones es tal que me he quedado completamente consternado...” y seguían una serie de elogios a las excelencias de mi obra y una petición: Si tendría la amabilidad de escribir un informe sobre su artículo, un juicio crítico para la revista “Pensamiento Artístico”, en la que desde hace ya más de medio año se lo rechazan y se niegan a prestarle atención. Le dijeron que mi valoración sería decisiva, de modo que ahora me he convertido en su única esperanza como escritor, en la única lucecilla que le alumbra en la terrible oscuridad.
Nos reímos del señor Zaturecky, cuyo rimbombante apellido nos fascinaba; pero nos reímos de él sin ensañarnos, porque los elogios que me dirigía, especialmente en combinación con la excelente botella de slivovice, me habían ablandado. Me habían ablandado de tal modo que en aquellos instantes inolvidables amaba a todo el mundo. Naturalmente, de todo el mundo a quien más amaba era a Klara, aunque sólo fuese porque estaba sentada frente a mí, mientras que el resto del mundo estaba oculto tras las paredes de mi buhardilla del barrio de Vrsovice. Y como en aquel momento no tenía nada con qué obsequiar al mundo, obsequiaba a Klara. Al menos con promesas.
Klara era una chica de veinte años y de buena familia. ¡Qué digo de buena, de excelente familia! Su padre había sido director de un banco y, como representante de la alta burguesía, en el año cincuenta había sido obligado a trasladarse al pueblo de Celakovice, a buena distancia de Praga. Su hijita tenía malos antecedentes políticos y trabajaba de costurera en una gran fábrica de la empresa de confección de Praga. Yo estaba sentado frente a ella y procuraba aumentar sus simpatías por mí hablándole irreflexivamente de las ventajas del trabajo que había prometido conseguirle con la ayuda de mis amigos. Le dije que era imposible que una chica tan guapa desperdiciase su belleza junto a una máquina de coser y decidí que era necesario que se hiciera modelo.
Klara no tuvo nada que objetar y pasamos la noche en feliz coincidencia.


2

El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido.
Aquella noche pensé que estaba brindando por mis éxitos, sin tener la menor sospecha de que estaba celebrando la inauguración de mis fracasos.
Y como no tenía la menor sospecha, al día siguiente me desperté de buen humor y, mientras Klara seguía respirando feliz a mi lado, me puse a leer en la cama, con caprichosa indiferencia, el artículo que acompañaba a la carta.
Se titulaba “Mikolas Ales, el maestro del dibujo checo” y en verdad no valía la pena ni siquiera la media hora de lectura distraída que le dediqué. Era una colección de trivialidades amontonadas sin el menor sentido de la interrelación y sin la menor pretensión de añadirles alguna idea propia.
Estaba clarísimo que se trataba de una tontería. Por lo demás el doctor Kalousek, redactor de “Pensamiento Artístico” (un hombre excepcional mente antipático), me lo confirmó ese mismo día por teléfono: “Oye, ¿te llegó el rollo de Zaturecky?... Deberías decírselo por escrito. Ya se lo rechazaron cinco redactores y sigue dando la lata; ahora se ha inventado que la única autoridad en el tema eres tú. Dile en dos líneas que es una idiotez, tú sabes hacerlo, las frases venenosas se te dan muy bien; y así nos quedaremos todos en paz”.
Pero dentro de mí había algo que se rebelaba: ¿por qué tengo que ser precisamente yo el verdugo del señor Zaturecky? ¿Acaso me pagan a el sueldo de redactor por hacer ese trabajo? Además recordaba perfectamente que en “Pensamiento Artístico” habían rechazado mi estudio porque les dio miedo publicarlo; en cambio, el nombre del señor Zaturecky estaba firmemente unido en el recuerdo a Klara, la botella de slivovice y una hermosa noche. Y finalmente —no voy a negarlo, es humano— podría contar con un solo dedo a las personas que me consideran “la única autoridad en el tema”: ¿por qué iba a tener que perder a esa única persona?
Terminé la conversación con Kalousek con alguna graciosa vaguedad que él podía considerar como promesa, y yo como excusa, y colgué el teléfono, firmemente decidido a no escribir nunca el informe sobre el trabajo del señor Zaturecky.
En lugar de eso saqué del cajón el papel de carta y le escribí al señor Zaturecky, evitando pronunciar ningún juicio sobre su trabajo y poniendo como disculpa que mis opiniones sobre la pintura del siglo diecinueve eran consideradas por todo el mundo erróneas y extravagantes y que por eso una intercesión mía —en especial tratándose de la redacción de “Pensamiento Artístico”— podía más perjudicarle que favorecerle; al mismo tiempo, me dirigía al señor Zaturecky con una amistosa locuacidad de la que era imposible no deducir mis simpatías hacia él.
En cuanto eché la carta al correo, me olvidé del señor Zaturecky. Pero el señor Zaturecky no se olvidó de mí.


3

Un buen día, justo al terminar mi clase —doy clases de Historia de la Pintura en la Universidad— llamó a la puerta del aula nuestra secretaria, la señora Marie, una mujer amable de cierta edad que de vez en cuando me hace una taza de café y dice que no estoy cuando me llaman mujeres por teléfono y yo no quiero ponerme. Asomó la cabeza por la puerta del aula y me dijo que había un señor esperándome.
Los señores no me dan miedo, así que me despedí de los alumnos y salí al pasillo con buen ánimo. Allí me saludó con una inclinación de cabeza un hombrecillo pequeño que llevaba un traje negro bastante usado y una camisa blanca. Me comunicó muy respetuosamente que era Zaturecky.
Invité al visitante a pasar a una habitación que estaba libre, le indiqué que se sentase en un sillón y, en tono jovial, empecé a conversar con él de todo un poco, del mal tiempo que hacía aquel verano, de las exposiciones que había en Praga. El señor Zaturecky asentía amablemente a cualquier tontería que yo dijese, pero de inmediato trataba de relacionar cada uno de mis comentarios con su artículo sobre Mikolas Ales, y el artículo yacía de pronto entre nosotros, en su invisible sustancia, como un imán del que no era posible librarse.
—Nada me gustaría más que hacer un informe sobre su trabajo —dije por fin—, pero ya le he explicado en mi carta que no me consideran experto en el siglo diecinueve checo y que además estoy un poco enfrentado con la redacción de “Pensamiento Artístico” porque me tienen por un fanático modernista, de modo que una valoración positiva mía sólo podría perjudicarle.
—Oh, es usted demasiado modesto —dijo el señor Zaturecky—. ¡Un experto como usted! ¿Cómo puede valorar tan negativamente su posición? En la redacción me han dicho que todo dependerá exclusivamente de su valoración. Si usted se pone de parte de mi artículo, lo publicarán. Es usted mi única salvación. Se trata del producto de tres años de estudio y tres años de trabajo. Ahora todo está en sus manos.
¡Con qué ligereza y con qué defectuosos materiales edifica el hombre sus excusas! No sabía qué responderle al señor Zaturecky.
Eché una mirada a su cara y advertí que no sólo me miraban unas pequeñas e inocentes gafas anticuadas, sino también una poderosa y profunda arruga transversal en la frente. En aquel breve instante de clarividencia, un escalofrío me atravesó la espalda: esa arruga, reconcentrada y terca, no era sólo un indicio de los padecimientos del espíritu sufridos por su propietario ante los dibujos de Mikolas Ales, sino también el síntoma de una extraordinaria fuerza de voluntad. Perdí mi presencia de ánimo y no pude encontrar una excusa adecuada. Sabía que no iba a escribir aquel informe, pero también sabía que no tenía fuerzas para responder con un no, cara a cara, a los ruegos de aquel hombrecillo.
De modo que empecé a sonreír y a hacer promesas vagas. El señor Zaturecky me dio las gracias y dijo que pronto volvería a verme. Me despedí de él con muchas sonrisas.
Y, en efecto, al cabo de un par de días volvió. Lo esquivé astutamente, pero al día siguiente me dijeron que había estado otra vez preguntando por mí en la Facultad. Comprendí que la situación era crítica. Fui rápidamente en busca de la señora Marie para tomar las medidas necesarias.
—Por favor, Marie, si volviese a preguntar por mí ese señor, dígale que estoy de viaje de estudios en Alemania y que tardaré un mes en regresar. Y para su información: ya sabe que tengo todas mis clases los martes y los miércoles. Voy a cambiarlas, en secreto, a los jueves y los viernes. Los únicos que lo sabrán serán los alumnos. No se lo diga a nadie y deje el horario de clases tal como está. Tengo que pasar a la clandestinidad.


4

En efecto, el señor Zaturecky pronto volvió a la Facultad a preguntar por mí y se quedó desolado cuando mi secretaria le comunicó que me había ido repentinamente a Alemania.
—¡Pero eso no es posible! ¡El señor profesor ayudante tenía que escribir un informe sobre mi trabajo! ¿Cómo ha podido marcharse de ese modo?
—No lo sé —dijo la señora Marie—, de todos modos dentro de un mes estará de regreso.
—Otro mes más... —se lamentó el señor Zaturecky—. ¿Y no sabe su dirección en Alemania?
—No la sé —dijo la señora Marie.
Así que tuve un mes de tranquilidad.
Pero el mes pasó más rápido de lo que yo había pensado y el señor Zaturecky ya estaba de nuevo en el despacho.
—No, aún no ha regresado —le dijo la señora Marie, y en cuanto me vio, un poco más tarde, me rogó:
—Ese hombrecillo suyo ha vuelto otra vez por aquí, dígame usted, por Dios, qué tengo que decirle.
—Dígale, Marie, que me ha dado una hepatitis en Alemania y que estoy internado en el hospital de Iena.
—¡En el hospital! —exclamó el señor Zaturecky cuando Marie se lo comunicó algunos días más tarde—. ¡Eso no es posible! ¡El señor profesor ayudante tiene que escribir un informe sobre mi trabajo!
—Señor Zaturecky —le dijo la secretaria en tono de reproche—, el señor ayudante está gravemente enfermo en el extranjero y usted no piensa más que en su informe.
El señor Zaturecky se encogió de hombros y se marchó, pero al cabo de catorce días ya estaba de vuelta en el despacho:
—Le he enviado al señor profesor ayudante una carta certificada al hospital, ¡y me la han devuelto!
—Ese hombrecillo suyo me va a volver loca —me dijo al día siguiente la señora Marie—. No se enfade conmigo. ¿Qué podía decirle? Le dije que ya había regresado. Tendrá que arreglárselas usted mismo.
No me enfadé con la señora Marie. Había hecho todo lo que podía. Y además yo no me sentía ni mucho menos derrotado. Sabía que nadie podría darme caza. Vivía totalmente en secreto. En secreto daba mis clases los jueves y los viernes y en secreto me agazapaba todos los martes y los miércoles en el portal de una casa que estaba enfrente de la Facultad y me divertía viendo al señor Zaturecky haciendo guardia delante de la Facultad y esperando a que yo saliese.
Tenía ganas de ponerme un sombrero hongo y una barba falsa. Me sentía como Sherlock Holmes, como Jack el enmascarado, como el Hombre Invisible que recorre la ciudad, me sentía como un niño.
Pero, un buen día, el señor Zaturecky se aburrió de hacer guardia y atacó frontalmente a la señora Marie.
—¿Cuándo da sus clases el camarada ayudante?
—Ahí tiene el horario —dijo la señora Marie señalando la pared en la que había un gran tablón de anuncios cuadriculado donde, con ejemplar prolijidad, estaban dibujadas las horas de clase de todos los profesores.
—Eso ya lo sé —respondió con decisión el señor Zaturecky—. El problema es que el camarada ayudante no da nunca clase ni el martes ni el miércoles. ¿Está dado de baja por enfermedad?
—No —respondió dubitativa la señora Marie.
Y entonces el hombrecillo se encaró con la señora Marie. Le reprochó el desorden que tenía en el horario de los profesores. Le preguntó irónicamente cómo era posible que no supiese dónde estaban en cada momento los profesores. Le comunicó que iba a presentar una queja contra ella. Le gritó. Afirmó que iba a presentar una queja contra el camarada ayudante por no dar las clases que tenía que dar. Le preguntó si el rector estaba presente.
El rector, por desgracia, estaba presente.
El señor Zaturecky llamó a su puerta y entró. Al cabo de unos diez minutos regresó al despacho de la señora Marie y le pidió sin más rodeos mis señas.
—Vive en la ciudad de Litomysl, calle Skalnikova número 20 —dijo la señora Marie.
—¿Cómo en Litomysl?
—El señor ayudante tiene en Praga su domicilio provisional y no desea que le comunique a nadie su dirección...
—Haga el favor de darme las señas del domicilio del camarada ayudante en Praga —gritó el hombrecillo con voz temblorosa.
La señora Marie perdió por completo la serenidad. Le dio la dirección de mi buhardilla, de mi pobre refugio, de la dulce cueva en la que debía ser cazado.




Relato tomado de El libro de los amores ridículos.

jueves, 31 de enero de 2013

Los cantos de Maldoror. Canto Primero, Estrofa 11.


Supuesta fotografía de Lautréamont.
Por Conde de Lautréamont



Aquel que no sabe llorar (pues siempre rechazó el senti­miento en su interior) observó que se encontraba en No­ruega. En las islas Feroe, asistió a la búsqueda de ni­dos de aves marinas entre las grietas cortadas a pico, y se asombró de que la cuerda de trescientos metros que sostiene al explorador por encima del precipicio, la hubiesen elegido de tal solidez. Vio en ello, se diga lo que se diga, un ejemplo sorprendente de la bondad humana, y no podía creer en la visión. Si él hubiera tenido que preparar la cuerda, le hubiera hecho unos cortes en distintos sitios, a fin de que se rompiera y pre­cipitara al cazador en el mar. Una noche se dirigió al cementerio, y los adolescentes que encuentran placer en violar los cadáveres de hermosas mujeres muertas, pudieron, si lo hubieran querido, oír la conversación siguiente, perdida en el cuadro de una acción que se desarrollará al mismo tiempo.
-¿No es cierto, sepulturero, que te gustaría conver­sar conmigo? Un cachalote asciende poco a poco des­de el fondo del mar y muestra su cabeza por encima de las aguas para ver la nave que pasa por estos para­jes solitarios. La curiosidad nació en el universo.
-Amigo, me es imposible cambiar ideas contigo. Hace mucho tiempo que los dulces rayos de la luna ha­cen brillar el mármol de las tumbas. Es la hora silen­ciosa en que más de un ser humano sueña que ve apa­recer mujeres encadenadas, que arrastran sus morta­jas cubiertas de manchas de sangre, como estrellas en un cielo negro. El que duerme emite gemidos semejan­tes a los de un condenado a muerte, hasta que se des­pierta y percibe que la realidad es tres veces peor que el sueño. Debo terminar de abrir esta fosa con mi pala infatigable, a fin de que esté dispuesta para mañana por la mañana. No hay que hacer dos cosas al mismo tiempo, si se quiere hacer un trabajo serio.
-¡Cree que abrir una fosa es un trabajo serio! ¿Crees que abrir una fosa es un trabajo serio?
-Cuando el salvaje pelicano se resuelve a dar su pe­cho para que lo devoren sus pequeños, sin tener otro testigo que aquel que supo crear un amor semejante, para vergüenza de los hombres, por muy grande que sea el sacrificio, ese acto es comprensible. Cuando un hombre joven ve en los brazos de un amigo a una mu­jer que idolatraba, se pone a fumar un cigarro, no sale de la casa y se une en indisoluble amistad con el dolor, ese acto es comprensible. Cuando un alumno interno en un liceo es gobernado durante años, que son siglos, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana si­guiente, por un paria de la civilización que tiene cons­tantemente los ojos sobre él, siente el oleaje tumultuo­so de un odio subir como un humo espeso a su cere­bro, que parece a punto de estallar. Desde el momen­to en que fue arrojado en la prisión hasta aquel, que se acerca, en que saldrá, una intensa fiebre le amari­llea el rostro, aproxima sus cejas y le hunde los ojos. De noche, reflexiona, porque no quiere dormir. De día, su pensamiento se precipita por encima de los muros de la mansión del embrutecimiento, hasta el instante en que se escapa o lo expulsa como un apestado de ese claustro eterno; ese acto es comprensible. Abrir una fosa supera a menudo a las fuerzas de la naturale­za. Cómo quieres tú, extranjero, que la piocha re­mueva esta tierra, que primero nos alimenta y luego nos da un lecho cómodo, preservado del viento del invierno que sopla con furia en estas frías regiones, cuando el que maneja la piocha con manos temblo­rosas, después de haber palpado convulsivamente.du­rante toda la jornada las mejillas de los antiguos vivientes que retornan su reino, vea, de noche, ante sí, escrito con letras de fuego, sobre cada cruz de madera, el enunciado del espantoso problema que la humanidad todavía ~o ha resuelto: la mortalidad o la inmortali­dad del alma. Siempre he conservado mi amor por el creador del universo, pero si después de la muerte no debemos ya existir, ¿por qué veo, la mayor parte de las noches, abrirse cada tumba, y a sus habitantes le­vantar suavemente las tapas de plomo para ir a respi­rar el aire fresco?
-¡Detente en tu trabajo! La emoción te quita fuer­zas; me pareces débil como una caña; sería una gran locura continuar. Yo soy fuerte, tomaré tu sitio. Tú, apártate; me aconsejarás si no lo hago bien.
- ¡ Qué musculosos son sus brazos y qué placer verlo cavar la tierra con tanta facilidad!
-No es necesario que una duda inútil atormente tu pensamiento: todas estas tumbas, esparcidas en un ce­menterio como las flores de un prado, comparación que carece de veracidad, son dignas de ser medidas con el compás sereno del filósofo. Las alucinaciones peligro-sas pueden originarse de día, pero se originan sobre to­do de noche. Por lo tanto, no te extrañes de las fan­tásticas visiones, que parecen percibir tus ojos. Durante el día, cuando el espíritu está en reposo, pregunta a tu conciencia: ella te dirá, seguramente, que el Dios que ha creado al hombre con una parcela de su propia in­teligencia posee una bondad sin límites, y recibirá, tras la muerte terrestre, a esa obra maestra en su seno. Se­pultureró, ¿por qué lloras? ¿Por qué esas lágrimas, se­mejantes a las de una mujer? Recuérdalo bien, estamos en este barco desmantelado para sufrir. Es un mé­rito para el hombre que Dios lo haya juzgado capaz de vencer los sufrimientos más graves. Habla, y pues­to que, según tus más queridos deseos, no se debiera sufrir más, di en qué consistiría entonces la virtud, el ideal que cada uno se esfuerza en alcanzar, si tu len­gua está hecha como la de los demás hombres.
-¿Dónde estoy? ¿No he cambiado de carácter? Siento que un poderoso hálito de consuelo roza mi fren­te serenada, igual que la brisa de la primavera reani­ma la esperanza de los ancianos. ¿Qué es este hombre que con su lenguaje sublime ha dicho cosas que no hu­biera pronunciado ningún recién llegado?. ¡ Qué be­lleza musical en la melodía incomparable de su voz! Prefiero oírle hablar a él en vez de cantar a otros. Sin embargo, cuanto más lo observo, menos franco me pa­rece su rostro. La expresión general de sus rasgos con­trasta singularmente con esas palabras que sólo el amor de Dios ha podido inspirar. Su frente, arrugada por algunos pliegues, está marcada por un estigma in­deleble. Este estigma, que lo ha envejecido prema­turamente, ¿es honorable o infamante? Sus arrugas, ¿deben ser contempladas con veneración? Lo ignoro, y temo saberlo. Aunque diga lo que no piensa, creo, por lo menos, que tiene razones para proceder como lo ha hecho, excitado por los restos hechos jirones de una caridad destruida en él. Esta absorbido por medi­taciones desconocidas para mí, y su actividad se acre­cienta en un trabajo arduo que no tiene costumbre em­prender. El sudor moja su piel, pero no se da cuenta de ello. Se halla más triste que los sentimientos que ins­pira la vista de un niño en su cuna. ¡Oh, qué sombrío es! ¿De dónde sales?... Extranjero, permíteme que te toque, y que mis manos, que raramente estrechan las de los vivos, se impongan sobre la nobleza de tu cuer­po. Ocurra lo que ocurra, sabré a qué atenerme. Esos cabellos son los más hermosos que he tocado en mi vi­da. ¿Quién sería tan audaz como para poner en duda que no conozco la calidad de los cabellos?
-¿Qué quieres de mí, cuando cavo una tumba? Al león no le gusta que se le moleste cuando se alimenta. Si no lo sabes, te lo digo. Vamos, apresúrate, cumple con tus deseos.
-Lo que se estremece a mi contacto, haciendo que me estremezca yo mismo, es carne, no hay duda. Es verdad... no sueño. ¿Quién eres tú, que te inclinas ahí para cavar una tumba, mientras yo, como un hol­gazán que se come el pan de los demás, no hago nada? Es hora de dormir, o de sacrificar el reposo a la cien­cia. En todo caso, nadie está ausente de su casa, y se guarda de dejar la puerta abierta para evitar que entre los ladrones. Se encierra en su cuarto lo mejor que pue­de, mientras las cenizas de la vieja chimenea saben to­davía caldear la sala con un resto de calor. Tú no te comportas como los demás; tus vestidos denuncian al habitante de algún país lejano.
-Aunque no estoy cansado, es inútil ahondar más la fosa. Ahora, desnúdame; luego, me meterás dentro.
-La conversación que mantenemos desde hace unos instantes es tan extraña que no sé qué responderte... Creo que quieres reírte.
-Si, sí, es verdad, quería reírme; no hagas caso de lo que te dije.
Se tambaleó, y el sepulturero se apresuró a sostenerlo.
-¿Qué te ocurre?
-Sí, sí, es verdad, mentí... estaba cansado cuando dejé la piocha... es la primera vez que realizo este tra­bajo... no hagas caso de lo que dije.
-Mi opinión se hace cada vez más consistente: es alguien que sufre de espantosos pesares. Que el cielo me quite la idea de interrogarle. Me inspira tanta pie­dad, que prefiero quedar en la incertidumbre. Además, estoy seguro, tampoco querría responderme: entregar el corazón en este estado anormal es sufrir dos veces.
-Déjame salir de este cementerio; seguiré mi camino.
-Tus piernas ya no te sostienen; te perderías mien­tras caminas. Mi deber es ofrecerte un tosco lecho; no tengo otro. Ten confianza en mí, pues la hospitalidad no exigirá en modo alguno la violación de tus secretos.
-Oh piojo venerable, tú, cuyo cuerpo está desprovisto de élitros, un día me reprochaste con acritud no amar suficientemente tu sublime inteligencia, que no se deja leer; acaso tuvieras razón, puesto que no siento el menor reconocimiento hacia ésta. Fanal de Maldoror, ¿adónde conduces sus pasos?
-A mi casa. Aunque seas un criminal que no ha te­nido la precaución de lavarse la mano derecha con ja­bón después de haber cometido su delito, cosa que es facilmente deducible de la inspección de esa mano, o un hermano que ha perdido a su hermana, o algún mo­narca destituido que huye de su reino, mi palacio ver­daderamente grandioso es digno de recibirte. No fue construido con diamantes y piedras preciosas, pues no es más que una pobre choza mal edificada; pero esta célebre choza tiene un pasado histórico que el presen­te renueva y continúa sin cesar. Si ella pudiera ha­blar, te asombrarías, tú, que me parece que no te asom­bras por nada. Cuantas veces, al mismo tiempo que ella, he visto desfilar, ante mí, ataúdes que contenían huesos, más pronto apolillados que el reverso de la puerta contra la cual me apoyaba. Mis innumerables súb­ditos aumentan cada día. No tengo necesidad de ha­cer, en períodos fijos, ningún censo para darme cuen­ta. Aquí, como entre los vivos, cada uno paga un im­puesto, proporcional a la riqueza de la mansión que ha elegido; y si. algún avaro se negara a entregar su cuo­ta, tengo orden, hablándole personalmente, de hacer como los alguaciles: no faltan chacales y buitres que desearían hacer una buena comida. He visto ordenarse, bajo las banderas de la muerte, al que fue hermo­so, al que acabada su vida no se había afeado, al hom­bre, a la mujer, al mendigo, al hijo de los reyes, a las ilusiones de la juventud, a los esqueletos de los ancia­nos, al genio, a la locura, a la pereza y su contraria, al que fue falso, al que fue veraz, a la máscara del or­gulloso, a la modestia del humilde, al vicio coronado de flores y a la inocencia traicionada.
-No, en verdad no rechazo tu cama, que es digna de mí, hasta que llegue la aurora, que ya no tardará. Agradezco tu benevolencia... Sepulturero, es hermo­so contemplar las ruinas de las ciudades, pero es más hermoso todavía contemplar las ruinas de los hombres.

miércoles, 30 de enero de 2013

Una modesta proposición



Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público



Por Jonathan Swift



Dublín, Irlanda, 1729


Es un asunto melancólico para quienes pasean por esta gran ciudad o viajan por el campo, ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e importunando a cada viajero por una limosna. Esas madres, en vez de hallarse en condiciones de trabajar para ganarse la vida honestamente, se ven obligadas a perder su tiempo en la vagancia, mendigando el sustento de sus desvalidos infantes: quienes, apenas crecen, se hacen ladrones por falta de trabajo, o abandonan su querido país natal para luchar por el Pretendiente en España, o se venden a sí mismos en las Barbados.

Creo que todos los partidos están de acuerdo en que este número prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas o a los talones de sus madres, y frecuentemente de sus padres, resulta en el deplorable estado actual del Reino un perjuicio adicional muy grande; y por lo tanto, quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos miembros cabales y útiles del estado, merecería tanto agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como protector de la Nación.

Pero mi intención está muy lejos de limitarse a proveer solamente por los niños de los mendigos declarados: es de alcance mucho mayor y tendrá en cuenta el número total de infantes de cierta edad nacidos de padres que de hecho son tan poco capaces de mantenerlos como los que solicitan nuestra caridad en las calles.

Por mi parte, habiendo volcado mis pensamientos durante muchos años sobre este importante asunto, y sopesado maduradamente los diversos planes de otros proyectistas, siempre los he encontrado groseramente equivocados en su cálculo. Es cierto que un niño recién nacido puede ser mantenido durante un año solar por la leche materna y poco alimento más; a lo sumo por un valor no mayor de dos chelines o su equivalente en mendrugos, que la madre puede conseguir ciertamente mediante su legítima ocupación de mendigar. Y es exactamente al año de edad que yo propongo que nos ocupemos de ellos de manera tal que en lugar de constituir una carga para sus padres o la parroquia, o de carecer de comida y vestido por el resto de sus vidas, contribuirán por el contrario a la alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles.

Hay además otra gran ventaja en mi plan, que evitará esos abortos voluntarios y esa práctica horrenda, ¡cielos!, ¡demasiado frecuente entre nosotros!, de mujeres que asesinan a sus hijos bastardos, sacrificando a los pobres bebés inocentes, no sé si más por evitar los gastos que la vergüenza, lo cual arrancaría las lágrimas y la piedad del pecho más salvaje e inhumano.

El número de almas en este reino se estima usualmente en un millón y medio, de éstas calculo que puede haber aproximadamente doscientas mil parejas cuyas mujeres son fecundas; de ese número resto treinta mil parejas capaces de mantener a sus hijos, aunque entiendo que puede no haber tantas bajo las actuales angustias del reino; pero suponiéndolo así, quedarán ciento setenta mil parideras. Resto nuevamente cincuenta mil por las mujeres que abortan, o cuyos hijos mueren por accidente o enfermedad antes de cumplir el año. Quedan sólo ciento veinte mil hijos de padres pobres nacidos anualmente: la cuestión es entonces, cómo se educará y sostendrá a esta cantidad, lo cual, como ya he dicho, es completamente imposible, en el actual estado de cosas, mediante los métodos hasta ahora propuestos. Porque no podemos emplearlos ni en la artesanía ni en la agricultura; ni construimos casas (quiero decir en el campo) ni cultivamos la tierra: raramente pueden ganarse la vida mediante el robo antes de los seis años, excepto cuando están precozmente dotados, aunque confieso que aprenden los rudimentos mucho antes, época durante la cual sólo pueden considerarse aficionados, según me ha informado un caballero del condado de Cavan, quien me aseguró que nunca supo de más de uno o dos casos bajo la edad de seis, ni siquiera en una parte del reino tan renombrada por la más pronta competencia en ese arte.

Me aseguran nuestros comerciantes que un muchacho o muchacha no es mercancía vendible antes de los doce años; e incluso cuando llegan a esta edad no producirán más de tres libras o tres libras y media corona como máximo en la transacción; lo que ni siquiera puede compensar a los padres o al reino el gasto en nutrición y harapos, que habrá sido al menos de cuatro veces ese valor.

Propondré ahora por lo tanto humildemente mis propias reflexiones, que espero no se prestarán a la menor objeción.

Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño sano y bien criado constituye al año de edad el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un ragout.

Ofrezco por lo tanto humildemente a la consideración del público que de los ciento veinte mil niños ya calculados, veinte mil se reserven para la reproducción, de los cuales sólo una cuarta parte serán machos; lo que es más de lo que permitimos a las ovejas, las vacas y los puercos; y mi razón es que esos niños raramente son frutos del matrimonio, una circunstancia no muy estimada por nuestros salvajes, en consecuencia un macho será suficiente para servir a cuatro hembras. De manera que los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna del reino; aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosamente durante el último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa. Un niño llenará dos fuentes en una comida para los amigos; y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable, y sazonado con un poco de pimienta o de sal después de hervirlo resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.

He calculado que como término medio un niño recién nacido pesará doce libras, y en un año solar, si es tolerablemente criado, alcanzará las veintiocho.

Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será por lo tanto muy apropiado para terratenientes, quienes, como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores derechos sobre los hijos.

Todo el año habrá carne de infante, pero más abundantemente en marzo, y un poco antes o después: pues nos informa un grave autor, eminente médico francés, que siendo el pescado una dieta prolífica, en los países católicos romanos nacen muchos mas niños aproximadamente nueve meses después de Cuaresma que en cualquier otra estación; en consecuencia, contando un año después de Cuaresma, los mercados estarán más abarrotados que de costumbre, porque el número de niños papistas es por lo menos de tres a uno en este reino: y entonces esto traerá otra ventaja colateral, al disminuir el número de papistas entre nosotros.

Ya he calculado el costo de crianza de un hijo de mendigo (entre los que incluyo a todos los cabañeros, a los jornaleros y a cuatro quintos de los campesinos) en unos dos chelines por año, harapos incluidos; y creo que ningún caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño gordo, del cual, como he dicho, sacará cuatro fuentes de excelente carne nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo o a su propia familia a comer con él. De este modo, el hacendado aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará popular entre los arrendatarios; y la madre tendrá ocho chelines de ganancia limpia y quedará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño.

Quienes sean más ahorrativos (como debo confesar que requieren los tiempos) pueden desollar el cuerpo; con la piel, artificiosamente preparada, se podrán hacer admirables guantes para damas y botas de verano para caballeros elegantes.

En nuestra ciudad de Dublín, los mataderos para este propósito pueden establecerse en sus zonas más convenientes, y podemos estar seguros de que carniceros no faltarán; aunque más bien recomiendo comprar los niños vivos y adobarlos mientras aún están tibios del cuchillo, como hacemos para asar los cerdos.

Una persona muy respetable, verdadera amante de su patria, cuyas virtudes estimo muchísimo, se entretuvo últimamente en discurrir sobre este asunto con el fin de ofrecer un refinamiento de mi plan. Se le ocurrió que, puesto que muchos caballeros de este reino han terminado por exterminar sus ciervos, la demanda de carne de venado podría ser bien satisfecha por los cuerpos de jóvenes mozos y doncellas, no mayores de catorce años ni menores de doce; ya que son tantos los que están a punto de morir de hambre en todo el país, por falta de trabajo y de ayuda; de éstos dispondrían sus padres, si estuvieran vivos, o de lo contrario, sus parientes más cercanos. Pero con la debida consideración a tan excelente amigo y meritorio patriota, no puedo mostrarme de acuerdo con sus sentimientos; porque en lo que concierne a los machos, mi conocido americano me aseguró, en base a su frecuente experiencia, que la carne era generalmente correosa y magra, como la de nuestros escolares por el continuo ejercicio, y su sabor desagradable; y cebarlos no justificaría el gasto. En cuanto a la mujeres, creo humildemente que constituiría una pérdida para el público, porque muy pronto serían fecundas; y además, no es improbable que alguna gente escrupulosa fuera capaz de censurar semejante práctica (aunque por cierto muy injustamente) como un poco lindante con la crueldad; lo cual, confieso, ha sido siempre para mí la objeción más firme contra cualquier proyecto, por bien intencionado que estuviera.

Pero a fin de justificar a mi amigo, él confesó que este expediente se lo metió en la cabeza el famoso Psalmanazar, un nativo de la isla de Formosa que llegó de allí a Londres hace más de veinte años, y que conversando con él le contó que en su país, cuando una persona joven era condenada a muerte, el verdugo vendía el cadáver a personas de calidad como un bocado de los mejores, y que en su época el cuerpo de una rolliza muchacha de quince años, que fue crucificada por un intento de envenenar al emperador, fue vendido al Primer Ministro del Estado de Su Majestad Imperial y a otros grandes mandarines de la corte, junto al patíbulo, por cuatrocientas coronas. Ni en efecto puedo negar que si el mismo uso se hiciera de varias jóvenes rollizas de esta ciudad, que sin tener cuatro peniques de fortuna no pueden andar si no es en coche, y aparecen en el teatro y las reuniones con exóticos atavíos que nunca pagarán, el reino no estaría peor.

Algunas personas de espíritu agorero están muy preocupadas por la gran cantidad de pobres que están viejos, enfermos o inválidos, y me han pedido que dedique mi talento a encontrar el medio de desembarazar a la nación de un estorbo tan gravoso. Pero este asunto no me aflige en absoluto, porque es muy sabido que esa gente se está muriendo y pudriendo cada día por el frío y el hambre, la inmundicia y los piojos, tan rápidamente como se puede razonablemente esperar. Y en cuanto a los trabajadores jóvenes, están en una situación igualmente prometedora; no pueden conseguir trabajo y desfallecen de hambre, hasta tal punto que si alguna vez son tomados para un trabajo común no tienen fuerza para cumplirlo; y entonces el país y ellos mismos son felizmente librados de los males futuros.

He divagado excesivamente, de manera que volveré al tema. Me parece que las ventajas de la proposición que he enunciado son obvias y muchas, así como de la mayor importancia.

En primer lugar, como ya he observado, disminuiría grandemente el número de papistas que nos invaden anualmente, que son los principales engendradores de la nación y nuestros enemigos más peligrosos; y que se quedan en el país con el propósito de entregar el reino al Pretendiente, esperando sacar ventaja de la ausencia de tantos buenos protestantes, quienes han preferido abandonar el país antes que quedarse en él pagando diezmos contra su conciencia a un cura episcopal.

Segundo, los más pobres arrendatarios poseerán algo de valor que la ley podrá hacer embargable y que les ayudará a pagar su renta al terrateniente, habiendo sido confiscados ya su ganado y cereales, y siendo el dinero algo desconocido para ellos.

Tercero, puesto que la manutención de cien mil niños, de dos años para arriba, no se puede calcular en menos de diez chelines anuales por cada uno, el tesoro nacional se verá incrementado en cincuenta mil libras por año, sin contar el provecho del nuevo plato introducido en las mesas de todos los caballeros de fortuna del reino que tengan algún refinamiento en el gusto. Y el dinero circulará sólo entre nosotros, ya que los bienes serán enteramente producidos y manufacturados por nosotros.

Cuarto, las reproductoras constantes, además de ganar ocho chelines anuales por la venta de sus niños, se quitarán de encima la obligación de mantenerlos después del primer año.

Quinto, este manjar atraerá una gran clientela a las tabernas, donde los venteros serán seguramente tan prudentes como para procurarse las mejores recetas para prepararlo a la perfección, y consecuentemente ver sus casas frecuentadas por todos los distinguidos caballeros, quienes se precian con justicia de su conocimiento del buen comer: y un diestro cocinero, que sepa cómo agradar a sus huéspedes, se las ingeniará para hacerlo tan caro como a ellos les plazca.

Sexto: esto constituirá un gran estímulo para el matrimonio, que todas las naciones sabias han alentado mediante recompensas o impuesto mediante leyes y penalidades. Aumentaría el cuidado y la ternura de las madres hacia sus hijos, al estar seguras de que los pobres niños tendrían una colocación de por vida, provista de algún modo por el público, y que les daría una ganancia anual en vez de gastos. Pronto veríamos una honesta emulación entre las mujeres casadas para mostrar cuál de ellas lleva al mercado al niño más gordo. Los hombres atenderían a sus esposas durante el embarazo tanto como atienden ahora a sus yeguas, sus vacas o sus puercas cuando están por parir; y no las amenazarían con golpearlas o patearlas (práctica tan frecuente) por temor a un aborto.


Muchas otras ventajas podrían enumerarse. Por ejemplo, la adición de algunos miles de reses a nuestra exportación de carne en barricas, la difusión de la carne de puerco y el progreso en el arte de hacer buen tocino, del que tanto carecemos ahora a causa de la gran destrucción de cerdos, demasiado frecuentes en nuestras mesas; que no pueden compararse en gusto o magnificencia con un niño de un año, gordo y bien desarrollado, que hará un papel considerable en el banquete de un Alcalde o en cualquier otro convite público. Pero, siendo adicto a la brevedad, omito esta y muchas otras ventajas.


Suponiendo que mil familias de esta ciudad serían compradoras habituales de carne de niño, además de otras que la comerían en celebraciones, especialmente casamientos y bautismos: calculo que en Dublín se colocarían anualmente cerca de veinte mil cuerpos, y en el resto del reino (donde probablemente se venderán algo más barato) las restantes ochenta mil.

No se me ocurre ningún reparo que pueda oponerse razonablemente contra esta proposición, a menos que se aduzca que la población del Reino se vería muy disminuida. Esto lo reconozco francamente, y fue de hecho mi principal motivo para ofrecerla al mundo. Deseo que el lector observe que he calculado mi remedio para este único y particular Reino de Irlanda, y no para cualquier otro que haya existido, exista o pueda existir sobre la tierra. Por consiguiente, que ningún hombre me hable de otros expedientes: de crear impuestos para nuestros desocupados a cinco chelines por libra; de no usar ropas ni mobiliario que no sean producidos por nosotros; de rechazar completamente los materiales e instrumentos que fomenten el lujo exótico; de curar el derroche de engreimiento, vanidad, holgazanería y juego en nuestras mujeres; de introducir una vena de parsimonia, prudencia y templanza; de aprender a amar a nuestro país, en lo cual nos diferenciamos hasta de los lapones y los habitantes de Tupinambú; de abandonar nuestras animosidades y facciones, de no actuar más como los judíos, que se mataban entre ellos mientras su ciudad era tomada; de cuidarnos un poco de no vender nuestro país y nuestra conciencia por nada; de enseñar a los terratenientes a tener aunque sea un punto de compasión de sus arrendatarios. De imponer, en fin, un espíritu de honestidad, industria y cuidado en nuestros comerciantes, quienes, si hoy tomáramos la decisión de no comprar otras mercancías que las nacionales, inmediatamente se unirían para trampearnos en el precio, la medida y la calidad, y a quienes por mucho que se insistiera no se les podría arrancar una sola oferta de comercio honrado.

Por consiguiente, repito, que ningún hombre me hable de esos y parecidos expedientes, hasta que no tenga por lo menos un atisbo de esperanza de que se hará alguna vez un intento sano y sincero de ponerlos en práctica. Pero en lo que a mí concierne, habiéndome fatigado durante muchos años ofreciendo ideas vanas, ociosas y visionarias, y al final completamente sin esperanza de éxito, di afortunadamente con este proyecto, que por ser totalmente novedoso tiene algo de sólido y real, trae además poco gasto y pocos problemas, está completamente a nuestro alcance, y no nos pone en peligro de desagradar a Inglaterra. Porque esta clase de mercancía no soportará la exportación, ya que la carne es de una consistencia demasiado tierna para admitir una permanencia prolongada en sal, aunque quizá yo podría mencionar un país que se alegraría de devorar toda nuestra nación aún sin ella.

Después de todo, no me siento tan violentamente ligado a mi propia opinión como para rechazar cualquier plan propuesto por hombres sabios que fuera hallado igualmente inocente, barato, cómodo y eficaz. Pero antes de que alguna cosa de ese tipo sea propuesta en contradicción con mi plan, deseo que el autor o los autores consideren seriamente dos puntos. Primero, tal como están las cosas, cómo se las arreglarán para encontrar ropas y alimentos para cien mil bocas y espaldas inútiles. Y segundo, ya que hay en este reino alrededor de un millón de criaturas de forma humana cuyos gastos de subsistencia reunidos las dejaría debiendo dos millones de libras esterlinas, añadiendo los que son mendigos profesionales al grueso de campesinos, cabañeros y peones, con sus esposas e hijos, que son mendigos de hecho: yo deseo que esos políticos que no gusten de mi propuesta y sean tan atrevidos como para intentar una contestación, pregunten primero a lo padres de esos mortales si hoy no creen que habría sido una gran felicidad para ellos haber sido vendidos como alimento al año de edad de la manera que yo recomiendo, y de ese modo haberse evitado un escenario perpetuo de infortunios como el que han atravesado desde entonces por la opresión de los terratenientes, la imposibilidad de pagar la renta sin dinero, la falta de sustento y de casa y vestido para protegerse de las inclemencias del tiempo, y la más inevitable expectativa de legar parecidas o mayores miserias a sus descendientes para siempre.

Declaro, con toda la sinceridad de mi corazón, que no tengo el menor interés personal en esforzarme por promover esta obra necesaria, y que no me impulsa otro motivo que el bien público de mi patria, desarrollando nuestro comercio, cuidando de los niños, aliviando al pobre y dando algún placer al rico. No tengo hijos por los que pueda proponerme obtener un solo penique; el más joven tiene nueve años, y mi mujer ya no es fecunda.

miércoles, 2 de enero de 2013

Ser lírico


Por E.M. Cioran


¿Por qué no podemos permanecer encerrados en nosotros mismos? ¿Por qué buscamos la expresión y la forma intentando vaciarnos de todo contenido, aspirando a organizar un proceso caótico y rebelde? ¿No sería más fecundo abandonarnos a nuestra fluidez interior, sin ningún afán de objetivación, limitándonos a gozar de todas nuestras agitaciones íntimas? Experiencias múltiples y diferenciadas se fusionarían así para engendrar una efervescencia extraordinariamente fecunda, semejante a un seísmo o a un paroxismo musical. Hallarse repleto de uno mismo, no en el sentido del orgullo sino de la riqueza interior, estar obsesionado por una infinitud íntima y una tensión extrema: en eso consiste vivir intensamente, hasta sentirse morir de vivir. Tan raro es ese sentimiento, y tan extraño, que deberíamos vivirlo gritando. Yo siento que debería morir de vivir y me pregunto si tiene sentido buscarle una explicación a este sentimiento. Cuando el pasado del alma palpita en nosotros con una tensión infinita, cuando una presencia total actualiza experiencias soterradas y un ritmo pierde su equilibrio y su uniformidad, entonces la muerte nos arranca de las cimas de la vida, sin que experimentemos ante ella ese terror que nos acompaña cuando nos obsesiona dolorosamente. Sentimiento análogo al que experimentan los amantes cuando, en el súmmun de su dicha, surge ante ellos, fugitiva pero intensamente, la imagen de la muerte, o cuando, en los momentos de incertidumbre, emerge, en un amor naciente, el presentimiento del final o del abandono.
Demasiado raras son las personas que pueden soportar tales experiencias hasta el fin. Siempre es peligroso refrenar una energía explosiva, pues puede llegar el momento en que deje de poseerse la fuerza para dominarla. El desmoronamiento será originado entonces por una plétora. Existen estado y obsesiones con los que no se puede vivir. La salvación, ¿no podría consistir en confesarlos? Conservadas en la conciencia, la experiencia terrible y la obsesión terrorífica por la muerte conducen a la devastación. Hablando de la muerte salvamos algo de nosotros mismos, y sin embargo algo se extingue en el ser. El lirismo representa una fuerza de dispersión de la subjetividad, pues indica en el individuo una efervescencia incoercible que aspira sin cesar a la expresión. Esa necesidad de exteriorización es tanto más urgente cuanto más interior, profundo y concentrado es el lirismo. ¿Por qué el hombre se vuelve lírico durante el sufrimiento y el amor? Porque esos dos estados, a pesar de que son diferentes por su naturaleza y su orientación, surgen de las profundidades del ser, del centro sustancial de la subjetividad, en cierto sentido. Nos volvemos líricos cuando la vida en nuestro interior palpita con un ritmo esencial. Lo que de único y específico poseemos se realiza de una manera tan expresiva que lo individual se eleva a nivel de lo universal. Las experiencias subjetivas más profundas son así mismo las más universales, por la simple razón de que alcanzan el fondo original de la vida. La verdadera interiorización conduce a una universalidad inaccesible para aquellos seres que no sobrepasan lo inesencial y que consideran el lirismo como un fenómeno interior, como el producto de una inconsistencia espiritual, cuando, en realidad, los recursos líricos de la subjetividad son la prueba de una gran profundidad interior.
Algunas personas son líricas únicamente en los momentos decisivos de su existencia; otras sólo en el instante de la agonía, cuando todo el pasado se actualiza y se precipita sobre ellos como un torrente. Pero en la mayoría de los casos la explosión lírica surge tras experiencias esenciales, cuando la agitación del fondo íntimo del ser alcanza su paroxismo. De esa manera, seres propensos a la objetividad y a la impersonalidad, ajenos tanto a sí mismos como a las realidades profundas, cuando se hallan presos del amor, experimentan un sentimiento que moviliza todas sus facultades personales. El hecho de que casi todo el mundo escriba poesía cuando está enamorado prueba bien que el pensamiento conceptual no basta para expresar la infinitud interior; sólo una materia fluida e irracional es capaz de ofrecer al lirismo una objetivación apropiada. Ignorando tanto lo que ocultamos en nosotros mismos como lo que oculta el mundo, somos súbitamente víctimas de la experiencia del sufrimiento y transportados a una región extraordinariamente compleja, de una vertiginosa subjetividad. El lirismo del sufrimiento lleva a cabo una purificación interior en la cual las llagas no son ya simples manifestaciones externas sin implicaciones profundas, sino que forman parte de la sustancia misma del ser. Existe un canto de la sangre, de la carne y de los nervios. De ahí que casi todas las enfermedades tengan propiedades líricas. Sólo quienes perseveran en una insensibilidad escandalosa permanecen indiferentes frente a la enfermedad, la cual produce siempre un ahondamiento íntimo.
Sólo se vuelve uno realmente lírico tras un profundo trastorno orgánico. El lirismo accidental procede de causas exteriores y desaparece con ellos. Sin una pizca de locura el lirismo es imposible. Resulta significativo que las psicosis se caractericen en su comienzo por una fase lírica en la que las barreras y los obstáculos se vienen abajo para dar paso a una ebriedad interior de una pasmosa fecundidad. Así se explica la productividad poética de las psicosis nacientes. ¿Sería la locura un paroxismo del lirismo? Pero limitémonos a escribir el elogio del segundo para evitar escribir de nuevo el de la primera. El estado lírico trasciende las formas y los sistemas: una fluidez, un flujo internos mezclan, en un mismo movimiento, como en una convergencia ideal, todos los elementos de la vida del espíritu para crear un ritmo intenso y perfecto. Comparado con el refinamiento de una cultura anquilosada que, prisionera de los límites y de las formas, disfraza todas las cosas, el lirismo es una expresión bárbara: su verdadero valor consiste, precisamente, en no ser más que sangre, sinceridad y llamas.

martes, 1 de enero de 2013

Aceite de perro


Por Ambrose Bierce



Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Lata de Óleo. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.
A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro.
Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón que la pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.
Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor al agente. "Después de todo", me dije, "no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría sus huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo de la incomparable Lata de Óleo por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población que crece tan rápidamente". En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.
Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventajas de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!
Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los inspiraba.
Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo.
A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.
Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.
Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible.